POSO DE CAFÉ.
Cuerpo a tierra, arrastrando codos y rodillas deshoyando la carne viva para reducirla a rastrojo seco.
Barbilla tocando el suelo y rezando en bucle lo que pueda razonar el cerebro, que es poco, y hay que volver a empezar.
Fuegos de primera fila de reyerta. Movimientos rápidos de desconcierto y miradas anhelantes. Caídas a un lado y al otro y manos con tesoros que pasar al vivo.
- ¡No te olvides de dárselo a mi madre!-
- ¡Dile a mi mujer que la quiero!
-¡ Esto para mis hijos!- y le deslizaba una carta con sobre cerrado y una sonrisa de cuño.
Las bombas se estrellaban iluminando la tarde avanzada. Y, en medio de ese sudor frío y el miedo cogido al cuello con guante tosco y duro, sonó el despertador y amaneció la pesadilla recurrente al cálido día del hogar seguro.
Ya no hay lobos que amenacen la noche cerrada. Los cadáveres ya no se abren a depredadores y alimañas carroñeras. Desaparecieron en las telarañas del tiempo y su tufo ya no empaña el respirar tapado y ralentizado para adentro.
Un niño de tres años aterriza en la cama con la soltura de un gamo. Ojos grises de flequillo dorado. Coge la mano de su padre y le pide otro cuento. De esos que le gustan, le mantienen expectante y con la boca abierta se descuelga el tiempo y se juega a dibujar historias.
El padre, herido, sonríe.
Salíamos de clase. Tu madre y yo nos perdimos por la vereda del campus. Hacia mucho calor y nos echamos en el mullido verde escuchando el canto de pájaros y de insectos que se abrían a la temporada estival.
Escuchamos un chasquido seco. Nos hallabamos semiescondidos por un gran tronco muerto. Un golpe seco y un bulto en el suelo. Ojos con ojos, dureza en la mirada, terror en el cuerpo. Fuimos rápidos en correr, pero lo que habíamos visto nos quemó por dentro.
Avisamos a la policía. Un hombre con camiseta de reo, provisto de una pala y arrastrando un cadáver de melena rubia y pecho al descubierto.
-¿Lo podría dibujar?
-Sí, perfectamente.
Sale el dibujante y el tiempo, las ganas y la vida se congelan en un momento. Es el asesino y sonríe afable y misterioso...
El niño sonríe. Su padre está malito. Su mamá le dice que lo cuide porque su mente flota en un mundo de sin sentidos. Pero él lo encuentra un padre muy divertido. Le escucha, le sonríe y le descubre cosas que almacena en su cabeza hasta que aprenda a escribir. Sin censura y sin edad para forjar su imaginación y,cogido de la mano del padre, levantar las alas y volar.
Claudia Ballester Grifo

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