EL PUENTE.
Daniel era un chico joven, tímido y sensible que no encontraba su hueco en la vida. El ruido de la discoteca atenazaba sus oídos, taladrando los tímpanos. Decidió alejarse del estrépito de luces y martillo y se acomodó en la barra para pedir algo que amortiguara sus sentidos tan despiertos.
-Un tequila con menta y mucho hielo, por favor-.
Llevaba ya unos cuantos cuando se acercó una rubia preciosa a pedir su consumición. La miró de soslayo. La alegría y naturalidad de la chica le seducía. Se pidió un San Francisco y se relajó mientras bebía. Se atrevió a balbucear un cómo te llamas y de ese nombre ''Alba'' empezó un amanecer para él.
Desnudos, resbalando el sudor por su piel. Hechos un nudo de piernas. Empujando y recibiendo.
Contrarrestando y abriéndose para él. Las uñas de ella marcando su espalda. Sus suspiros rozando el sentir de la rubía que subyugada por el momento introducía su lengua en beso de tornillo, ansioso, enardecido.
Sonido de succión, ambrosía del destino. De pronto, un calambre le puso rígido a él. Blanco, primero, subiendo al morado y púrpura para levantar su torso y dejarlo caer.
Ella, espantada, quieta, sin saber que hacer. Un vacío en su boca fue la última imagen que vió él. Un grito sin incisivos ni caninos. El esquelético de la chica taponó la tráquea de Daniel sin derecho a volver.
Claudia Ballester Grifo

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