lunes, 29 de junio de 2020

VERDE.

Con los ojos de un niño. Con su mirada limpia e inteligente. Con ese corazón sin prejuicios, espejo libre de huellas, bruñido e incorruptible.

Verde de mundo, verde. Naturaleza flagrante, tan deseada y ardiente. En el rizo de una cortina, en el bamboleo de una brisa, en el sentir de la gente.

Martillea el ruido. Monstruo del día, rueda de molino. La avenida se recubre de hastío. Falta el respeto y el civismo y las ventanas abiertas se tragan el abismo.

Bonito verano. La casa abierta al mundo. Calor de calores, fatiga, mal que se cura con siesta y agua... Agua para nadarla, en mar o fresco río. Vacaciones y copita con hielo machacadito.
Luna de estrellas y un baño de fragancias, alhelí e hibiscus en el camino.

Con los ojos de un niño. Con su risa, con la locura del que entiende sin haber vivido.
Con él de la mano. Con patín y mochila, merienda en el saquillo y botellín  de agua fresquita... ¡¡¡Ay!!! Quién como un niño.
Mecida en su cuna, con las nanas benévolas , ese salto de sábanas, finas y frescas con el amor de la calma.

Verde mundo, verdes ganas. Hambre de ser una sin fronteras. ¿Quién cuida? ¿Qué nos protege? ¿Qué arrulla? ¿Quién? Cuando muere la madre y nos quedamos huérfanos en un estado que nos ignora y nos atrapa.
Libertad de pensamiento, volar con alas  o con las herramientas que nos satisfagan.
Todas las dictaduras son malas. Manipulación de noticieros. Acallar voces, difundir bulos y crear otros peores con el esclarecimiento.

Verde, verde mundo en un lecho de blancas canas. Muere la sapiencia, la veteranía, la experiencia y el amor sin feudal al que deba vasallaje.
Blando suelo, dulce sueño, mucho muerto para tanto poco per cápita.

Claudia Ballester Grifo

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