domingo, 26 de enero de 2020

EL CONDE PAT
                  (Continuación 45)
Se pedían voluntarios. Mélani deseaba que Marcela se quedara. Nunca había experimentado esa sensación. Marcus, el jefe del clan, les dijo a todos los voluntarios que pusieran su nombre en un papel. Los pondrían en un bol de cristal y sacarían diez.
El azar elegiría a los candidatos. Laia, por ser la más pequeña sacó los papeles. La suerte estaba echada.
Los licántropos también habían elegido a sus voluntarios. Se reunieron todos en la casa para descansar. Saldrían por la noche terrestre y subirían a la superficie. La noche nunca acababa de llegar en el interior de la tierra, pero tenían sus horas de menos luz, las cuales aprovechaban para descansar.
A la medianoche estaban todos preparados. Salieron por la puerta de atrás de la residencia. Cuando acabaran su misión volverían, para los vampiros el tiempo era algo muy relativo. Ante ellos un inmenso lago. Los chicos alucinaban de la cantidad de agua que habían visto en su recorrido. Tenían que seguir a los vampiros y lanzarse al agua, iban a bucear. Se repetía la experiencia de la entrada. Sin darse cuenta se vieron nadando hacía la orilla.
La noche brillaba con intensidad. La playa del Arenal en Palma Mallorca estaba solitaria. No perdamos de vista que era Navidad. Hacía frio, pero no lo sentían, nada más tocaron la arena estaban secos y disfrutaban de sus abrigos. Los vampiros y los licántropos se iban a unir en parejas. Cada vampiro con un lobo se desplegaría por las diversas zonas del mundo. Siempre al lado del poder y buscando las influencias para actuar de forma más conveniente. Marcela no estaba en el grupo. Marcus la quería a su lado en la Cúpula. Armand seguiría al lado de Mélani. Amelia, la amiga de Daniel, sí. Tenía que volar con el lobo asignado, pero podrían encontrarse de vez en cuando, Pat los ayudaría. Se despidieron los diez vampiros y los diez lobos del grupo.
El grupo voló sobre la Catedral de Mallorca, el Castell de Bellver, la Plaza de España. Divisó el tren que subía recorriendo el emblemático pueblo de Sóller, las preciosas Calas. Patearon Magaluf y sus discotecas para acabar en la Plaza Gomila disfrutando de su ambiente. Volvieron al Paseo Marítimo para tomar chocolate con pastas en una cafetería que se encontraba al lado del Auditórium, el Trópic, y regresaron al barco para dejarle un mensaje al capitán. Muchas gracias por todo y que no se preocupara por los féretros ya que una empresa de Transportes los había recogido en el puerto de Barcelona.
Antes de que cantara el gallo estaban en Valdelinares. Los féretros en el sótano; los cuatro, Armand dormía también en casa. Los chicos bebieron un vaso de agua y se fueron a dormir.
Llegaron a punto para celebrar la Noche Vieja en familia. El tiempo en la casa no transcurría exactamente como ellos lo habían disfrutado en su viaje. Nadie en el hogar había notado la ausencia de los niños.
Habían disfrutado de la experiencia. Eran unos escogidos. Se sentían diferentes y poderosos porque formaban parte de una élite.  Se sentaron a la mesa con el pollo relleno de fiambre y otro relleno de carne picada. Claudia y Laia se hartaban de patatas fritas y salchichón. El pan tostado hacia las delicias del paté y La concordia familiar sonreía al candor de la chimenea.
Dieron las doce con brindis y doce granos de uva. El 2020 entraba para quedarse. El nuevo decenio traía presagios y nuevos retos. Las agujas del reloj tomaban un giro vertiginoso. Se vivía intensamente, el velo de la indolencia no casaba con las ganas ni el deseo. La noche prometía. Los niños salieron a la noche cerrada en busca de nuevos sueños...
Claudia Ballester Grifo.

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