EL CONDE PAT
(Continuación 43)
Aitor tropezó con una telaraña enorme, se quedó pegado y no lograba desasirse. Armand le dijo que permaneciera muy quieto, la araña era ciega y se orientaba por el movimiento de la red. Pat quemó la gelatinosa trampa con sus ojos y liberó al asustado Aitor. Se oyó una especie de rugido y asomó una tremenda pata peluda intentando sentir su red que ya no estaba. No esperaron a ver su reacción, ya habían comprobado que podían encontrar insectos grandes, entre ellos los arácnidos, más que grandes, enormes.
Sofía y Magali estaban deslumbradas por lo que veían y sentían. Poder notar el calor sin miedo y recibir la luz que filtraban de la superficie esos dos globos, era un placer que hacía pensar en no querer regresar a la superficie. Debían llegar hasta una gran residencia- castillo que dominaba una explanada.
La fuerza de los vampiros regía el mundo. Disponían de la sabiduría de los ancestros y de la eternidad. Aprovecharían el viaje para pedirles consejo y ayuda. Estaban seguros de que ellos sabían de su viaje. Estarían esperándolos y tal vez salieran a su encuentro.
A Annette y a David les llamó la atención una flor con los pétalos del color de la miel. Parecía sudar y exhalaba un perfume de regaliz. Annette le pasó un dedo por la delicada hoja y la flor pareció arrugarse al contacto. David percibió hasta un quejido. Una flor vecina se abrió mostrando unos dientes aterradores. Presentaba los colmillos de un vampiro. Los chicos se miraron aterrorizados. Aquella flor parecía letal y estaba defendiendo a su compañera. Pat le habló a la flor. La tranquilizó con palabras amables y la reacción no se hizo esperar. La planta cerró sus pétalos y se oyó un rumor de tranquilidad. La sensibilidad en este mundo alcanzaba otro nivel. Alba y Laia corrían como rabosas. En ese lugar podían ser lo que quisieran sin tener en cuenta la influencia del sol o la luna. A Aitor y a Claudia les pasaba lo mismo, disfrutaban de sus poderes y de la especial sensibilidad que les daba el poder del licántropo. Libertad total y absoluta. ¡Qué gozada!
Bebieron de un agua de color verde. La clorofila se obtenía por una síntesis de unas bacterias especiales. Sabía a menta y producía un efecto relajante sobre las vías respiratorias. Observaron la existencia de muchas cuevas. Parecían habitables y acogedoras, podían hacer de ellas su hogar. Las oportunidades se presentaban por doquier. Un lugar precioso.
Oyeron un rugir de agua. Avistaron una catarata de agua transparente que saltaba por encima de unas rocas. Apareció una mujer como por magia. Sus cabellos blancos y largos ondeaban como si tuvieran vida propia. Era una ninfa de una belleza espectacular. Cuatro hermanas más salieron a recibir a los visitantes. Cada una de una belleza extraordinaria y diferente. Se interesaron por su aventura y Pat les dijo que buscaban a los vampiros. Las chicas les acompañaron un trecho. Esa zona pertenecía al dominio de los saurios. Entraban en una zona pantanosa llena de ciénagas. Podían perderse. Con la ayuda de sus amigas pasaron sin problemas a una zona despejada invadida por la arena. Salieron a recibirlos unas amazonas del desierto. Disponían de elegantes cabalgaduras. Los caballos eran todos blancos y tenían la elegancia de los alazanes árabes.
Las ninfas se retiraron al refugio de sus aguas. Las amazonas compartieron con ellos las viandas que llevaban. A Lidia y a Mélani aquello les parecía increíble. Estaban aprendiendo mucho más que en el colegio y lo pasaban estupendamente. Podían pasarse la vida así. La jefa de las amazonas les dijo que se preparaba una tormenta de arena. El cielo viró a un color rojo intenso y empezó a dejarse sentir el viento. La arena comenzó a ondularse imitando el comportamiento de las olas en el mar. Las amazonas abrieron unos refugios en el suelo y desaparecieron llevándose al grupo con ellas. Fuera la tormenta se desarrolló con todo su potencial. En el refugio se desarrollaba toda una aldea. Lo tenían todo preparado para sobrevivir, almacenes con alimento y establos para animales, por cierto, de una variedad bien extraña. Eso, sí, no había hombres, aunque sí niños...
Claudia Ballester Grifo.

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