lunes, 8 de junio de 2020

TANZANIA 2.
Jan se reía sin parar. El mundo se convertía en una pompa de jabón que, etérea, subía y subía para recopilar un batiburrillo de colores y explotar. Resolutivo y espontáneo no conocía el desaliento. Mantenía el espíritu animoso del grupo. Le encantaba provocar a Axel por su carácter más romántico y dulzón.
Les llegaba el olor delicioso de la carne asándose. Sus cuerpos jóvenes siempre sentían hambre. Se quedaron perplejos al descubrir forasteros negros. Nunca habían visto ese color de piel. Sus costumbres les impedían avasallar a la persona sin ser presentados, así que tenían que esperar un poco para saber quiénes eran. Alucinaban con esa piel tan lustrosa y tan oscura. Tenían una constitución muy fuerte. Algunos cazadores ya compartían con ellos la bebida de saludo. La distensión de sus gestos era preludio de su buena sintonía.
Se metieron cada uno en su choza para acicalarse. Lila les había preparado a Danna y a Arlet unas piezas de piel de tacto muy suave. Se trataba de una faldita muy corta y un top con escote en pico. Se quedaron deslumbradas. Lo mejor de todo era su color. Un rojo intenso y un blanco nuclear imposible de concebir. Lila les dijo que los había conseguido en un intercambio. Los guardaba desde hacía tiempo para esta ocasión. Los tintes que se habían conseguido eran exquisitos. Ellas nunca habían visto nada igual. Danna eligió el rojo y Arlet se quedó con el blanco. Ademaro pidió permiso para entrar en la estancia. Se quedó admirando a las jóvenes y se acercó a su hija para ofrecerle un regalo. Los ojos violetas de Arlet refulgían como el granate. Le enseñó unos pendientes de hilo con unas cuentas de colores.          
    Eran los pendientes que llevaba su madre cuando la conoció. Tenía sus mismos ojos y le parecía estar viéndola de nuevo en su hija. Eran perfectos para la ocasión. Padre e hija se abrazaron y salieron juntos. Lila también le ofreció unos estupendos aros de hueso blanco a Danna. Sus ojos negros contrastaban con el níveo de los aros. Los rizos de su pelo noche jugaban con la luz de su piel. Abrazó a su madre y salieron a comer.
Los niños ya estaban dispuestos. Los cazadores dieron la bienvenida a los que venían de fuera. En esta ocasión se habían unido a la reunión unos miembros que venían de la zona de Kenia. Los del segundo poblado acudían todos los años. Los jóvenes estaban expectantes.
Los debutantes se encontraban todos juntos. Se relacionaban entre ellos antes de ser presentados oficialmente. Aprovechaban la oportunidad para conocerse. La distensión que producía la comida ayudaba. Los invitados venían cargados de herramientas, pieles y objetos de valor para canjear o regalar. Compartían frutas que no tenían en la zona y brebajes que inducían a hablar con los guías.
Arlet se sintió observada. Un joven con la piel de ébano no le quitaba los ojos de encima. La llama del fuego se reflejaba en sus ojos y se sintió atrapada inmediatamente. Le sonrió para que se acercara. Se llamaba Matu. Le confió que nunca había visto esas pieles tan pálidas. Le rozó la mano con la yema de sus dedos y una corriente eléctrica estableció un puente entre ellos. Notó su piel de leche suave como el tacto de un plumón de polluelo. Arlet dio un respingo que lamentó inmediatamente porque Matu retiró la mano. No estaban acostumbrados a hacer preguntas. Aceptaban la realidad con la tranquilidad de disfrutar de lo necesario. Aprendían de los cazadores y siempre había alguien que sabía lo que hacer.
Axel miraba a Danna que compartía animadamente con un chico del segundo poblado. No le gustaba cómo la miraba. La devoraba con unos ojos saltones que babeaban. Se sentía traicionado. No entendía la seguridad con la que actuaba la chica de sus sueños. A él se le había acercado una rubia que tenía una risa contagiosa. De trato afable fue correcto con ella. Había que hacer un esfuerzo por confraternizar. Dijo que se llamaba Heidi. El sol reflejaba sus rayos en las suaves hebras del pelo de la chica. El brillo casi blanco le perturbaba. Por un momento se despistó de lo que acontecía a pocos metros. Su nariz respingona le confería un aire de traviesa que le hacía mucha gracia. Era demasiado bonita para no tener algún amigo muy cercano.
Jan la vio nada más llegó. Una diosa dibujada por el mejor artista. Andaba con la elegancia de una gacela. Se deslizaba con la sutileza de la bruma y al respirar inhalaba sus reservas con ella. Debía parecerle un atontado porque se había quedado como una piedra al ver cómo ella se acercaba. Su reina había llegado y no la iba a dejar escapar. Se llamaba Kioni y su nombre se quedó grabado en su corazón.
Claudia Ballester Grifo.

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