martes, 21 de enero de 2020

CONDE PAT
                     (Continuación 38)
RUMBO A MARSELLA.
Marsella es la segunda ciudad más poblada de Francia después de Paris. Es la tercera área urbana más grande del país, después de Paris y Lyon. Es el puerto comercial más importante de Francia y del Mediterráneo, tercero en importancia de Europa tras Róterdam y Amberes, centro de importante actividad industrial especializado en la petroquímica y el refino de petróleo, construcción naval e industrias diversas. Representa un nudo de comunicaciones en el que confluyen las rutas entre Paris, Italia, Suiza y España. Es sede de una Archidiócesis y centro universitario de primer orden fundado en 1409.
Sofía dormía inquieta. Viajar con su hijo, Pat, les había unido. Se conocían un poco más llegando a conectar con fuerza y transparencia. Venía a su cabeza imágenes de muchísima gente aislada en aldeas y atendida en construcciones eclesiásticas. La enfermedad diezmaba la población muchísimo. En 1347, la peste escogió como uno de los puntos de entrada en Europa a Marsella. Murieron 50.000 de sus 90.000 habitantes. Podía notar el sufrimiento y el desconcierto de las gentes. En el S. XVI hubo otro brote de la epidemia y les pilló más preparados. Se fundó el Hospital del Hotel-Dieu. Había una monja, una mujer colosal dirigiendo y organizando a la gente para ayudar y colocar a los enfermos lo más cómodamente posible. Esa mujer levantó la vista del enfermo que estaba arropando y la miró fijamente a ella. Sofía vio el año en un cartel de la estancia, 1720.
EL 25 de mayo de 1720 atracó en Marsella El Gran San Antonio. El cargamento que llevaba de seda y algodón contaminado del bacilo de Yersin fue el responsable de la peste. Se produjeron varias irregularidades porque se sabía de las muertes de la tripulación en el barco. Se bajó a los enfermos a la enfermería poniéndolos en cuarentena, pero se bajó también la mercancía que se distribuyó y provocó el desastre.
La alimentación y la evacuación de los cadáveres tampoco se hizo con el cuidado necesario. El 25 de junio se llevaron el barco a la isla Jarre para quemar la ropa de los fallecidos y enterrar los cadáveres en cal viva, pero ya era muy tarde porque las telas ya habían salido de contrabando de las enfermerías llevando la peste a la ciudad.
Y llegaron los chicos para conocer lo que era la peste y sus consecuencias. El resto de los pasajeros atracaron en el tiempo correcto disfrutando del muelle y la importante arquitectura y cultura de la zona.
Los lobos y las rabosas estaban especialmente inquietos. Mélani dijo que las pulgas eran las encargadas de pasar la enfermedad. En la Edad Media por las pulgas que llevaban las ratas, en 1720 por las pulgas que iban en las telas. Lidia pidió calma. La bacteria responsable podía ser tratada con antibióticos. Ellos no corrían peligro. Pat no permitiría que les pasara nada. Habían llegado para ayudar. Habían habilitado las casas de verano. en el campo para atender a los enfermos, las residencias eclesiásticas y los grandes edificios.
Entraron en un edificio que estaba regido por monjas. Pidieron conocer a la madre superiora. Estaba muy ocupada, pero les atendió en un pequeño cuarto. Vieron un escritorio lleno de vendas, alcohol y material médico. Le dijeron que querían ayudar y la monja desvió la mirada hacía los animales. Mélani le dijo que eran amigos y estaban muy preparados para descubrir casos infectados que aún no tenían síntomas. Eso interesó a la madre y la dejo perpleja. Lidia le dijo que entendían de bubas y sabían que hacer para no contagiarse. Debían ponerse todos mascarillas para protegerse de la transmisión por la saliva. Debían lavarse las manos antes y después de tocar al enfermo. No compartir ropa los enfermos y quemar la ropa de los cadáveres. Enterrar a los muertos en cal viva. Esas cosas más o menos ya las intuían luego de la última peste que padecieron. Aquella primera vez sí que pensaron que era un castigo terrible de Dios. La madre superiora les acompañó a la sala donde se hacinaban los enfermos. Morían familias enteras y no había calle que no sufriera los efectos del mal. A veces se quedaban las casas cerradas con sus dueños muertos dentro o algún niño sollozando al lado de los cadáveres.
Había barreños de agua con trapos para ponerlos en la frente del paciente y bajarle la temperatura. Las bubas se tapaban con vendas y no se tocaban. La enfermedad se presentaba como una gripe y el pobre que la pillaba pasaba muchos intervalos de tiempo alucinando o dormitando...
Claudia Ballester Grifo.

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