martes, 3 de diciembre de 2019

PERDIDA.
La noche desgarra con caninos.
Un vaho frío y pegajoso impide la visibilidad y el páramo se enfila
 solitario.
La luna achica su ángulo, buscando
un poco de arrope aterida por el frío.
Se congelan las ideas y gotea el rocío en el envés de las hojas. Enmudece la oscuridad acomodando el sueño.
Unos pasos vacilantes rompen el cuadro del mutismo. Una figura escuálida, de poca alzada y melena que se confunde con la noche va dando tumbos, perdida. Salió por la tarde a por leña y se encontró con una hembra de jabalí con sus jabatos. Viéndose la madre sin salida atropelló a la niña dándole una buena embestida. Rodó el cuerpo desmadejado,ladera abajo, golpeándose la cabeza contra una piedra. Hecha un ovillo recuperó el conocimiento horas después, ya había anochecido.
No sabía donde estaba y, lo que era peor, no recordaba quien era. Sentía el frío lacerando su piel y congelando los pies. No llevaba ropa de abrigo.
Tropezó con un robusto tronco lleno de nudos y espeso de ramas. Recogía como una cabaña y,a sus pies, recostó el cansancio la desgraciada.
Escuchó una música que la embriagaba. Le inducía un sueño apacible arrebujada entre la hojarasca. Los nudos del tronco pestañeaban y un coro de voces la alertaba para que escapara. La niña dormía y una melaza leñosa,exhudada por el árbol, le cosía una mortaja. Lloraban sangre los ojos y las ramas danzaban un baile macabro que helaba el alma.
Ceñia su cuerpo, constriñendo la caja torácica. Privada de la respiración se despertó sobresaltada, justo para ver como se fundía con el arból formando un nudo más en la corteza macabra.
Claudia Ballester Grifo

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