jueves, 12 de diciembre de 2019

LOS OJOS DEL ALMA.
Solo tenía 13 años y jugaba al monopoli de los sueños de dibujos y videojuegos.
Era una adolescente de melena achispada por la gracia de un flequillo de medio lado. Lustroso cabello negro de planchado natural y cera de manzana fresca.

Disponía de las horas con inclinación tranquila. Sin apuros ni prisas, disfrutando del momento y de salto en salto con engranaje suave y sin apreturas. Era la medianoche y seguía pegada a su silla. Tres ejercicios de matemáticas y con la luz de una linterna.  Los padres dormían en el cuarto de arriba y ella había prometido subir a las 23h.

Unas luces espirituales empezaron a descender por la escalera. Voces de siglos apagadas, de peldaño a peldaño entrando por la espalda de Aina. Se agrandó su mirada y los ojos de noche se volvieron verdes de transparencia clara.
Se tensaron sus músculos y se mezclaron las lenguas en su garganta. La Torre de Babel se dibujó en su frente y perdió la consciencia encima de la mesa.

A las 2, 30 de la madrugada se levantó la madre y no la encontró en su cama. Ya subía por las escaleras, una niña extraña. Elsa reconoció su alma y fundiéndose en un abrazo la acompañó al nido levantando la nórdica,acomodándola. Amanecería una niña erudita, el alma evolucionando, las alas escondidas y acopladas en la espalda.
Claudia Ballester Grifo

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