LA LEYENDA DEL KILIMANJARO.
Shira, Mawenzi y Kibo eran hermanos. Kibo fue el último en nacer y el más pequeño, sin embargo, superó rápidamente en altura a sus hermanos. De carácter más frio, su larga cabellera de hielo alimentaba de rocío la vegetación de líquenes y musgo. Mawenzi tenía un carácter más reservado, no destacaba por ningún motivo en especial, aunque se encabritaba con más facilidad y sus lloros de lava lamian las laderas calentando su fertilidad. Shira como hermana mayor sufría el peso de una disciplina más austera; la Madre Naturaleza volcaba su aprendizaje en ella y actuaba por acierto y error. Un día la Madre tuvo un sueño premonitorio e hizo regurgitar a su hija la comida del día. Reposó la papilla del magma y tras enviarle aires fríos del aliento de Kibo conformó el molde de un hombre. Esa criatura iba a llenar el monte de iniciativas y alegría. Procrearía con la mujer que saldría de su ceniza. La mujer se colocaría a su lado como igual y, juntos, iban a hacer de la tierra sagrada su medio de vida. Los hijos llenarían las planicies y las altiplanicies y besarían de ideas el tesoro que se les brindaba. Hecho el diseño sopló la Madre y el ser humano abrió los ojos y admiró la vida.
Con el tibio calor que Mawenzi mandaba a Kibo cuando jugaban al escondite de soles y lunas, con el cambio de estaciones, el cabello de hielo goteaba ríos que alimentaba la tierra y enriquecía sus elementos. Se llenó de peces su cauce, manjar exquisito.
Con el enfado de los hermanos cuando uno se sentía menos que el otro y la rivalidad estallaba con su erupción Pliniana se dibujaron las aves para poblar los cielos y acompañar al hombre en sus andanzas.
Kibo se atragantó con la risa que le producía las parodias que se montaba Shira con los enfados de la Madre. A espaldas de ella hacía guiños a sus hermanos y contenía la respiración hasta enrojecer su mirada. Se produjo un hipeo de erupción Estromboliana conformando una gran variedad de animales. El capricho del medio los habilitó con diversas características y oportunidades.
Pasaron los años y las generaciones se sucedían conviviendo con lo creado en armonía. La inteligencia del ser humano le llevaba a liderar las especies y con el transcurso de la historia fue dominando el medio.
Se establecieron los cultivos, el trueque y el sedentarismo. Las poblaciones fueron creciendo abusando de los recursos que se les había proporcionado. La Madre se sintió atacada, Su corazón llevado al colapso porque se interrumpía la circulación de su sangre. Le subió la temperatura e hizo una sepsis.
Shira estaba como loca, no sabía que hacer viendo que con la enfermedad de la Madre les iba la vida a todos. Vomitaba grandes erupciones asolando su desdicha. Los hermanos acompañaron su desespero con terremotos y sunamis. Las ganas de poder y la lucha fratricida de los hombres agotaban los recursos y el cataclismo fue la respuesta. El frio más intenso lloró el sufrimiento de la Madre Naturaleza y los hielos acabaron con todo. Desde entonces el Kilimanjaro se mantenía en silencio convirtiéndose en un recinto sagrado, un lugar prohibido.
Claudia Ballester Grifo.
Foto de la Red.

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