EL CONDE PAT.
(Continuación 8)
PAT, MAGALI Y LOS NIÑOS.
Noche de tormenta. Daniel no podía dormir y se fue a la habitación de Mélani. David estaba hecho un ovillo a su lado. La rama de la acacia golpeaba fuertemente sobre el cristal de la ventana. Alguien pedía paso.
El ulular del viento se confundía con palabras medio ahogadas y el estrépito del relámpago sobrecogía con el grito del trueno. Fuerzas ocultas confluían sobre la casa. Los niños corrían peligro. Un cuervo se estrelló contra el balcón y sangre y plumas resbalaban por el cristal de la puerta.
Los niños se taparon con la sábana y el temblor les cosquilleaba en la planta de los pies. No, no era el temblor, era el payaso que recién salido del armario se unió a ellos bajo la sábana.
Pat irrumpió en la habitación al tiempo que el payaso arrancaba al pequeño David de sus hermanos. La cara del secuestrador paralizó su sonrisa garabateada. Magali, por detrás, le clavó los colmillos con saña y volatizó su maldad convirtiendo la figura cruel en confeti. El árbol tranquilizó su rama y el viento se llevó la tormenta instaurando la calma.
Pat y Magali se llevaron a los niños donde la fantasía les purgara la mala experiencia de una pesadilla muy real.
¡Preparados y a volar!
EL KILIMANJARO.
Volaron los niños siguiendo a Pat y Magali. Descendieron en una planicie de la montaña situada en el noroeste de Tanzania. Está formada por tres volcanes inactivos; el Shira, en el oeste, de 3962 m de altitud; el Mawenzi, al este, de 5149m y el Kibo, el más reciente desde el punto de vista geológico, situado entre ambos y cuyo pico, el Uhuru se eleva hasta los 5891,8m.
Estaban fascinados por lo que veían. En la llanura se extendía el parque del Kilimanjaro. En la cumbre los campos de hielo. En el norte se encontraron con el poblado Masai. Matu era un niño de 12 años que estaba cuidando el rebaño. Vio acercarse al grupo de extraños y ya tensaba sus músculos con el bastón en alto. Daniel corrió a su encuentro mientras Pat enviaba un mensaje de paz y cordialidad. Las cabras y ovejas comían tranquilamente sin alterar su normalidad. Mélani y David no habían visto nunca estos animales tan de cerca. Hasta ellos les llegaba su olor. Morani, se acercó para ayudar a su amigo en caso necesario. No estaban acostumbrados a las visitas y menos de personajes tan extraños.
Se presentaron. Mélani preguntó a los niños qué significaba sus nombres, eran preciosos. Matu, sonrió a la niña. Su melena rubia le inquietaba y le gustaba. Le explicó que en kiyuyu significaba, las nubes. El nombre de Morani significaba, guerrero. Magali y Pat les perturbaban. Dos patos que hablaban. Eso no lo hacían ni sus vacas sagradas.
Los niños Masai les condujeron a conocer a su pueblo. Las cabañas están hechas de ramas, paja y excrementos de vaca y rodeadas de paja para el ganado. Tenían la forma de un iglú. Las mujeres se encargaban del arreglo de los deterioros y ordeñaban el ganado, los quehaceres domésticos y en el tiempo libre se dedicaban a hacer abalorios como collares. Los niños cuidaban el rebaño. Era una población de celebraciones ya desde el nacimiento...
Claudia Ballester Grifo

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