EL CONDE PAT
(Continuación39)
Annette se percató de una monja joven que parecía manejarse muy bien. Llevaba el control de la sala. Los enfermos estaban organizados por familias y gravedad. Intentaba aliviar el miedo de un niño de nueve años que acababa de perder a sus padres y presentaba bubas sangrantes. Lidia apretaba los dientes, no tenían antibióticos. Tal vez para aquel niño ya era tarde porque la septicemia había invadido su cuerpo, pero para otros podría salvarles la vida. No podían mediar, aunque el esfuerzo que debían hacer era sobrehumano. La historia estaba escrita y no podían borrar sus dictados.
David y Daniel se encargaron de hacer de celadores. Trasladaban a los enfermos y sacaban a los muertos para que se los llevaran los enterradores. Las calles estaban llenas de cadáveres.
La joven monja se sentía muy cansada. Sufría episodios en los que se veía en otro sitio y otro tiempo haciendo lo mismo. Se quemaban leños perfumados para acabar con la pestilencia y la gente se sentía aterrorizada porque pensaba que era un castigo divino. Los sanos se flagelaban para alcanzar la clemencia divina. Los judíos eran perseguidos porque se les consideraba culpables. Lidia vio a la pobre chica muy desencajada. La ayudó a salir de la sala y la acompañó a su habitación. El espacio era muy reducido, lo justo para colocar un camastro. Tal como estaba la acostó. Ahora tenía refuerzo.
Una niña de tres años lloraba encima del cuerpo de su madre, Mélani la cogió reposándola en su regazo. Le contó el cuento de Alicia en el país de las maravillas, la niña se durmió.
Había que encargarse de la intendencia de la comida y de la ropa. Había que dirigir a la gente que se prestaba para ayudar y que también caía enferma. ¡Una locura!
Pasaban las horas sin darse cuenta. Fueron los vampiros los que vinieron a rescatarlos. La joven monja recuperó su puesto y los chicos se fueron a cenar. Eso sí, Pat les devolvió a su tiempo. Eligieron un restaurante en el Puerto Viejo de Marsella. En el convergen todas las vías y se reúne la gente cuando tiene algo que celebrar.
Pudieron relajarse, lavarse las manos y comer con deleite la única comida del día a excepción del desayuno. Armand conocía a la joven monja que dirigía la residencia de enfermos. Se llamaba Celine y la conoció en la peste de la Edad Media. Fue increíble, innovadora y resolutiva. Su vida, muy peculiar. Estaba prometida a un hombre mucho mayor que ella, un verdadero tirano y pervertido. Ella estaba enamorada de un joven de su edad, pero su padre no lo consideraba como pretendiente debido a su clase inferior de jornalero.
La casaron y la noche de bodas el villano la destrozó. Escapó de la casa del marido y se refugió en un convento. Vivía proscrita y escondida al mundo, nadie sabía de ella. Cuando estalló la peste se ocupó en cuerpo y alma a ayudar.
En 1720 volvía a ser Celine, pero en otro tiempo y con otras circunstancias para combatir la enfermedad. La iban a ayudar, le devolverían a su amor, eso sí lo podían hacer. Acabaron el postre y ya recuperados volvieron al hospital de 1720.
Pat contactó con el joven enamorado de Celine en la Edad Media, en 1720. Lo encontró. Era médico y dirigía un hospital. Tenían que reunir a los enamorados. Fueron a buscarlo como experto. Se vieron, se miraron, se reconocieron y los votos de la monja nunca llegaron a jurarse. Ganó el amor. El Hospital del Hotel- Dieu iba a ser dirigido por una joven casada con el mismo empeño y dedicación, pero con la vida feliz que se merecía.
El grupo volvió al barco rayando el día. Barcelona les estaba esperando...
Claudia Ballester Grifo.

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