lunes, 6 de enero de 2020

EL CONDE PAT.
         (Continuación 18)
Churros y chocolate para desayunar. Los chicos hablaban animadamente de los Neandertales y de los rasgos que habíamos heredado. Unos se veían más de Sapiens y otros de Neandertal. David era robusto y cuadrado como los segundos. Todos los demás se sentían más Sapiens. La verdad es que la mezcla de estas dos especies nos enriqueció.
Claudia y Laia propusieron ir en busca del lobo y de Alba, la rabosa. Los dientes de estos animales servían de collar para los Neandertales. Admiraban mucho la belleza de la naturaleza. Utilizaban las pieles de los animales y las plumas de las aves como, el águila, para sus adornos. Menos mal que respetaron a los animales del grupo y dejaron que se movieran entre ellos sin problemas.
LA CABAÑA DE AITOR.
Siguieron las huellas de sus amigos. Esta vez no se habían borrado. Llegaron hasta un remanso del rio y allí descubrieron una cabaña. Salía humo por la chimenea con lo que pensaron que estaba ocupada. Claudia se adelantó y llamó a la puerta. Abrió un muchacho de piel aceitunada y largos cabellos caoba. Sus ojos azules recordaban la mirada del lobo que tanto conocía Claudia. Alba salió de un salto subiendo sus patitas encima de Laia. Entraron todos buscando refugio del frio. El fuego de la chimenea invitaba a la reunión.
Calentaron leche y comieron jamón y queso. El pan de hogaza se tostaba al fuego con el queso. A Laia se le escurría el queso derretido de la boca. Sabía a brasa. Claudia preguntó al muchacho su nombre. Se llamaba Aitor. Era de la zona, de Teruel, pero su padre era vasco. Claudia le comentó que ella y su hermana lidia y su prima Laia venían de Almazora, un pueblo de Castellón. Sus primos Mélani, Daniel y David habían nacido en Almazora, pero se trasladaron a Valdelinares por asunto de trabajo de sus padres. Estaban todos juntos pasando las vacaciones de Navidad. Se hizo el silencio. Nadie tenía ganas de que llegara el día de Reyes porque eso significaba que ya no dispondrían del día para seguir con sus aventuras. Eso sí, iban a disponer de las noches porque la magia de Pat y Magali los unía.
Alba se había recostado en los pies de Laia. Dormitaba apacible después de haber comido su ración de carne fresca. Se pusieron a jugar al póker y les pasó la tarde sin darse cuenta. A las seis ya era de noche. Se despidieron hasta la medianoche.
Mélani quería volver al Kilimanjaro. Había dejado dos amigas allí, aisladas con la ablación. temía por su salud y no veía el momento de regresar...
Claudia Ballester Grifo.

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