EL SUEÑO.
La estancia duerme la tranquilidad. Una respiración pausada configura la vida. La cortina de la ventana baila con la brisa que se cuela, mentolada y tibia.
Julia descansa sobre una almohada de lino oradada con margaritas. El cuerpo desprende un olor de chicle de fresa. La fragancia se alza besando el efluvio de menta que trae la noche callada.
Un onírico mundo de posibilidades se centra en la isla de Escudo de
Veraguas. El perezoso pigmeo sobrevive como puede abrazándose al manglar. Escucha una llamada irresistible que le hace correr si eso cabe en él. Se tira al agua, en busca de su amada, bracea en su conquista. En un manglar a mano izquierda un movimiento le alerta. No, no es ella. Una madre con su hijo le hace virar su ruta. Deberá continuar su busca ya que el hijo mantendrá ocupada a su madre 6 meses. Deberá seguir nadando.
En la isla de Komodo en Indonesia unos dragones de Komodo peleaban por la madre de sus hijos. Sus fervores a mordiscos de veneno bien dispuestos.
La vida se renueva en la formación de nuevas islas en el Pacífico. La Isla Fernandina, solitaria, llena de vida en sus aguas. La iguana marina calienta su lomo en tierra.
Los párpados de Julia se muestran inquietos. Un suspuro resquebraja el hilo conductivo de su sueño. Su mente se enreda en el espacio del tiempo y unas serpientes corredoras de las Islas Galápagos corren detrás de la iguana marina. Espeluznante sorpresa. Para la presa, paran los cientos de serpientes tras ella. Si permanece muy quieta, tal vez no la detecten.
Julia se gira. Abraza la almohada, repliega sus piernas, aprieta sus rodillas. Se ovilla en un lado, su respiración se paraliza. Se arrastra una serpiente enorme, silente y fría. Se alza sobre la cama... El colchón dibuja una ausencia tibia.
Claudia Ballester Grifo

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