domingo, 22 de diciembre de 2019

2030.
Viendo la película Jumanji, juntas. Recostada sobre mi regazo. Mis manos mesando sus cálidos cabellos. Su palpitante calor era un consuelo que recibía mi cuerpo. Mi niña, mi regalo.

La llamaron sus amigos y me miró implorante. No había salido en todo el día. Solo un ratito. Ya eran las 20h. Cenarían en el Kebab y hasta las 22h. La acompañarían a casa.

-Adios, princesa. Si no te acompañan, me llamas e irá a por ti el papá-
-Tranquila, mamá. Siempre me acompañan-

A la hora indicada mi niña no volvió a casa. La llamé por teléfono y tenía el móvil sin señal. Muy extraño. Empecé a sudar.
Llamé a sus amigos y ninguno estaba con ella. Unos se fueron antes de cenar. Otros no habían acudido. Se quedó a cenar con dos amigos que tenían 5 años más que ella. 13 frente a 18, pensé que eran más.
Lorena me dio el número de uno de ellos. Su móvil tampoco contestaba.
Mi marido llamó a la policía. Se trataba de una menor.

Amanda jamás volvió. Se la llevaron en una furgoneta blanca. Se llevaron mi alegría, mi vida, mi amor.
Esa niña adorada que me miraba admirada y con el candor de las primeras salidas.

Ella tenía sus amigos. Ella tenía el poder de decidir con quien estar y con quien,no. Ella empezaba a tomar las riendas de su vida y de su camino a recorrer. Ella era una niña bella, estudiosa y con corazón.
Ella era ese ángel que arrancaron de mi lado, sin ninguna explicación.

Han pasado diez años y su habitación sigue intacta. Esperándola como cada dia y cada noche.
Llaman al timbre de la puerta. Una chica de unos 23 años me llama mamá.
Nos abrazamos. La hago entrar. Tenemos mucho tiempo para hablar.
Claudia Ballester Grifo

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