BRISA.
Esa luz que gana espacio con la entrada de la tarde. Desaloja las sombras que juegan a magas y brujos, en ondas de cristal, gotas de agua.
Recrea la mirada el silencio que cuela algun suspiro, risa de niño que despierta a la hora de encuentro, donde el sol duele menos y el correr es de listos.
Busca la brisa besar mi frente. Me dejo querer ofreciendo el horno de mi fuego. Abierta, como rosa ofreciendo sus pétalos, recibo el mimo con sumo cuidado.
Recorre mi cuerpo, perfila el bienestar que confía su instinto. Cerrados los ojos, ciega a todo lo tóxico y nocivo, me dejo conducir hasta el limbo.
Sola, levitando en una bruma sin ojos ni oídos. Poros abiertos, sensibilidad de piel que aterciopela el bien recibido.
No estoy sola, no... El amor está conmigo.
Arrullo en mis oídos. Esa dulzura de miel y orquídea que embelesa y abriga con su fragancia el lecho de prado que compartimos.
Avanza la tarde y con ella el silencio tuyo y mio.
Me besa la brisa, me abraza el destino, me quiere el cielo que protege mi camino.
Claudia Ballester Grifo
lunes, 29 de junio de 2020
VERDE.
Con los ojos de un niño. Con su mirada limpia e inteligente. Con ese corazón sin prejuicios, espejo libre de huellas, bruñido e incorruptible.
Verde de mundo, verde. Naturaleza flagrante, tan deseada y ardiente. En el rizo de una cortina, en el bamboleo de una brisa, en el sentir de la gente.
Martillea el ruido. Monstruo del día, rueda de molino. La avenida se recubre de hastío. Falta el respeto y el civismo y las ventanas abiertas se tragan el abismo.
Bonito verano. La casa abierta al mundo. Calor de calores, fatiga, mal que se cura con siesta y agua... Agua para nadarla, en mar o fresco río. Vacaciones y copita con hielo machacadito.
Luna de estrellas y un baño de fragancias, alhelí e hibiscus en el camino.
Con los ojos de un niño. Con su risa, con la locura del que entiende sin haber vivido.
Con él de la mano. Con patín y mochila, merienda en el saquillo y botellín de agua fresquita... ¡¡¡Ay!!! Quién como un niño.
Mecida en su cuna, con las nanas benévolas , ese salto de sábanas, finas y frescas con el amor de la calma.
Verde mundo, verdes ganas. Hambre de ser una sin fronteras. ¿Quién cuida? ¿Qué nos protege? ¿Qué arrulla? ¿Quién? Cuando muere la madre y nos quedamos huérfanos en un estado que nos ignora y nos atrapa.
Libertad de pensamiento, volar con alas o con las herramientas que nos satisfagan.
Todas las dictaduras son malas. Manipulación de noticieros. Acallar voces, difundir bulos y crear otros peores con el esclarecimiento.
Verde, verde mundo en un lecho de blancas canas. Muere la sapiencia, la veteranía, la experiencia y el amor sin feudal al que deba vasallaje.
Blando suelo, dulce sueño, mucho muerto para tanto poco per cápita.
Claudia Ballester Grifo
Con los ojos de un niño. Con su mirada limpia e inteligente. Con ese corazón sin prejuicios, espejo libre de huellas, bruñido e incorruptible.
Verde de mundo, verde. Naturaleza flagrante, tan deseada y ardiente. En el rizo de una cortina, en el bamboleo de una brisa, en el sentir de la gente.
Martillea el ruido. Monstruo del día, rueda de molino. La avenida se recubre de hastío. Falta el respeto y el civismo y las ventanas abiertas se tragan el abismo.
Bonito verano. La casa abierta al mundo. Calor de calores, fatiga, mal que se cura con siesta y agua... Agua para nadarla, en mar o fresco río. Vacaciones y copita con hielo machacadito.
Luna de estrellas y un baño de fragancias, alhelí e hibiscus en el camino.
Con los ojos de un niño. Con su risa, con la locura del que entiende sin haber vivido.
Con él de la mano. Con patín y mochila, merienda en el saquillo y botellín de agua fresquita... ¡¡¡Ay!!! Quién como un niño.
