VOLVER.
¿ Qué está pasando?
Me encuentro liviana y me siento bien. Mi cuerpo ingrávido flotando, lígero y rápido de movimientos. Chispitas eléctricas me recorren. Estoy aquí y allá, no hay espacio, estoy sin tiempo. Siento un murmullo que va engrandeciéndose y lo abarca todo. Una conexión con una sapiencia única que me nutre y me consuela.
Vuelo cogída de un cometa. Surco los espacios del universo y siento una fuerza que me atrae, un agujero negro que engulle lo que se le pone al alcance. No soy consciente de ser materia. Me desconozco, pero pienso. No quiero ser arrastrada, tengo miedo. Se elonga mi forma, sin dolor, sin resistencia y me veo dando vueltas y más vueltas. La oscuridad lo cubre todo. Sensación de vértigo y mucha rapidez. Voces que se multiplican y aminoran. Sin tropiezos, sin choques hasta perder la conciencia.
¡Qué sensación más bonita!
Nado en un agua tibia. No veo nada, pero percibo claridad. Me gusta mucho estar aquí. La tranquilidad es la dueña absoluta y escucho un ruidito constante y calmo que me hace sonreír.
Alguien parece que me llama. Oigo palabras cariñosas y dulces que me motivan a estirar la mano para alcanzarlas. Quiero salir.
La abuela acababa de morir. Se había ido tranquila, con una sonrisa en los labios. El semblante relajado después de una larga vida de enfermedad. Luchadora y rebelde llegó a conocer la felicidad y a agradecer su suerte. Formó una familia con el amor de su vida y en su último aliento tuvo palabras para todos. Clara, descansaba en paz.
Lidia, su nieta, embarazada de nueve meses empezó a notar contracciones en el bajo vientre. Fue trasladada al hospital con el pesar de dejar a su abuela. La niña quería nacer.
Los médicos miraban preocupados. Algo no iba bien. La madre empezó a sangrar. La criatura venía de nalgas y empujaba en dirección contraria. Urgía una cesárea.
En el quirófano, tras dormir a la madre y practicarle una incisión en el bajo abdomen... Se paralizó el tiempo. La abuela entró en el cuarto aséptico y,en rayo de luz,se reunió con la criatura. Clara ya no nacería sin alma.
Claudia Ballester Grifo

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