TANZANIA 4.
La homosexualidad no era un tema tabú en la población. Se daban relaciones abiertas. El porcentaje de parejas del mismo género era menor y tenían derecho a comentarlo a los maestros de ceremonia. Las mujeres formaban el grupo de las amazonas y los hombres de los guerreros. Se encargaban de comprobar los límites del territorio y de velar por la convivencia. representaban la defensa y la protección del asentamiento.
Eitana y Ava se habían conocido dos años antes, en una de las fiestas. Eitana pertenecía a la primera aldea y Ava a la segunda. Pasaban mucho tiempo sin verse, pero cuando se encontraban saltaban chispas entre ellas.
Kairu y Macario también era una pareja que se había conformado en esta ocasión. Procedían de la tercera aldea y su amistad de niños se había transformado con los años. El color negro de sus pieles refulgía en la danza del fuego. La bebida hacía efecto en la medida que la noche se desplomaba, cansada e indolente.
Los primeros en retirarse fueron las nuevas parejas, recelosas de un poco de intimidad y hambrientas de caricias. Los tambores seguían desgarrando el bostezo de la noche. El tam tam se iba ahogando en la nostalgia de los que sueñan.
La noche en el Serengueti no dormía. Los leones salían de caza. Las leonas tenían cachorros que alimentar. La familia había aumentado mucho en los últimos tres años. Se mantenían unas condiciones óptimas de pastos y crecía el alimento. Estábamos en la época de nacimientos y las madres se mostraban inquietas y recelosas. Una hembra de jirafa estaba dando a luz a su cría. Se había apartado del grupo para evitar accidentes y había buscado un entorno seguro donde parir.
El ñu hembra paría amparada por el grupo. Nada más tocaba la cría el suelo la animaban para que se levantara. Era esencial que fortaleciera las patas lo más pronto posible. Si atacaban los depredadores había que correr y los adultos no esperaban.
Los búfalos se sentían más seguros. Sus cornamentas asustaban a los leones y solo atacaban si veían alguna victima factible. Tenían que tener mucha hambre para buscar una pieza tan grande. Los adultos protegían a las crías rodeándolas y enfrentándose a los leones. Formaban un frente resuelto que los hacia perder terreno y retroceder. Las leonas valoraban mucho su integridad. Una cornada de esas fieras podía abrir heridas muy mutilantes o mortales.
Los elefantes formaban una familia con lazos muy fuertes. Tenían memoria, al igual que los búfalos. Sentían una inquina especial por los depredadores y si se encontraban con cachorros de león los pisoteaban sin compasión.
Las crías de los elefantes eran muy cuidadas y protegidas. Las tías y las abuelas ayudaban a la madre y estaban siempre muy pendientes.
La matriarca escuchó un rumor entre los matorrales. No le llegaba ningún olor porque las leonas se agazapaban en dirección contraria al viento. Levantó las orejas y la trompa, olfateando. Algo no iba bien, pero no lograba orientar el peligro. Decidió despertar al grupo y salir huyendo. Con la precipitación se olvidaron de una cría dormida. La matriarca de los leones aprovechó la ocasión y se abalanzó sobre el durmiente que yacía en el suelo. Le siguieron los más jóvenes que observaban seguros desde su puesto de observación. El suelo tembló a su alrededor. La madre volvía seguida de la manada. Tuvieron que soltar a la presa y huir. No se podían enfrentar con lo que les venía encima. El pequeñín estaba asustado. Se había despertado entre las zarpas de la leona y su olor recorría todo su cuerpecito. La madre lo arrulló con tocamientos de su trompa y todo quedó en un mal sueño.
Los leones, frustrados y hambrientos siguieron en su búsqueda.
De pronto algo llamó la atención de la leona. Un fuerte olor de placenta descubrió el alumbramiento de la solitaria jirafa. La madre azuzaba a la hija para que se levantara, pero el recién nacido tenía problemas para enderezar sus patas. Le estaba costando mucho incorporarse y la madre espantaba su mirada. Olía el aroma del peligro y decidió proteger a la cría entre sus patas. Las leonas se le abalanzaron en todas direcciones. Desesperada, disparaba coces y movía su largo cuello enfrentándolo como un látigo de terribles consecuencias. Seis miembros de una manada era una desventaja terrible para ella. Se percató de que la cría no se movía. Al intentar defenderla la pisó y no daba señales de vida. Decidió dejarla, no había nada que hacer. En su huida fue acorralada y reducida. Se sentía agotada. Debilitada por el parto y con el sobreesfuerzo de defender a la pequeña. Sus enormes ojos se cerraron para descansar su agonía.
Los sonidos de la noche reían con las hienas. Habían encontrado el escondite de dos cachorros de leopardo. La madre los mantenía a cubierto mientras se iba de caza. Al amanecer volvió con su presa. Subió al ñu al árbol para protegerlo de merodeadores y se fue a buscar a sus hijos. Encontró a la hembra sola. Su hermano había desaparecido. No quedaba rastro, pero el olor de las hienas era muy fuerte. Se llevó a su hija para comer.
El poblado amanecía cuando el sol llevaba horas alto.
Claudia Ballester Grifo.

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