DE TU MANO.
Jacinto miraba a su mujer con embeleso. Llevaban 70 años juntos, toda una vida.
La más bonita del pueblo. La morena de sus amores con ojos de embrujo. Verdes esmeralda con el fuego de lo joven y nuevo.
Compartían cuatro hijos. Girasoles de sus campos de sol y brío. Dos varones y dos hembras para repartir bien el camino. Semillas que labró el destino y que vestían de nietos y bisnietos el cortijo.
Mano con mano, enlazados en su destino. Él sujetando el débil pulso de Rocío.
Mi niña querida, motor de mis cielos, torbellino de mis mares, madre de mis hijos. Compañera querida de brisas y vientos, de polvo en el camino.
Luz de mi luz, abrazo compartido. Luna de mis noches, calor en mis días de invierno, desvalido.
Humo de chimenea dibujando el sueño que mi sentir de hombre congelaba en el vaho del cristal limpio.
Brasas ardiendo de chuletas y vino. Risas compartidas, haciendo piña, adornando el abeto de la Navidad elegido.
Reyes y regalos, prisas y descuidos, al alza del amor compartido.
Le pasa la mano por su cara cenicienta. Flor de mis ansias, canela dulce de mi apetito, niña querida del anhelo más profundo. Hija de mi vida, brisa de mis mares.
Una lágrima despierta el pulso de la durmiente. Sus ojos se abren como flor de un dia al abrazar la aurora. El verde se lanza raudo a la pigmentaria de la miel de Jacinto. Se juntan las miradas, se espabila el fuego, se verbaliza el capullo de rosa que riega de vino el amor vivo.
Rocío relaja su mano cerrando el esmeralda de su cristal ambarino.
Jacinto abre la mano y cae su rostro besando la muerte de dos almas que emprenden su camino.
Dos palomas blancas se alzan en lo alto del césped azul del cielo amigo.
Claudia Ballester Grifo

No hay comentarios:
Publicar un comentario