REGALIZ EN TU BESO.
Resquebrajaba el cielo el retumbar del estruendo eléctrico. Noche de tormenta en lo alto del páramo.
Los Cárpatos de Rumanía, cerrados y austeros. Lluvia de niebla, espesa, angustiosa para el errante que, perdido en medio de la tormenta, busque hacer noche.
Aullan los lobos a una luna que no aparece, sepultada entre los nubarrones se viste de largos en negro. Una tenue linterna alumbra el siniestro camino del caminante. Su caballo, herido de miedo,hace tiempo que corrió su suerte. Yace ahora en medio del camino con su vientre abierto y el vaho de su calor marchito.
Aulla el miedo, ni los lobos acercan su hocico. Esta noche de brujas ni las alimañas salen de su escondrijo. Alguien más fuerte, del mismo infierno escupido,danza con su manto ceniciento requiriendo el amor de la vida que encuentre a su paso, por el cerro del destino.
Anselmo estrujaba la racionalidad de su mente ante la visión de una hermosa mujer. Jovén, tersura de piel. Blanca como la nieve. Ojos de noche profunda y cabellos de rabioso azabache.
Su sonrisa hipnotizante le invitaba a que se acercara y con su mano acariciadora le señalaba un refugio en el camino.
El frío colándose en sus huesos. Las manos ateridas buscando un soplo de calidez en su boca reseca y aguijonada por mil cristales. No lo pensó dos veces y entró en la cabaña.
Le esperaba la ermitaña, hada del páramo, princesa encantada. La leña crepitando y el calor de la cama con el sabor del eucalipto y la candidez de la lana.
Besó sus labios de regaliz, se abría su espíritu, sus ansias. Exhalaba sus jugos, disfrutaba del erotismo, regalo en una noche desafortunada. Abrió su boca y la tarántula penetró en sus entrañas.
Su rictus cereo, sus ojos en blanco, convulsión del cuerpo, en cruz sus brazos, de espaldas en la cama. Anselmo era el nido de la puesta de la araña.
La bella joven se volatizó en la estancia. Perpetua la especie, la tarántula de la montaña.
Claudia Ballester Grifo

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