jueves, 25 de junio de 2020

ROGANDO.
Sueñan las calles tranquilas vivencias urbanas, pasos que da la vida dejando su huella marcada.
Se adueña el silencio de la noche estrellada, bendicen los luceros en el cielo su mirada.
Rompe la quietud una moto arriesgada que vocifera gasolina por su garganta agrietada.
Rompiendo la armonía en un quebranto de espada. Surcando el asfalto bateando maldiciones y palabras muy altas.

La soledad refleja su marco en la ventana. Lánguida figura en el sofá recostada. Lamiendo sus heridas, cosiendo sus faltas, desgranando los hilos con los que suturar la tristeza y la desgana.
Sonríe ladina, estirando sus alas. Intentando un vuelo que alivie el polvo que acumula en arrugas y canas.

Monólogo de espíritu que clama sus ganas. Diálogo con Dios en la intimidad de la plegaría.
Padre nuestro, Padre mio no me gusta pedirte nada. Somos muchos y no me siento más que nada.
Si pudiera por esta vez dedicarte mis lágrimas te pediría un descanso para este cuerpo que ya no responde ni se levanta.

Padre mio, Padre nuestro muchos rezos en el sosiego de mi cama. Abrazada a la almohada, orando muy bajito para mis adentros o en voz baja.
Redolando las tibias lágrimas, empapando mi necesidad y la de otros que me acompañan.
Acuérdate de esta sierva que te súplica con las manos juntas y alzando la mirada. Necesito tu ayuda para gente muy cercana y si tienes a bien escucharme, acuérdate, me llamo Claudia.

Claudia Ballester Grifo

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