EL CONDE PAT
(Continuación 42)
PALMA MALLORCA.
Llegaron a las cuevas del Drach, en el municipio de Manacor, cerca de la localidad de Porto Cristo. Las cuevas subterráneas se extienden hasta una profundidad de 25m, alcanzando 2,4 km de longitud. Los chicos habían subido a una barca para recorrer uno de los mayores lagos subterráneos del mundo. Se escenificó una salida del sol, apagando previamente las luces de mantenimiento, con la música de Beethoven, su Sinfonía Número 5. Fue realmente alucinante. ¡Qué pena que sus amigos vampiros no estuvieran allí! Se formó un remolino en el momento que se silenciaba la música y unas manos les arrastraron dentro del agua. No tuvieron elección, desaparecieron en el agujero formado, ahogando una posible exclamación.
El viaje fue rápido. El tiempo que permitieron sus pulmones mantener la respiración. Se encontraban en lo que parecía una prolongación de la cueva y, ¡sorpresa!, sus amigos estaban con ellos. No entendían nada, habían entrado en la cueva de día. El manejo del tiempo por los vampiros era una herramienta para tener en cuenta. Salieron a la luz de un día diferente. En el cielo resplandecían dos soles y los vampiros ni inmutarse, esa luz no les afectaba. El color del cielo se confundía en el horizonte con el mar que se movía calmo delante de ellos. El malva producía un efecto irreal. La arena sobre la que se hundían hasta el tobillo exfoliaba su delicada piel. De textura muy gruesa parecía sal gorda porque tenía el mismo color.
Sin tiempo para hacer una pregunta, emergió desde el fondo del mar una especie de serpiente, que bajando su cabeza les invitaba a subir. Pat y Magali fueron los primeros en encabezar la fila. Todos los demás les siguieron. El agua les salpicaba caliente y les mojaba en los vaivenes del animal. Pat les iba explicando que se hallaban en el centro de la tierra y, como muy bien sabía Armand, allí se refugiaba la cúpula del vampirismo. Iban a ver un mundo totalmente diferente al que estaban acostumbrados. Un mundo de matices de luz y color especiales con criaturas adaptadas al interior de la tierra. Aquello sí que iba a ser una aventura alucinante. La serpiente los bajó en una isla llena de palmeras y cocoteros. El verde desplegaba su naturaleza con una intensidad sobrecogedora. Las hojas de la vegetación brillaban como revestidas de cera. Los frutos de extraños árboles se ofrecían invitando a cogerlos. Cogieron una especie de plátanos de color marrón claro que sabían a una mezcla de manzana y mango. La dureza de la manzana y la dulzura del mango junto con esa acidez característica, convertía a la fruta en un manjar refrescante. Decidieron sentarse a comer para disfrutar un poco del paisaje que se descubría ante ellos.
El clima era cálido por lo que se habían quedado todos en manga corta. Parecía el Edén perdido con pájaros de plumaje con bellos colores, unos de camuflaje y otros en rabioso contraste.
Las montañas formaban pliegues de diversas alturas y por los desfiladeros corrían aguas cristalinas que procedían de las filtraciones marinas. Según las rocas que traspasaban, el agua podía ser hasta dulce.
Siguieron el sendero que enfilaba Pat. Claudia corría con Laia detrás de unos monitos muy graciosos y tamaño mini. Cabían en un bolsillo de chaqueta. Su pelaje, marrón claro, se confundía con el follaje y se camuflaban totalmente jugando al escondite...
Claudia Ballester Grifo.

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