sábado, 13 de junio de 2020

TANZANIA 7
A 1km de distancia los oteadores se percataron de una manada de ñus que compartían pastos con un grupo de cebras. Aquello era fantástico. Si todo salía bien regresarían pronto a su hogar.
Los cazadores se agazapaban en grupos de cinco formando varias filas. Rodeaban la manada, atentos a dejarles un camino de escapada. Mediante gritos y emitiendo ruidos asustaban a los animales para provocar confusión y una huida a ciegas. Los más débiles se quedarían rezagados.
Lograron abatir varias piezas con sus lanzas y sus flechas. Se acercaron con cautela para recuperar sus armas y rematar a los moribundos.
Nadie había resultado herido con lo que cargaron con los ñus y cebras abatidas y se dirigieron al poblado, no antes de regalarse con un buen almuerzo.
Llegaron al poblado cuando ya oscurecía. Los niños salieron a recibirles alborozados. Se abrazaron a sus padres felices de verlos de vuelta. Venían cargados por lo que la operación había sido un éxito. Por la mañana todos ayudarían a trocear y preparar la carne. Disponían de sales y especias para secarla y darle aroma. Mantenían a los depredadores alejados por vallas y hogueras. Las fieras temían el fuego del hombre. El poblado dormía.
Arley y Matu se despertaron temprano. Ya se oía movimiento fuera y el olor de la carne dorándose por el fuego. Por la noche Matu estuvo contándole a Arlet historias de su familia y de su tierra. Se había quedado impresionada. Le habló de su ascendencia Masái y de unos extraños animales que formaban sus rebaños. Le habló en una extraña lengua de la que conocía algunas expresiones. Le dijo que era suajili. Provenía de una raza de guerreros orgullosos y esbeltos. Su madre le contaba cuentos y leyendas de la vaca sagrada que hablaba con los dioses, del rey león, de la hermosa soledad del elefante, del niño que no quería dormir… se dormía con las palabras entonadas protectoras y mimosas. Arlet no tenía memoria, no sabía de ancestros. Aquello la sumergió en una gran inquietud.
Danna y Axel ya estaban con Jan y Kioni fraccionando las piezas. Kioni se unía a los cantos africanos, cadenciosos y de tonos mantenidos. Hablaban de caza y de bonanza de las gentes. Agradecían a los dioses el periodo de paz y de prosperidad. Las alabanzas se alzaban con agudos que potenciaban las mujeres. Los cantos iluminaban el amanecer despertando el poblado.
Las madres cargaban a sus bebes mientras se empleaban en la tarea. Los pequeños le iban metiendo mano a los cereales preparados y a sus buenos tazones de leche.
No se desaprovechaba nada. Los huesos se iban a hervir para obtener caldos sustanciosos. Más tarde se pondrían a secar para machacarlos y obtener polvo de calcio. Los pequeños y más ornamentales se utilizarían para elaborar abalorios.
Las vejigas se limpiaban y se secaban estiradas para guardar el agua cuando viajaban. Los cuernos eran vaciados y aprovechados para beber. Del pelo de los rabos confeccionaban cuerdas y pulseras. De su piel hacían maravillas.
Berta y Edna estaban atentas a todos los movimientos. Magali, la hechicera sabía que el germen de la curiosidad se había sembrado. Los guías habían dado un cambio drástico a sus intenciones lo que iba a traer consecuencias impredecibles. Arlet les había contado su conversación con Matu.
Ademaro, padre de Arlet y Adolph y Lila, padres de Danna dieron el trabajo por terminado y animaron a todo el mundo a bañarse en el rio. Cogieron a sus hijos y se lanzaron entre gran algarabía al agua.
Una bruma se fue apoderando dificultando la visión. Se propagó un eco con una sintonía monocorde que congeló la escena como si se tratara de un programa de televisión al que se le hubiera dado la pausa…
Danna despertó en una habitación alucinante. No podía asimilar lo que estaba viendo. El terror se apoderó de ella. Un ángel se le acercó para introducirle algo en el cuerpo. Le sonrió para infundirle algo de tranquilidad. No le dolió, pero sintió un sueño dulzón que la llevó a la más absoluta oscuridad.
Alex estaba sentado delante de una mesa de un extraño material. Una mujer muy especial por su vestimenta y su peinado se dirigía a él hablándole en su idioma. Le hablaba de un estudio, de un proyecto derivado de acontecimientos que se habían producido en el año 2089. De dos grupos políticos y económicos que habían fragmentado el mundo. No entendía nada.
La palabra ¨experimento¨ taladraba su mente, repitiéndose como un mantra. Fracción del este y fracción del oeste. La fracción del este se empeñó en introducir a los masáis en la selección.
Subsidios, reducción de la población por vacunas y manipulación. Conflictos, violencia, pandemias inducidas, miedo y muerte.
Alex tenía la sensación de que sabía muchas cosas. Su memoria iba y venía. Oía gritos lejanos. La agresividad se mascaba en un escenario de gritos, de escenas de desolación donde la naturaleza era ultrajada y sobreexplotada.
Arlet dormía sobre una camilla. Llevaba una mascarilla de oxigeno por la que inhalaba sustancias. Le estaban practicando una pequeña intervención quirúrgica para extraerle óvulos.
La Dr. García era la encargada de recoger óvulos y esperma para congelarlos y poderlos utilizar después. Su mundo necesitaba individuos seleccionados por sus aptitudes fuera de la media.
El Dr. Li dirigía el departamento de obstetricia. Su mano derecha, la Dra. Brown se ocupaba de rescatar bebes de los poblados en estudio para introducirlos en el mundo real. Se trataba de recién nacidos robados a sus padres recreando un escenario plausible con el ataque de una fiera.
La octava planta del hospital estaba habilitada para tratar a estos inquilinos tan especiales. Su coeficiente intelectual y sus valores junto a la gran resistencia física les hacía muy valiosos.
Lidia dirigía la plantilla de enfermeras. Hoy no se paraba para almorzar. Los ecógrafos y aparatos de RX funcionaban a pleno rendimiento. Había que recoger muestras de fluidos y tejidos. Se analizaba absolutamente todo. Se extraía medula ósea e inmunoglobulinas para tratamientos y material para estudio.
Si todo salía bien se planificaría otra población de estudio en Tasmania, un estado de Australia donde se masacró a su población aborigen.
La bruma desapareció y la claridad de la tranquila tarde devolvió las risas al rio. La barrera del tiempo se alineó con la realidad de una ignorancia que debía continuar virgen. Los ojos que observaban desde sus visores eran imperceptibles a la vida en el Serengueti…  
Claudia Ballester Grifo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario