EL CONDE PAT
(Continuación 37)
LA MUJER MISTERIOSA.
El punto de reunión era en la borda de proa. Vieron llegar a sus amigos ondeando sus negras capas. Magali ya sabía lo que ansiaban. Sí, conocía a la chica y Pat había permitido que la vieran también ellos. Podían hacer algo por ella. Bajaron a patrullar las calles y la encontraron subida a la Torre oteando el horizonte en la fría noche. Los lobos y las rabosas subieron con ella aullando a la luna. Magali y Pat miraron a Armand. Armand vivió la Primera Guerra Mundial viajando entre Francia e Italia. Conoció el hambre y la desolación y la fuerza de las mujeres ante la ausencia de los hombres. Ellas trabajaban en las fábricas de armamento. Cuidaban a los heridos en los hospitales. Se ocupaban de mantener al ejercito lo mejor alimentado posible. Cuidaban de sus hijos…
Armand conoció a la mujer en un hospital del frente. Era enfermera y se ocupaba de la salud de los combatientes y de los heridos en el campo de batalla. Se llamaba Rafaela y solía hablar de su novio poeta. Era muy buena y eficiente. Armand se encariñó con ella y fue a buscar al soldado al submarino en el que combatía. El chico se llamaba Mario y era muy querido por sus compañeros. Tenía en su litera una foto de Rafaela y hablaba con ella todas las noches. Un torpedo embistió la nave y le produjo un enorme agujero que acabó con todos los tripulantes. Armand nunca volvió para contarle a Rafaela lo que había pasado. No se atrevió.
Armand llamó a Rafaela y ella se quedó muda al verlo. Subió para abrazarla. ¡Cuánto tiempo sin verse! Francisco no entendía nada. Armand era un vampiro, por lo tanto, vivía eternamente o medio vivía, según como se mirase. Rafaela no era un vampiro. No tenía esa brillante mirada ni enseñaba colmillos ningunos. Representaba 20 años y tenía 126, era imposible.
Armand le cogió las manos a su amiga y levantó las mangas del abrigo, destapando sus muñecas. Dos profundos cortes evidenciaban un suicidio. Rafaela murió en 1918, al ver que su novio no regresaría jamás.
La ayudaron a bajar de la Torre y se la llevaron a la soledad de unas rocas en la playa. Allí sentado se encontraba un joven con los pies mojados por el agua que lamia la arena. Iba vestido de soldado con un uniforme impecable y la gorra puesta pulcramente. Rafaela se acercó contenida y le puso la mano en el hombro. Él giró su cara hacía ella y se hizo el silencio más intenso. Mario se levantó fundiéndose los dos en un apasionado beso. Los chicos se miraban emocionados. Las almas enamoradas se habían encontrado, al fin. Pat había llamado a Mario y él había respondido viniendo para llevarse a su amor con él. Se cogieron de la mano y juntos se fueron internándose en la oscuridad del mar. Rafaela se giró para decirles adiós y su sonrisa iluminó la cara pareciendo más viva que nunca.
El grupo volvió al barco desolados. Los vampiros, también...
Claudia Ballester Grifo.

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