GÓLGOTA.
Tus pies cansinos arrastraban el dolor que espera.
Nunca un hombre sufrió tanto ser hijo de Dios.
Tu mirada recogía la escena,
palabras escuetas para no exculparte y cumplir la misión.
Gestos justos con mucha contención.
Pupila abierta de bondad y amor.
Pilatos se lavó las manos, pero pudo su temor.
Mandó cruel latigazo para evitar una crucifixión
que luego se sumó.
Te clavaron espinas, soldados y vulgo se burló.
Te fustigaron con saña, pobre el hombre, ya se adivina el Dios.
La madre le seguía, su sangre empapó,
mirada suplicante derrumbada de dolor.
Cargaste con tu cruz y hacia el Gólgota en ascensión.
Agonía en tus caídas hacia el Calvario sin remisión.
Destruido y aún quedaba lo peor.
Clavado de pies y manos, alzado sin contemplación.
Llora la madre y el mundo en su redención.
Qué no se nos olvide que murió un buen hombre,
hijo de Dios.
Claudia Ballester Grifo

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