TANZANIA 6.
Con la primera luz de la aurora los cazadores se dispusieron para emprender el viaje. Se habían preparado con viandas por si se alargaba la jornada y llevaban tatuada una cruz con arcilla roja en la frente. La hechicera con sus ritos convocaba para que la suerte fuera propicia y los jóvenes iniciaron su aventura con el convencimiento de que volverían cargados para el abastecimiento.
Delante iban los oteadores. Avistaban los rebaños y avisaban de la orientación y la distancia. Los cazadores mayores preparaban la estrategia.
Avistaron una manada de búfalos.
El águila surcaba el limpio cielo. Los elefantes bebían del rio mientras los rinocerontes desde la lejanía, inmersos en el agua bostezaban desafiantes.
Una cebra los miraba con ojos curiosos y los pasos de los oteadores se adentraban entre la hermosa vegetación que se abría abastecida por el agua. Debían ser silenciosos. Los animales se movían por un código secreto de camaradería. Desde los árboles los centinelas alertaban con sus graznidos y alaridos de un posible peligro. Era más fácil alcanzar a un animal despistado y solo.
Axel y Jan se acercaron con sigilo arrullados por el trino de las aves. Llevaban sus arcos y flechas. Danna manejaba la onda y se mantenía a distancia. Arlet, Matu y Kioni se acercaron por el lado contrario con lanzas. Mientras unos lo amenazaban por un lado los otros lo remataban por el otro cortando la salida. Los demás se hallaban expectantes creando un cordón imposible de franquear. Las flechas lo encabritaron produciendo una huida ciega que paralizó la puntería de las lanzas. La pieza fue abatida y los cazadores dieron gracias por este sacrificio de la madre naturaleza. La pieza era grande y no podían dejarla allí. Los depredadores no tardarían en encontrarla. Utilizaron sus magníficos cuchillos y astrales para despedazarlo y lo cargaron para prepararlo en el campamento. Los que se habían cobrado la pieza se despidieron del grupo deseándoles suerte, ellos regresaban con la caza lograda.
Los demás prosiguieron en dirección al Kilimanjaro, hacia el noroeste. El monte era sagrado. Nadie debía escalar sus cumbres, aunque sabían que el acceso era fácil. Sus volcanes daban lugar a hermosas leyendas. Mientras andaban Heidi, se decidió a ir relatando una.
Shira, Mawenzi y Kibo eran hermanos. Kibo fue el último en nacer y el más pequeño, sin embargo, superó rápidamente en altura a sus hermanos. De carácter más frio, su larga cabellera de hielo alimentaba de rocío la vegetación de líquenes y musgo. Mawenzi tenía un carácter más reservado, no destacaba por ningún motivo en especial, aunque se encabritaba con más facilidad y sus lloros de lava lamian las laderas calentando su fertilidad. Shira como hermana mayor sufría el peso de una disciplina más austera; la Madre Naturaleza volcaba su aprendizaje en ella y actuaba por acierto y error. Un día la Madre tuvo un sueño premonitorio e hizo regurgitar a su hija la comida del día. Reposó la papilla del magma y tras enviarle aires fríos del aliento de Kibo conformó el molde de un hombre. Esa criatura iba a llenar el monte de iniciativas y alegría. Procrearía con la mujer que saldría de su ceniza. La mujer se colocaría a su lado como igual y, juntos, iban a hacer de la tierra sagrada su medio de vida. Los hijos llenarían las planicies y las altiplanicies y besarían de ideas el tesoro que se les brindaba. Hecho el diseño sopló la Madre y el ser humano abrió los ojos y admiró la vida.
Con el tibio calor que Mawenzi mandaba a Kibo cuando jugaban al escondite de soles y lunas, con el cambio de estaciones, el cabello de hielo goteaba ríos que alimentaba la tierra y enriquecía sus elementos. Se llenó de peces su cauce, manjar exquisito.
Con el enfado de los hermanos cuando uno se sentía menos que el otro y la rivalidad estallaba con su erupción Pliniana se dibujaron las aves para poblar los cielos y acompañar al hombre en sus andanzas.
Kibo se atragantó con la risa que le producía las parodias que se montaba Shira con los enfados de la Madre. A espaldas de ella hacía guiños a sus hermanos y contenía la respiración hasta enrojecer su mirada. Se produjo un hipeo de erupción Estromboliana conformando una gran variedad de animales. El capricho del medio los habilitó con diversas características y oportunidades.
Pasaron los años y las generaciones se sucedían conviviendo con lo creado en armonía. La inteligencia del ser humano le llevaba a liderar las especies y con el transcurso de la historia fue dominando el medio.
Se establecieron los cultivos, el trueque y el sedentarismo. Las poblaciones fueron creciendo abusando de los recursos que se les había proporcionado. La Madre se sintió atacada, Su corazón llevado al colapso porque se interrumpía la circulación de su sangre. Le subió la temperatura e hizo una sepsis.
Shira estaba como loca, no sabía que hacer viendo que con la enfermedad de la Madre les iba la vida a todos. Vomitaba grandes erupciones asolando su desdicha. Los hermanos acompañaron su desespero con terremotos y sunamis. Las ganas de poder y la lucha fratricida de los hombres agotaban los recursos y el cataclismo fue la respuesta. El frio más intenso lloró el sufrimiento de la Madre Naturaleza y los hielos acabaron con todo. Desde entonces el Kilimanjaro se mantenía en silencio convirtiéndose en un recinto sagrado, un lugar prohibido.
Los compañeros de caza asentían complacidos. Todos sabían que el Kilimanjaro les aportaba gran parte de la belleza que les albergaba. Era una fruta que no debían morder. Aceptaban la norma como un dogma de fe.
Osiel, el compañero de Heidi, se quedó pensativo. Había oído muchas historias. Las nieves que se producían en los picos de las montañas, en su deshielo, conducían unas aguas preciosas para la subsistencia del Serengueti. Las nubes chocaban contra sus cimas produciendo unas lluvias que cubrían la tierra de verde. ¿Qué magia escondería sus desniveles? La curiosidad le quemaba por dentro y la frustración envenenaba su mente.
Miró a su mujer con lascivia. Esa mujer era preciosa, le provocaba. Su cabello sedoso y, ese color robado al sol más alto y radiante, se reflejaba en sus instintos más primitivos. Sentía la sed de morder sus labios de sangre y buscó su reserva de agua para humedecer la sequedad de su garganta. Heidi no decía nada, esa mirada violaba la noche de sus ojos y la estremecía, sentía miedo.
Claudia Ballester Grifo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario