sábado, 7 de diciembre de 2019

AURORA Y DIEGO.
Todos nos resistimos a perder algo que queremos.
Aurora soplaba los vientos por Diego. Andaban juntos los caminos, pero no se hablaban, no lo necesitaban.
El polvo del tiempo formaba callos en su tersa piel. El sol curtía  sus lomos y tatuaba el desfilar de la aguja en el reloj de la pared.
Corrían por los senderos del verde, sepultando su forma el dorado de la caída otoñal.
Se bañaban en aguas salinas retozando en la arena del mar.
Aurora soplaba los vientos por el galán. Vivía en helio rosa, flotando en lazos de irrealidad. Sonreía al viento, a las olas del mar. Sonreía a la suerte de vivir ligada a su par.
Diego es más tímido. Un botón para el ojal. Esa parte que compensa a la otra. Esa media naranja jugosa para juntar con su otra mitad. La miraba de reojo, sonrojando su tez natural. En su mundo solo cabía ella:
-¡ qué preciosa es! ¡qué mujer fatal!-
Dia de lluvia. El cielo encapota su manto original. Confluye el morado solapando el dorado acariciador de bondad. Fríos vientos, graznido de huracán, cae un árbol milenario sobre el pobre Diego... Yace en el quirófano con gravedad.  Aurora llora a su lado, tiempo de soledad. Le cortan tres dedos a su amado, triste realidad. Ella se esfuerza en mantener la serenidad.
Suena el sonido del marcapasos en el silencio del espacio. Aurora despierta antes que Diego, pero acercándose con mimo le acaricia la venda que lo viste.
Siempre serás el pie de mis sueños, compañero de viaje. Estabilizaré tu paso y marcaré la huella más fuerte. Somos dos pies en uno para lo que falte.
Claudia Ballester Grifo

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