TATUAJE DEL ALMA.
Cuando las lágrimas del esfuerzo claman al cielo son las nubes las que acuden a su ruego.
Absorben sus aguas y las elevan para revertirlas en lluvía que abastece la tierra sedienta.
Cuando se nubla la vista y desfallece la fuerza, levita la bruma un rayo filtrado.
Rezuma el tiempo un lapso robado, en finas lianas sustento de reposo acuciado.
Revienen imágenes de verde y blanco que arrebatan un suspiro alentado.
Se desciende al inframundo despacio, muy despacio, cosiendo el sufrimiento con puntada de calibre grueso.
Calienta la lava que funde el centro. Se llega a sentir la peor pesadilla de nuestros sueños.
Estancía imprecisa, según el duelo y las canas.
El descenso es rápido para el adolescente, el joven, el maduro o el que del bastón hace su compaña.
Nadie nos libramos de tensión, resaca o salud quebrada.
Nadie se libra de besar el miedo para vencer la fobía que nos estrangula y acaba.
Cuando se escupe desde abajo, vulnerabilidad y desencanto, se transforma la vida y se va alzando.
Asciende el ánimo, reviene la primavera de un invierno ingrato.
Despierta el letargo con un gran bostezo que florece el encanto.
La luz encuentra espacios y alumbra el tiempo con un rico escenario.
Se viene arriba luz, aire, agua... Tesón, voluntad y resiliencia marcando pautas, ritmos de ensayo.
Rasgando las uñas, asomando las ganas, valentía del que sale con empeño y prestancia.
Qué hermoso el día, su trino nos regala, amanece un sol para cada mañana.
Nunca se olvida lo que con esfuerzo se gana.
Nunca se olvida la lección de vida que se tatua en el alma.
Claudia Ballester Grifo

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