martes, 31 de diciembre de 2019

EL CONDE PAT.
        (Continuación 13)
Laia fue la primera en abrir los ojos. ¿Qué era aquello? Estaba todo blanco. Las ventanas, llenas de vaho dejaban vislumbrar la copiosa nevada que se había dado lugar desde primeras horas de la mañana. Despertó a todos, azuzándoles para que se dieran prisa. Bien abrigados salieron a hacer bolas de nieve con las que se linchaban con simpatía y malicia gradualmente. Entre risas y resbalones empezaron a notar calambres en el estómago, no habían desayunado. Al olor de los bollos recién horneados y de la leche con chocolate entraron a la cocina sin ser llamados.
Un lobo se acercó al patio aprovechando la ausencia del grupo. Conocía el lugar y conocía a la niña de sus sueños. Olisqueaba sus pisadas y fue sembrando de rosas rojas sus huellas. Aulló mirando la silueta de Claudia a través de la ventana. Sus miradas se cruzaron en un segundo que se congeló en el tiempo. Esos ojos, esa mirada amiga y afable, ese entendimiento… ese lobo. Claudia salió al patio sin decir nada, sus primos y Lidia, detrás. Se quedaron asombrados de ver el rojo sobre el blanco y unas huellas de lobo que se perdían entre los árboles. Claudia cogió una rosa y sonrió.
El grupo decidió seguir las huellas y perderse por los alrededores para investigar. El sol, pletórico, reflejaba sus rayos en la nieve mostrando su cara más cálida y amable. Los pájaros cantaban y alegraban el recorrido. Daniel hizo notar al grupo que las huellas de lobo desaparecían y se podían observar otras de pies humanos. Aquello era muy extraño. ¿Podía tratarse de un lobo domesticado? si era así ¿por qué desaparecían sus huellas? Siguieron el rastro hasta llegar al rio. Allí se perdían todas las pistas. El agua estaba muy fría, incluso cristalizaba en los márgenes de la orilla. El hombre y el lobo habían desaparecido. Los niños regresaron a casa pensativos...
Claudia Ballester Grifo.

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