EL CONDE PAT.
(Continuación 4)
Un sonido estremecedor arrancó la placidez de la noche. Pat aún dormía en su caja cuando notó la angustia de su compañera. Corrió con todas sus fuerzas hasta la ermita. No encontró a Magali, pero halló un rizo dorado pendiendo de la rama de un naranjo. Desalentado por la desaparición conociendo la preocupación de Magali por ser descubierta se temió lo peor. Intentaba utilizar sus poderes ultrasónicos, no entendía nada. Magali interrumpía la comunicación, no deseaba que la encontrara.
La vampira rodaba por el suelo envuelta en llamas, su atacante reía la venganza. El monstruo la había descubierto y quería acabar con su belleza. Sería dueña de su destino, pero la desposeía de lo que él deseaba y le era negado. Medio consumida llegó al agua del rio. El lobo desapareció. Libre del yugo del amo abrió su mente para que entrara Pat. Su amigo la halló en un estado lamentable. Ella le había evitado el peligro de encontrarse con el lobo. Pat lloraba. Magali se ocultaba entre sus brazos.
Magali decidió curar sus heridas en el fondo del lago. En la oscuridad de sus aguas se mantendría completamente aislada. Pat debía aceptar su decisión. El conde se alejó apesadumbrado de su amiga. Se había acostumbrado a su compañía y volver a vagar solo le sumía en una tristeza agobiante.
Pasaron diez años hasta que una noche Pat descubrió un trozo de tela del vestido de Magali. Lo halló en la orilla del lago e inmediatamente agudizó sus extraordinarios sentidos para captar la presencia de la amiga. En su cabeza aparecieron las imágenes representadas como en una magnifica pantalla virtual. Observaba a Magali en el fondo del lago llena de frustración y miseria. Su necesidad de alimento tan desesperada le hería. La veía cazando roedores y serpientes. Captaba perfectamente las imágenes pasadas, pero no podía encontrar el paradero actual de la vampira.
Magali jugaba con él. Sus risas ensordecieron los sensibles oídos de Pat. Una estentórea carcajada ensombreció el cálido afecto del vampiro. La pata le abrazó por la espalda sorprendiéndole. Rodaron los dos por el suelo parando sus volteretas una roca. Pat, mareado, observó la figura desmadejada de su amiga. Llevaba el mismo vestido que la última vez que la vio. Su preciosa túnica conservaba el moho de la humedad y su gasa raída le confería un aspecto similar al de los esclavos de las galeras. Los suaves hombros de antaño presentaban unos cóndilos alzados en armas, es decir, se mostraban excesivamente descarnados. Las clavículas pedían clemencia. Magali estaba más delgada que el palo de una escoba. Su enmarañado pelo confirmaba la comparación con el instrumento hacedor de polvo y limpiador de basura. No se había molestado en adecentar su imagen. Sus hermosos rizos rubios sucumbían ante el estropajoso matojo de pelo ceniza.
Pat observó con horror la mirada de su amiga. La halló totalmente extraviada. Su mirada no se centraba y sus ojos bizqueaban exageradamente. No había duda, Magali había enloquecido...
Claudia Ballester Grifo.

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