Mecida en su cuna, con las nanas benévolas , ese salto de sábanas, finas y frescas con el amor de la calma.
Verde mundo, verdes ganas. Hambre de ser una sin fronteras. ¿Quién cuida? ¿Qué nos protege? ¿Qué arrulla? ¿Quién? Cuando muere la madre y nos quedamos huérfanos en un estado que nos ignora y nos atrapa.
Libertad de pensamiento, volar con alas o con las herramientas que nos satisfagan.
Todas las dictaduras son malas. Manipulación de noticieros. Acallar voces, difundir bulos y crear otros peores con el esclarecimiento.
Verde, verde mundo en un lecho de blancas canas. Muere la sapiencia, la veteranía, la experiencia y el amor sin feudal al que deba vasallaje.
Blando suelo, dulce sueño, mucho muerto para tanto poco per cápita.
Claudia Ballester Grifo
domingo, 28 de junio de 2020
CONTRA EL MURO DE MI TRISTEZA.
¿Dónde están las sombras que no chocan con la materia y se distribuyen por los huecos a años luz sin colisionar?
¿Dónde está la antimateria que se destruye en nuestro mundo y en otro se alimenta?
Qué difícil es entrar en el ojo de una aguja y es tan fácil en comparación a tantas cosas...
¿Quién establece lo difícil y lo imposible?
¡Tanto y tanto necesitamos en este mundo de tragedía!
Viajando por un cuello de botella. Lamiendo el poso de un vino de reserva. En un calor soporífero que alimenta el desvarío y la certeza de una siesta.
La incertidumbre agrieta la idea, cábalas de familia y miedo, mucho miedo de llevar la enfermedad a gente que no la espera.
Sin abrazos ni besos, madre querida, los ojos se derriten en aguas veloces que visten antiguos contactos que ya no existen.
Desde que perdí la memoria la familia no se reúne, ya seis meses sin mesa a compartir entre los hijos y los nietos. Pétalos de rosa al viento. Fragancia de intención, arrullo de beso.
El ánimo se mantiene, testigo soy de ello. Mirando las estrellas, el cosmos es bello. Libre de tragedía, espejo en receso, calmo en su noche, lejos estruendo.
Si mueren las estrellas, se apagan en un tiempo. Tanta la distancia que un suspiro dura su duelo.
Ciegos somos a sus confines, oculto el manto de su rutina. Los cometas recorren sus galaxias, los agujeros negros engullen.
Luz blanca vistiendo el ocre de sus pupilas, se izan los picos en mares de hielo y metano de arruga.
Son los insectos los seguros de vida.
El puente se construye para unir las vidas. Agiliza el paso y... A veces no se usa.
Respira el aire, pulmón sonrosado, hidratado de agua pura.
Ganas de ganas, sed de alegría. Taciturna la mascarilla que dobla la mirada y flexiona la rodilla.
Al fondo el saxo, ilusión de melodía. Ritmo que pauta el pentagrama de un latido, sonido de vida.
El tono marca el ritmo, el alma supervisa.
Sus frecuencias dibujan el pesar de una relación elaborada aunque sencilla.
¡QUÉ HARTURA!
Claudia Ballester Grifo.
¿Dónde están las sombras que no chocan con la materia y se distribuyen por los huecos a años luz sin colisionar?
¿Dónde está la antimateria que se destruye en nuestro mundo y en otro se alimenta?
Qué difícil es entrar en el ojo de una aguja y es tan fácil en comparación a tantas cosas...
¿Quién establece lo difícil y lo imposible?
¡Tanto y tanto necesitamos en este mundo de tragedía!
Viajando por un cuello de botella. Lamiendo el poso de un vino de reserva. En un calor soporífero que alimenta el desvarío y la certeza de una siesta.
La incertidumbre agrieta la idea, cábalas de familia y miedo, mucho miedo de llevar la enfermedad a gente que no la espera.
Sin abrazos ni besos, madre querida, los ojos se derriten en aguas veloces que visten antiguos contactos que ya no existen.
