viernes, 24 de enero de 2020

Un trocito del libro que estoy escribiendo.
     Es el que sigue a ¨Claudia¨        
  ESENCIA FÉMINA
Abracé a mi hija con todo el amor del mundo. Su carita pequeña pegada a mi hombro. La fatiga hacía mella en el menudo cuerpo. Cincuenta grados centígrados de temperatura castigaban su ánimo. El traslado en autobús sin aire acondicionado formaba parte del pasado, mi niña descansaba en mi abrazo. Antonio, literalmente se deshacía. Oí cómo exclamaba: “Verdaderamente debe haber Dios para enviarnos a esta criatura”. Yo intentaba calmar la débil protesta de la niña ¡Pobre, hija mía! Ahora que las cosas mejoraban para ella en el orfanato, ahora que parecía que la atendían mejor y le hacían más caso, venían unos extraños y la pesadilla volvía a empezar. La niña se rindió al sueño totalmente vencida. Mientras yo me ocupaba de la niña, Antonio hablaba con las cuidadoras ayudado en la interpretación por el guía.
Nuestra hija no disponía de pertenencias. Tan solo lo puesto, un vestidito rosa precioso y unos calcetines blancos adornados por un lazo rosa. Tomaba biberones de leche con crema de arroz y papilla de frutas. Nosotros íbamos asesorados por ACI y orientados por el pediatra. Introduciríamos a la niña a la nueva alimentación en España. Allí, prácticamente, seguiríamos sus costumbres, aunque con nuestro material. Antonio iba y venía y yo le preguntaba, él se volvía a ir.
Una niña de cuatro años corría por el pasillo desaforada. Vi como estrellaba su cuerpo en el suelo, defendiéndose del abrazo de sus padres. Estrella, la mayor de las niñas se revelaba a su destino. No conocía el amor de sus padres adoptivos, ni había oído hablar nunca de Madrid. Estrella, la que iba a lucir con luz propia, no entendía de cambios; el corazón se me agolpó en el pecho. La ansiedad se respiraba en el ambiente. Cerré la puerta y me quedé sola con mi hija. Cada padre debía abrazar la incertidumbre de su retoño. Con los ojos cerrados, desmadejada en mis brazos la niña, yo me sentía morir de amor. Quería a aquella niña con todas mis fuerzas. No paraba de susurrarle que era mamá, que la iba a querer muchísimo, que tenía una mamá y un papá que jamás dejarían que le ocurriera nada malo. Acariciaba su cabecita y acunaba su malestar.
Sonó el timbre de la puerta, mi hija estalló en un sollozo, no tenía fuerzas para más. Entró el guía con el director del orfanato para sellar el donativo. Antonio, muy nervioso. Yo, abrazaba a la niña. El cansancio nos superaba a todos...
Claudia Ballester Grifo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario