Mi pobre vista está quemada. La fragancia de la sal me llega clara. Surca por la brisa que cosquillea la distancía, mancha azul de olas solapadas.
El día ondea un latir de agua. Presiento un fondo, un susurro que me reclama.
Mi espíritu se desliga de esta cárcel que lo mata. Se eleva silente, despacito con el vibrar de una pestaña.
Alivio por momentos, beso la huella de mi alma. Le sigo la estela, me meto en el agua.
Dentro muy adentro, mi nombre me reclama. Primero levito, pero luego soy una con el medio que me empapa.
Abro los ojos y el despliegue de color ilumina un escenario de luz y calma.
Ya no veo con los ojos, no hay límite para unos sentidos mordidos por los nervios que languidecen y se secan como sarmientos en rama.
Unos ojos verdes silban una melodía extraña. Gorgojea una voz inspirada desde el coral que me cuelga, collar de esperanza. Me acaricia una mejilla con la luna de su palma y brota un rubí, sonrojo de mi mirada.
Abrazo su mano, alegre de mi suerte, ligera cual pluma que navega por la brisa de un suspiro. Él pronuncia su nombre con puntos, ies y ultrasonidos.
Me lleva muy lejos, por un paseo florido de corales y madreperlas, esponjas y estrellas aplaudiendo el recorrido.
Claudia Ballester Grifo

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