MAR Y MONTAÑA.
Susurra el abeto historias olvidadas.
Estilizada figura que dibuja sus ramas, en palma abierta, en flexión de plegaria.
Mirando al mar, espejo bruñido en el sol que se baña.
Restañan los brillos la calma, enmudecen las olas reduciéndose a la nada.
Silencio de palabras encuentro de alas. Pensamientos que vuelan, al abeto implican, al mar alcanzan.
Abrazo de seres que en simbiosis se entienden y se aman.
Desde mi terraza, mi hermoso Benicàssim, espacio de mis ansias. Otro aire, brisa de agua, fragancía de césped, algún pájaro canta.
A mis espaldas respaldo de montaña. Alcanzo los pinos, algodón que se levanta, manchas verdes en la retina, picos como agujas que recortan el azul a mi prestancia.
A mi izquierda a cuatro pisos de distancia se explaya la piscina con su agua transparente, recién preparada. Invita al baño y el ruego es esperanza, llevo muchos años sin besar su falda. Este año seré una con muchas ganas, resbala mi alegría en lágrimas que salan el dulzor de sus entrañas.
Un ladrido de una terraza, devuelve la vida a la tranquilidad de la mañana. Se suma una avecilla que responde a su llamada y despierta el jolgorio de más vida que no perturba la calma.
Abeto estimado, mi frente besa tu estampa. No mueras nunca querido, embelleces con tu verde el azul del mar, desde mi terraza.
Claudia Ballester Grifo



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