Desde que perdí la memoria la familia no se reúne, ya seis meses sin mesa a compartir entre los hijos y los nietos. Pétalos de rosa al viento. Fragancia de intención, arrullo de beso.
El ánimo se mantiene, testigo soy de ello. Mirando las estrellas, el cosmos es bello. Libre de tragedía, espejo en receso, calmo en su noche, lejos estruendo.
Si mueren las estrellas, se apagan en un tiempo. Tanta la distancia que un suspiro dura su duelo.
Ciegos somos a sus confines, oculto el manto de su rutina. Los cometas recorren sus galaxias, los agujeros negros engullen.
Luz blanca vistiendo el ocre de sus pupilas, se izan los picos en mares de hielo y metano de arruga.
Son los insectos los seguros de vida.
El puente se construye para unir las vidas. Agiliza el paso y... A veces no se usa.
Respira el aire, pulmón sonrosado, hidratado de agua pura.
Ganas de ganas, sed de alegría. Taciturna la mascarilla que dobla la mirada y flexiona la rodilla.
Al fondo el saxo, ilusión de melodía. Ritmo que pauta el pentagrama de un latido, sonido de vida.
El tono marca el ritmo, el alma supervisa.
Sus frecuencias dibujan el pesar de una relación elaborada aunque sencilla.
¡QUÉ HARTURA!
Claudia Ballester Grifo.
sábado, 27 de junio de 2020
MI COMPAÑERO ES UNA SIRENA.
Mi pobre vista está quemada. La fragancia de la sal me llega clara. Surca por la brisa que cosquillea la distancía, mancha azul de olas solapadas.
El día ondea un latir de agua. Presiento un fondo, un susurro que me reclama.
Mi espíritu se desliga de esta cárcel que lo mata. Se eleva silente, despacito con el vibrar de una pestaña.
Alivio por momentos, beso la huella de mi alma. Le sigo la estela, me meto en el agua.
Dentro muy adentro, mi nombre me reclama. Primero levito, pero luego soy una con el medio que me empapa.
Abro los ojos y el despliegue de color ilumina un escenario de luz y calma.
Ya no veo con los ojos, no hay límite para unos sentidos mordidos por los nervios que languidecen y se secan como sarmientos en rama.
Unos ojos verdes silban una melodía extraña. Gorgojea una voz inspirada desde el coral que me cuelga, collar de esperanza. Me acaricia una mejilla con la luna de su palma y brota un rubí, sonrojo de mi mirada.
Abrazo su mano, alegre de mi suerte, ligera cual pluma que navega por la brisa de un suspiro. Él pronuncia su nombre con puntos, ies y ultrasonidos.
Me lleva muy lejos, por un paseo florido de corales y madreperlas, esponjas y estrellas aplaudiendo el recorrido.
Claudia Ballester Grifo
Mi pobre vista está quemada. La fragancia de la sal me llega clara. Surca por la brisa que cosquillea la distancía, mancha azul de olas solapadas.
El día ondea un latir de agua. Presiento un fondo, un susurro que me reclama.
Mi espíritu se desliga de esta cárcel que lo mata. Se eleva silente, despacito con el vibrar de una pestaña.
Alivio por momentos, beso la huella de mi alma. Le sigo la estela, me meto en el agua.
Dentro muy adentro, mi nombre me reclama. Primero levito, pero luego soy una con el medio que me empapa.
Abro los ojos y el despliegue de color ilumina un escenario de luz y calma.
Ya no veo con los ojos, no hay límite para unos sentidos mordidos por los nervios que languidecen y se secan como sarmientos en rama.
Unos ojos verdes silban una melodía extraña. Gorgojea una voz inspirada desde el coral que me cuelga, collar de esperanza. Me acaricia una mejilla con la luna de su palma y brota un rubí, sonrojo de mi mirada.
Abrazo su mano, alegre de mi suerte, ligera cual pluma que navega por la brisa de un suspiro. Él pronuncia su nombre con puntos, ies y ultrasonidos.
Me lleva muy lejos, por un paseo florido de corales y madreperlas, esponjas y estrellas aplaudiendo el recorrido.
Claudia Ballester Grifo
NOCHE TROPICAL.
Lloró la lluvía su agua de tormenta, chaparrón de corto recorrido, soplo de brisa fresca.
