ESENCIA FÉMINA.
A las ocho de la mañana estábamos todos en el hall preparados para ir a por las niñas. El edificio estaba muy cerca e íbamos a pie. Pasamos a una estancia espaciosa con paredes blancas y un frontis de banderas que daban al lugar un carisma diplomático y aséptico. Nos encontramos con una fila de sillas dispuestas para recibir a las niñas y a sus cuidadores. Las niñas entraban en grupos de cinco y los padres no sabíamos cuando llegaba la nuestra. Atemperábamos nervios calmándonos los unos a los otros. Expectantes mirábamos la puerta agudizando el oído ante cualquier leve soplo. Cámaras en ristre, móviles, cámaras de fotos, cada uno con lo que podía. Unos padres nos ocupábamos del reportaje de otros hasta que nos tocaba el turno y éramos relevados. Cada uno inmerso en su emoción y todos en la de todos. Dentro de mi cuerpo explotaban mil estrellas. Miraba a Antonio y estaba blanco como la cera. Nos dábamos la mano y me creía morir. Es difícil referir un sentimiento tan fuerte, tan íntimo, tan deseado. Compartíamos algo muy deseado. Nuestra niña, ese bomboncito de 10 meses llamada Linuo, promesa de belleza, y a la que nosotros le íbamos a agregar Claudia como deferencia a su hermana. Claudia Linuo, teníamos su foto ¿sabríamos reconocerla? Llegó el primer turno. Niñas expectantes, niñas llorando. Los portadores se sentaban con ellas en brazos y nosotros mirábamos una y otra vez. Reconociendo, llamándolas, las niñas asustadas, nosotros angustiados intentando mantener la calma. Hombres y mujeres portando nuestros tesoros, nuestras niñas. Una vez identificados los padres con la hija se nos entregaba. Alguien se encargaba de la autentificación, del papeleo. Los padres mareados nos dejábamos llevar. Venga a sacar papeles, nerviosos, atacada me sonaba todo irreal, me encontraba en una nube y las secuencias se sucedían como en otro nivel. Primer turno, segundo… los padres con sus hijas, los demás intentando ayudar. Había niña que lloraba inconsolable, madres consolando, pasando de la madre al padre, los demás ofreciendo una calma que no teníamos. La piel erizada, el estómago encogido y el corazón saltando en nuestro pecho desaforadamente. Tercer turno ¡Dios mío, mi niña! La reconocí inmediatamente. Venía la tercera. Preciosa con un preocupante chichón en la frente. Con su pelito punki, mi niña preciosa, mi muñeca. No podía llorar, no quería asustarla y la voz salió de mi garganta dulce y sosegada. Pronunciaba su nombre acunado por el mar del sosiego y el azúcar almibarado con olor a caramelo. Me envolví en capullo de rosa para ofrecerle frescura y alargué mi amor para tocar su frente. Me la entregaron y replegué el manto de mi cuerpo sobre ella. Antonio, abrazándonos a las dos, céreo, congestionado, medio sonriendo medio frunciendo el gesto sin control. La niña nos miraba perpleja sin saber cómo reaccionar. Le giraba la cara al padre y Antonio se sentía morir. Le hablaba con ternura, le sonreía y la niña venga a girar la cara. La niña no salió de mis brazos, ella decidió, se quedaba con mamá. ACI nos llevaba bien asesorados. Sabíamos que la niña solía escoger a uno de los padres como referencia. Cada niña, según sus circunstancias se fijaba en uno o en otro, con el tiempo serían los dos. Disponíamos de 22 días para conocernos los tres y toda una vida para querernos. Con las niñas en brazos nos dirigimos al hotel y en la intimidad de nuestra habitación se fraguó una relación que diez años después sigue siendo lo mejor que hemos hecho en la vida. Claudia aportó luz, es nuestro ángel...
Claudia Ballester Grifo.
Ilustración de Anna Navarro.

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