NATURALEZA MUERTA.
Estoy sola. Un ruido a tos seca viene de la cocina. Me quedo paralizada, pero aquello va a más.
Siento como si una cacharreria entera se desmoronara. Silencio absoluto.
Son las cinco de la mañana. Se intuye la alborada. La calle permanece dormida.
Sudo petrificada. No se qué hacer.
En un alarde de valentia me deslizo con el mayor sigilo por las escaleras.
Se reinicia la tos. Tengo que averiguar qué pasa y llego al rellano.
Viene de la cocina. No hay nadie. ¡Dios mio qué forma de sudar!
Huele a fruta fermentada. Asomo la cabeza desde el marco de la puerta.
Me quedo perpleja.
Las puertas del frigorífico están abiertas. Su contenido por los suelos.
La mermelada se ha estrellado en el suelo vistiendo de rojo cereza el pavimento. La mostaza vomitada sobre los azulejos y las valvas de los mejillones castañeando encima de la mesa. Las hortalizas, de falda del congelador, con unas tristes zanahorias, mustias y estiradas pendientes de su ramal seco y angustiado.
Lloraba el yogur a sus compañeros estampados, buscando su crema el dulzor de la mermelada.
Inclinada, mirando el abismo se encontraba la panceta, desgarrada y horrorizada por llorar la clara del morir de los huevos.
Escena dantesca. Manzanas con el corazón abierto. La pulpa de sandía llenando los huecos. El zumo de naranja ganando terreno en riada de color con la leche por el medio.
La nevera en estertores agónicos. Me miraban sus dígitos en punto ciego. Se despedía compungida por acabar así sus años de servicio y apoyo.
Susurré un adiós suave como la brisa que besa un sueño.
Resbalaron mis lágrimas unas gracias y un hasta luego.
Cerró los ojos la grande de mi cocina, aliada de momentos.
Descolgué el teléfono y encargué una nueva que ocupara su hueco.
Claudia Ballester Grifo.
Óleo cogido de la Red.

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