EL CONDE PAT.
(Continuación 16)
LA TUMBA DE ARMAND.
Mélani arrastró al grupo hasta el cementerio. Quería llegar hasta la tumba de Armand. El día venía cargado de humedad. El sol jugaba al escondite con las nubes. Se llevaron una sorpresa porque encontraron a una pequeña rabosa recostada sobre la tumba. La zorrita de pelaje anaranjado y frondosa cola abrió un ojo somnoliento y se desperezó con gracia. Laia se acercó despacio. El animal no sentía ningún miedo. Esperaba con gesto animoso a que la niña se acercara a ella. Los demás se mantuvieron expectantes, a distancia, para no romper el encanto de la escena. Laia abrazó al animal y se reconocieron como hermanas. Se hablaron con la mente. La rabosa le dijo a Laia que se llamaba Alba, pero no logró sacarle más información.
Claudia se giró, notó un escalofrió tras ella. Un hermoso lobo de pelaje gris metalizado y cara blanca miraba con semblante impasible. Claudia les dijo a los demás que no se movieran. Se acercó al lobo y aproximó su mano al hocico. El lobo la lamió y gimió. La niña le acarició el lomo y el animal se recostó encantado con los mimos. Claudia se sentía feliz. Le gustaban mucho los lobos. Consideraba que no se les daba un trato justo. No eran tan crueles y temibles como se les presentaba. Daniel se acercó y levantó la mano para espantar a un cuervo que se había posado en una rama muy cerca de Claudia. El lobo se sobresaltó y rascó con un colmillo la suave piel de la mano de la niña. Brotó sangre y el cuervo se lanzó sobre Daniel. Alba, la rabosa, salió corriendo siguiendo al lobo. Los dos escaparon hacía el rio. Los niños se lanzaron sobre el ave. David cayó al suelo y el cuervo intentaba devorar sus ojos. Una mano salió de la tierra y estrujó al cuervo, llevándoselo, ante el espanto de todos los que estaban allí. La tierra se cerró como si no hubiera pasado nada. Al grupo no les quedó ganas de más. Mantendrían el secreto. Esta historia solo podían contarla a Pat y a Magali. Estaban deseando reunirse con ellos. Mélani echó una última mirada a la tumba de Armand. Las rosas seguían frescas, allí. Empezó a nevar y las huellas del lobo y de Alba desaparecieron. Hacía mucho frio. Volvieron al calor del hogar.
Esa noche los niños no esperaron a que salieran los vampiros. Fueron directos al sótano y los llamaron. Daniel tocaba con el puño sobre el sarcófago de Pat. La tapa se deslizó suavemente y el pato apareció con las alas abrazando su cuerpo. Magali fue más rápida en reaccionar y ya conocía la historia por Lidia. Hablarían con Armand y esa noche lo iban a ver.
Se dirigieron, sin dudarlo, al pequeño y ruinoso cementerio. No tuvieron que llegar, Armand se acercaba a ellos. Sí, siempre había estado allí, pero se había desconectado de sus hermanos y vivía bajo el anonimato. Por esta razón Pat y Magali no se percataron de su presencia. El lobo pertenecía al clan de los licántropos y se encargaba de cuidar su lugar de reposo junto a la zorrita. Alba era un cachorro cuando la encontró Armand. Vagaba sola por el bosque y Armand y el lobo la cuidaron. Formaba parte del clan.
La luna llena se alzaba con todo su esplendor. Claudia cayó al suelo transformándose en un ser con un pelaje de un gris nuclear muy brillante. Los ojos enmarcados por un pelaje más oscuro, negro azulado, reflejando los rayos de la luna. Aulló a la noche y el lobo corrió a reunirse con ella. Ambos se saludaron llenos de felicidad y reconocimiento.
Laia empezó su transformación. Ella, sí sabía cómo conseguir que su alma mutase. En una regresión hipnótica se reconoció como una zorrita corriendo por el bosque. Tenía hermanos y, una, se llamaba Alba. Había reconocido a su hermana y quería volver con ella. En esta vida era hija única. Acercó un dedo para pincharlo con el colmillo del animal. Armand y el lobo le habían traspasado su poder y había salido reforzada. Laia se convirtió en una zorrita y adoptaría esta forma las noches de luna llena como su prima Claudia se transformaría en lobo...
Claudia Ballester Grifo.
Ilustración Anna Navarro.

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