domingo, 7 de junio de 2020

TANZANIA 1.
Estaban acostumbrados a proteger su piel clara con mezcla de barro. El miombo, vegetación compuesta de pastos y arbustos no les ofrecía mucha protección, pero recurrían a los manglares para elaborar sustancias curativas. Para el frio se cubrían de pieles que trabajaban con herramientas y las reblandecían hirviéndolas. El clima templado las reducía a objeto de coquetería.
El asentamiento estaba formado por dos grupos que se habían mezclado entre sí. La población, mayoritariamente joven se rodeaba de un corrillo de niños que jugueteaba por toda la explanada. Los ancianos se sentaban a curtir pieles y enseñaban a los niños a elaborar herramientas y abalorios para adornar sus cuerpos.
Vivían en chozas construidas con barro y paja y levantaban cercados para protegerse de los animales.
Los hombres estaban muy ocupados en asar los animales que habían cazado. Los ensartaban en un palo y los doraban al fuego.
Berta era una cazadora de gran prestigio. La chiquillería seguía atenta todos sus movimientos y directrices. Los niños empezaban a tener ocupaciones responsables desde su más tierna infancia. La supervivencia era la madre de todos. La expectación era máxima, los dos grupos solo se reunían dos veces al año. Cogió a los pequeños y se los llevó al rio a darse un buen baño, Debían lavarse y acicalarse para la fiesta. Ya tenían los adornos preparados. llevaban días confeccionando collares y pulseras.
Saludó a los jóvenes que encontró en el agua. Eligió un ramal poco profundo del rio para establecer su guardería. Pronto llegaría Edna con los más mayores.
Adalia corría detrás de la pobre Erika. La arrastraba al agua ante los gritos asustados de la niña. Era hermanas y se llevaban fatal. Adalia era la mayor con sus cuatro años. De naturaleza líder llevaba por la calle de la amargura a la pequeña de dos años. Erika era una princesita más reservada e introvertida. Lo observaba todo con gran calma y sus grandes ojos negros se llenaban de luz. De naturaleza tranquila, solía sentarse al lado de los mayores para escuchar sus tertulias. Berta era su abuela y su carisma ejercía gran influencia en las niñas. Los padres, Adolph y Lila, estaban encantados con ellas.
Una cría de cebra huía asustada de un pequeño grupo que corría tras él. Se había acercado a beber sin el respaldo de su madre. Cuando se acercaban tan desvalidos y desorientados solían estar solos. Tal vez su madre había sucumbido ante algún depredador y la criatura tenía pocas probabilidades de sobrevivir.
Los niños que llegaron con Edna se unieron en la captura. Los mayores dirigían la acción simulando una cacería. La cebra, reducida, crecería en el poblado hasta poder valerse por sí misma.
El jabón de las hierbas que utilizaban para eliminar la suciedad de sus cuerpos formaba bocas de pez que se arremolinaban hasta desaparecer en una elongación grumosa.
Los cuatro jóvenes iniciaron su camino de vuelta. Danna cumplía 16 años y sería presentada con otros jóvenes como cazadora. Empezaba su etapa de adulta y ya se esperaba de ella que conformara una familia. Axel era su amigo de vida. Esperaba que fuera el padre de sus hijos. Deseaba compartir con él su vida. No sabía si le movía la costumbre de su cercanía o algo más intenso. De pronto la imagen de Axel devorado por la fiebre le vino a la cabeza. Era un niño cuando fue atacado por un león joven que no supo muy bien qué hacer con semejante lio de piernas y brazos rodando entre sus patas. Sus gritos movilizaron al clan que logró ahuyentar al desconcertado cachorro. Axel sufrió heridas en la espalda de zarpazos que fueron tratadas inmediatamente por la curandera. Lavó la herida más profunda y machacó unas hierbas desinfectantes que untó en las paredes lesionadas. Tapaba el emplasto con hojas frescas que aportaban su humedad para hidratar la zona. La herida debía curar abierta, de dentro hacia fuera para controlar la posible infección. Fueron días complicados. Oraciones elevadas a los guías y brebajes de cortezas limpiadoras.
Pasaron muchos soles y lunas hasta que Axel abriera los ojos y viera a Danna cogiendo su mano. Las lágrimas de alivio resbalaban por sus mejillas mientras su voz entrecortada pronunciaba su nombre. Danna recordaba nítidamente ese sentimiento de miedo y alivio tan intenso. Fue en ese momento cuando intercambiaron sus amuletos.
Arlet parecía una gacela. Su mirada esquiva y alerta se contradecía con el significado de su nombre ¨león de Dios¨. Ella, junto a sus tres amigos, sería presentada esa noche. Se sentía inquieta y emocionada, pero su carácter reservado la mantenía en un mutismo casi ansioso. Danna y Arlet habían crecido en la misma choza. Su madre murió al dar a luz. Lila, la madre de Danna amamantó a la niña junto a la suya. Se criaron como hermanas de leche. Ademaro, su padre, se mantuvo siempre cerca de ella. La muerte de su mujer le sumió en una fuerte depresión que lo incapacitó para su cuidado y el de la niña. Se alejó un tiempo del poblado para vivir su dolor en la más absoluta soledad. Regresó visiblemente más delgado, pero con la mirada resuelta del que regresa a la vida. Arlet había heredado el carácter de su padre.
Claudia Ballester Grifo

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