jueves, 12 de diciembre de 2019

UN GENIO.
Era un agricultor de poca escuela, pero de una genialidad que tenía que romper por donde fuera.
Melena morena y ojos de noche estrellada. Le abrazó la musa y le apretó hasta que el pincel empezó a cobrar vida propia.
Dibujaba en grande. Colores vivos de arrojo y verdades. Caían con desmayo, en banda gruesa o fina según el impulso y la idea. Descaro que fue tomando envergadura al hacerse comprensible y cercano.
La ilusión le ayudó a crear una fundación y la vida se arremolinaba en su cuerpo animoso y en las manos curtidas por el azar del campo.
El tiempo de coleta cana le devolvió una incomprensión introspecta de resabio y frustración. Su pintura no era fácil de vender por sus dimensiones y no siempre se la comprendían. Tiempo de calabazas y melones a la puerta de su casa y los cuadros por los rincones.
Una noche de luna clara y calidez tropical se despertó de la angustia de un mal sueño. Le dolía la cabeza. Persona sana como pocas, nunca había visitado al médico. Se levantó buscando un vaso de agua y sin saber porqué cogió el camino de un verde esmeralda. Le deslumbró la pintura, le llamaba una voz apagada. Desde el fondo del cuadro se desmelenaba una cascada a lomos de cuatro caballos castaños preparando la galopada. Se sentó en su tálamo y su esencia quedó absorbida por su imaginación creada.

Por la mañana amaneció Rosa, sola en la cama.
-¿Dónde estás, Joan?
Le contestó la nada. Los zapatos al pie de cuadro y una sonrisa apuntando la escuadra.
Claudia Ballester Grifo

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