miércoles, 29 de abril de 2020

EL ORO DEL TIEMPO.
El sol languidece azuzando unas reflexiones que salen a recibirnos. Despierta el día con ruedas de automóvil y el característico zumbido de la caja del supermercado.
Los pájaros calman sus ardores en la sombra de su árbol ayudados por alguna fachada amiga.

La sonrisa no puede por menos que iniciarse en mi rostro. Se prolonga por mis pensamientos y me lleva a disfrutar de lo que el momento me ofrece.
Mi marido lleva siete semanas a mi lado sin otra vida que nuestro encuentro. Conversaciones, comidas que me ofrece con mimo y tacto exquisito, caricias de manos mientras compartimos documentales y noticias. Nunca un tiempo ha sido tan íntimo y reparador.

Mis hijas en casa. En su reclamo de estudios, en sus cosas, pero en casa. Sin salidas nocturnas, sin empeños ni discusiones. Todos de acuerdo alrededor de la mesa. Mimos, abrazos y
confesiones. Toma de contacto, historietas, risas y descubrimientos. Haciendo familia, estrechando lazos, compartiendo experiencias, amando.

Dentro de la pesadilla de lo que significa la pandemia en salud y economía, sacar un puntito amable de lo que podamos rescatar para nuestros corazones.
Aprovechemos este encierro para desarrollar lo que el tiempo y el estrés nos reducía a una brevedad intangible, incuestionable.

Mirada a los ojos, reconocimiento del otro. Introspección de nuestra proyección, resultado en los otros.
El sol derrama su bondad, el calor desmontará un virus criminal que tal vez nos ayude a creer en la unión y ser menos egocéntricos.
No podemos estar bien sin el bien del otro. Esos otros somos nosotros.
Claudia Ballester Grifo

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