domingo, 15 de diciembre de 2019

CONDE PAT
(Continuación 1)
Oyó algo sobre un conde al que le impusieron el nombre de Pat. El proceso de la inmortalidad, seguir vivo por todos los tiempos llegaba a su mente de forma vaga. De pronto notó el aliento cálido del confidente, temblaba de respeto ante aquellos colmillos. La figura desapareció evaporándose en la noche.
   La aurora amenazaba la llegada del día. El pequeño descubrió una casa y sin dudarlo se deslizó por una ventana abierta. Los ocupantes dormían, el tiempo apremiaba. Un letrero resplandeció en la oscuridad, se dejó llevar por su intuición y bajó las escaleras del sótano, la palabra “bodega” le sonaba protectora. Reconoció su agotamiento y cayó rendido dentro de una caja destartalada cubierto por mil retales olvidados.
   Las doce de la noche sonaban en el campanario del pueblo. Las campanas tañían con parsimonia y un bostezo se oyó en el fondo de la bodega. El conde Pat empujó con suavidad la tapa de la caja que le servía de cobijo. Sentado en el receptáculo desperezó sus miembros engarrotados y de un salto se plantó en medio de la estancia. El silencio de la vivienda evidenciaba que la familia dormía, era una suerte que no tuviera por costumbre cerrar con llave la puerta de la bodega. Con pasos cautelosos el vampiro subió las escaleras y mirando a ambos lados se asomó por la puerta. Mélani se dirigía al cuarto de baño medio dormida. La niña de nueve años no conocía la existencia de la criatura que convivía con ellos, tan solo David, el pequeño de dos años, se había encontrado con la versión buena del pato. Una vez desapareció el peligro Pat accedió al bosque por la ventana del comedor.
   Habían pasado los años y ya no quedaba nada de la pequeña ave. Su gallardo cuerpo se cubría de unas plumas deslumbrantes, el blanco nuclear refulgía en la noche. Cuello esbelto engalanado con una pajarita de raso negro. Ojos negros, penetrantes en la mente de sus víctimas. La sangre que bebía le proporcionaba eterna juventud y él se sentía satisfecho de su apostura.
   Sentía un apetito voraz. La primera sangre que obtenía era la que más placer le procuraba. Acercándose al río observó un puerco espín que bebía plácidamente de las tranquilas aguas. Le sorprendió por la espalda y antes de que se pudiera dar cuenta languidecía entre los colmillos del chupasangre. Pat se relamió del sustancioso aperitivo y prosiguió su búsqueda...
Claudia Ballester Grifo

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