Desmadejada como muñeca rota, desmayado el sueño, ahogado en tórrida bruma pegajosa. El respiro duró un suspiro y la paciencia estira sus horas muertas.
Se agrandan los ojos desde una lejanía épica. Mirada del tiempo que penetra en el regalo de mis recuerdos. Iris perturbador que se acerca franqueado de una sonrisa que alígera el sopor mezquino de una noche tropical quejumbrosa.
Se acelera la imagen, caigo en un torbellino de impresiones que sacuden mi alma inquieta.
Vuelves del pasado remoto, cosquilleas mis pétalos de rosa.
Te acercas, me quedo quieta. No respiro, se abre tu sonrisa, mi cuerpo se acelera.
Erizas mi piel con tu mohin risueño de picardía manifiesta. Fantasma del olvido que llamas a mi puerta.
Escucho mi nombre y no me mencionas.
Es inmenso el espacio, pleno de amores que no se agotan.
Se suma al atillo de mi experiencía. Me quedo mirando como tu rostro se difumina y se borra.
Claudia Ballester Grifo
Lloró la lluvía su agua de tormenta, chaparrón de corto recorrido, soplo de brisa fresca.
Desmadejada como muñeca rota, desmayado el sueño, ahogado en tórrida bruma pegajosa. El respiro duró un suspiro y la paciencia estira sus horas muertas.
Se agrandan los ojos desde una lejanía épica. Mirada del tiempo que penetra en el regalo de mis recuerdos. Iris perturbador que se acerca franqueado de una sonrisa que alígera el sopor mezquino de una noche tropical quejumbrosa.
Se acelera la imagen, caigo en un torbellino de impresiones que sacuden mi alma inquieta.
Vuelves del pasado remoto, cosquilleas mis pétalos de rosa.
Te acercas, me quedo quieta. No respiro, se abre tu sonrisa, mi cuerpo se acelera.
Erizas mi piel con tu mohin risueño de picardía manifiesta. Fantasma del olvido que llamas a mi puerta.
Escucho mi nombre y no me mencionas.
Es inmenso el espacio, pleno de amores que no se agotan.
Se suma al atillo de mi experiencía. Me quedo mirando como tu rostro se difumina y se borra.
Claudia Ballester Grifo
viernes, 26 de junio de 2020
TANZANIA 5.
Los invitados se quedarían unos días. Saldrían a cazar juntos y se abastecerían todos antes de su partida. Las parejas fueron saliendo al aroma de la comida caliente. Se sentían hambrientos y con ganas de compartir experiencias. Los amigos tenían muchas ganas de encontrarse, algunos de ellos cambiarían de poblado.
Axel y Danna se reunieron con Jan y Kioni, Arlet y Matu. Sus caras no podían negar la felicidad que les embargaba. Apenas habían dormido, pero la juventud no entendía de cansancio ni se sometía al tiempo. Adalia y Erika miraban a su hermana con orgullo. Izan se mantenía más distante con sus once años, retenía sus emociones para evitar las burlas de sus amigos. Estaba muy contento de que fuera Axel el elegido. Se llevaba muy bien con él y le gustaba mucho su hermana pequeña. Ahora tendría una excusa para pasar más tiempo con ella. Sus amigos reclamaron su atención. Los niños se habían levantado más temprano y ya habían comido. Se iban al rio a buscar huevos de cocodrilo. Sabían muy bien dónde buscar. La tierra removida se encontraba muy cerca de la orilla del rio. Las madres los escondían entre las hierbas altas de los márgenes. Mientras unos vigilaban los otros se afanaban en escarbar. Los huevos tardaban alrededor de tres meses en eclosionar. Según la temperatura fuera más alta o más baja salían hembras o machos. Si la temperatura era más alta de 35 grados las crías podrían presentar anomalías. Cuando eclosionaban los huevos, la madre escuchaba a sus crías y salía rápidamente del rio para recogerlos entre sus fauces con suma delicadeza. Los depositaba en una especie de guardería con aguas cálidas y poco profundas a salvo del canibalismo de sus congéneres.
