jueves, 30 de abril de 2020

TÚNEL DE LUZ.
María se despertó sobresaltada. Las  sábanas pegadas al cuerpo y el pelo mojado. Sentía la lengua apelmazada al paladar, seca y estropajosa. La garganta engrosada por cristales triturados y empastados.
No lograba orientarse. Se encontraba en medio de la nada. Buscó la compañía de su marido y no lo encontró a su lado. Intentó incorporarse y el cuerpo se comportaba ageno, sin responder a su llamada. No salía de su garganta nada que no fuera una flema viscosa y acidificada.

María, sola en su cama. Despertar ciego en una triste madrugada. No la acaracia la luna con su haz de calma. No la reconforta el sol con su sonrisa dorada. Se oye el silencio más espeso porque la aplasta. Cierra los ojos, caen los párpados como una losa sin permiso ni gracia. Se diluye en el centro de una diana que gira vertiginosa engullendo las ganas.

En el fondo de la sombra resurge un cuerpo que la reclama. Está blanco y frío, pero la conoce y la extraña. La llama suave, le llega un mensaje de amor que la embarga. Tira de ella la atracción que como imán potente la atrapa. Le tiende una mano, refulge una alianza. Esas uñas de luna, suaves y cuidadas, manos de piano, de poeta, de talentoso amado.

Adrián murió en un hospital de pared blanca y puerta cerrada. Levantada su mano buscando la de María con las pocas fuerzas de un aire que no llegaba. En el sudor agrio de su último suspiro encontró el frío desconcierto de su bien amada. Se fueron juntos a esa eternidad llena de luz, sin sufrimiento y con esperanza.
Claudia Ballester Grifo

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