domingo, 1 de diciembre de 2019

DOS ROSAS BLANCAS.
Su carita de adolescente menor resplandecía de ilusión. Entró en la casa como un huracán que se lleva los malos espíritus que hace que llueva café.
La madre, de espaldas,fregando los platos de la comida, ya se giraba con la sonrisa abrazando su mirada.
Una historía de amores bombardeaba el hechizo en una nube. Una hermosa pompa de jabón se estrellaba en el limbo de las sorpresas y los sueños realizados.
Alba respiraba melocotón en almibar y saboreaba rosas silvestres. Corría por un sendero de imágenes de animes y dragones negros, bondadosos y amigos.
La madre feliz ante la felicidad, amiga del amor y comprensiva en la ilusión. La madre, prudente y racional, con calma y paciencia adquirida cortando la pizza.
- y, ¿quién es?- dijo la madre por si conocía su amistad.
-Se llama Nerea. ¡Es genial!
La madre besa la cabeza de su hija. La abraza con mimo. Se derrite. Su corazón se deshace en gelatina. El alma  se resquebraja y agoniza ante el miedo. No sabe si el padre va a entender que el amor tiene alas para volar alto. Que el amor no escribe en rosa o azul, tan solo tatua en el latir del corazón. No entiende de modas o marketing. La inocencia, la grandeza del que ama no tiene fronteras.
Por la noche un arco iris de color y de pájaros exóticos precede la templanza del padre. Ante el ¿qué tal? Un mensaje contundente:
- ¡Papá, tengo nov..!
- Mejor no me digas nada.
Madre e hija se miran. La madre la calma con la mirada y le pide que espere, que le de tiempo para asimilarlo.
En la mesa, cenando, en armonía y calma el padre pregunta:
- ¿Y,es buena chica?
La luz devuelve el fuego a la mirada. El amor en una tartaleta de fresa y chocolate.
Claudia Ballester Grifo

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