viernes, 17 de enero de 2020

EL CONDE PAT.
                   (Continuación 32)
Hace más de 2000 años, la última reina de Egipto, Cleopatra, hizo su entrada en Roma precedida por el emperador Julio Cesar, el hombre más poderoso del Mediterráneo.
Julio César volvió a Roma como artífice de la victoria ante los egipcios, y Cleopatra entró en la capital del imperio con grandes ovaciones, por haber conseguido poner paz a las continuas guerras. Sin embargo, las alegrías de los romanos se vieron eclipsadas por el miedo de que gobernara Cesarión, el hijo de Cleopatra y Julio Cesar.
Los chicos alucinaban de ver a la Cleopatra que habían conocido hace nada. Una entrada espectacular, llena de lujo, cubierta de oro, música y una carroza también trabajada en oro. Cesarión, a su lado, mantenía el mismo porte que su madre. Cleopatra les miró al pasar mandando parar la carroza. Les entregó una bolsa de monedas de oro y continuó su desfilar por las calles de Roma. Al llegar ante el César paró la carroza que iba precedida de animales exóticos y de esclavos, todo lo que representaba a Egipto, y empezó a descender lentamente las escaleras con su hijo hasta llegar a su esposo para inclinarse ante él. Poco sabía la reina lo que le deparaba el destino. Ante el cobarde asesinato de Julio César tendría que huir de Roma con su hijo al peligrar la vida de este. El grupo de chicos quería ayudarla y le dijeron que Julio César iba a ser traicionado por Casio y Bruto y que sería apuñalado al ir al senado. Ella, llena de pavor, les agradeció que le adelantaran la noticia ya que podía cambiar la historia. A la pobre no le sirvió de mucho porque, aunque alertó al emperador de que no fuera, él le dijo, que debía hacerlo.
Era ya de noche cuando volvían al barco. Pat, Magali, Sofía y Armand salieron a su encuentro. Estaban impacientes por ver el efecto de la sorpresa que les habían preparado. Estaban encantados.
Era complicado caminar por las calles de Roma y decidieron ir al barco. Los vampiros se escabullirían por las callejuelas para alimentarse y evocar antiguas aventuras. Tenían amigos que visitar.
Al subir a bordo los chicos se fueron a la discoteca. Se sentían más cómodos en su tiempo, pero eso iba a cambiar. No sabían si es que se les había subido el baile a la cabeza y daban vueltas desmadejados, pero parecía que la sala se movía y se deslizaban sin quererlo. El capitán les comunicó que sufrían una tormenta. El mar estaba rizado y las olas hacían bailar el barco. Algunos pasajeros se sintieron indispuestos y desfilaron buscando la enfermería. Les dieron medicación para los vómitos y el mareo y se retiraron a sus habitaciones para pasar el malestar como mejor pudieran...
Claudia Ballester Grifo.

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