Debían trabajar con rapidez y ponían los huevos en un recipiente trenzado de varas flexibles.
El más pequeño dio el grito de alarma y todos salieron corriendo. La madre enloquecida salía del agua muy enfadada. Era capaz de moverse con rapidez también en la tierra y estuvo persiguiéndoles un rato. Volvió iracunda a comprobar el destrozo sin consecuencias para los niños.
Los amigos se daban palmadas en la espalda. Llevaban orgullosos el manjar al poblado. La adrenalina corría por sus venas. Las consecuencias de la fiereza de la madre cocodrilo eran proporcionales a sus fauces. Si hubiera alcanzado a alguno de ellos lo más probable era que lo hubiera arrastrado al agua y ya no lo volvieran a ver. No era la primera vez que sufrían un accidente de estas características.
Axel mantenía la mano de Danna acariciándola. Los pensamientos se sucedían como arañuelas eléctricas corriendo y cruzándose en todas las direcciones. Quería lo mejor para su mujer y para la familia que pudieran formar. Sentía la responsabilidad de cuidarla y volvían a él todas las noches de insomnio intentando aclarar percepciones e ideas. Poseía una gran memoria fotográfica y, a veces, sentía que no estaba solo aunque lo estuviera. Su mente almacenaba iniciativas que no se atrevía a verbalizar porque se apartaban de lo establecido. Los conflictos internos le atenazaban desde muy niño y no los había compartido ni con Danna. Ahora sí, se sentía animado a contarle sus proyectos a su compañera.
Jan de carácter más alocado había vivido una noche de amor con Kioni que superaba todas sus expectativas. La diosa de ébano estaba hecha para el amor y mostró una sexualidad desinhibida que hizo las delicias de su compañero.
Heidi se acercó a Axel en el momento en que Danna se fue a hablar con su madre y sus hermanos. Lo había conocido el día anterior y hubiera preferido que la emparejaran con él. Osiel la asustaba. No es que hubiera hecho nada incorrecto, pero lo encontraba falto de sensibilidad y actuaba de forma muy impetuosa. Lo encontraba posesivo y totalitario.
Axel le sonrió con la mirada radiante que reflejaba su felicidad. No había lugar a dudas, disfrutaba de su compromiso. Él se percató de la zozobra de Heidi y le dolió porque era la viva estampa de Afrodita. Se merecía un compañero que la admirara y la respetara. Osiel se acercó inmediatamente a rescatar a su mujer. No conocía a Axel, pero tampoco le interesaba mucho, no iba a quedarse en su poblado. Atenazó su estrecha cintura y se la llevó lo más lejos que pudo.
Arlet estaba feliz de encontrar a Jan tan colgado de su pareja. Ella también se había sentido impactada por Matu. Iba a sentir mucho su marcha y no quería ni perder un segundo de compartir cerca de él y su maravillosa mujer. Matu y Kioni pertenecían al tercer poblado y eran amigos. Matu se quedaría, pero Kioni volvería al suyo con Jan. Matu felicitó a la pareja con sinceridad.
El día iba regalando ocio. Tras el descanso de la noche los cazadores saldrían a buscar alimento.
Edna se reunió con Berta. En la comida se habían cocido cereales y servido frutas que no conocían. Se abastecían de lo que les procuraba la naturaleza, pero no practicaban el cultivo. Sabían que era un tema tabú, aunque ya habían observado cómo se comportaba la naturaleza con las semillas. Pasaban tiempo asentados y levantaban el campamento cuando escaseaba la caza. Más de una vez habían escuchado alguna voz que se atrevía a plantear las ventajas del cultivo para paliar las épocas de hambruna.
Magali, la hechicera, hablaba con los guías mediante una ceremonia en la que los más mayores cerraban circulo alrededor de ella. Consumían hierbas alucinógenas que los inducían a un trance en el que recibían respuestas. En medio de una cortina de humo veían descender a un pájaro que vomitaba dos figuras que departían con Magali. Cuando el gran pájaro alzaba su vuelo, la hechicera tenía respuestas. Nunca se habían permitido los cultivos. ¿Por qué el tercer poblado disfrutaba de ese privilegio?
Las cazadoras sentían una honda preocupación de que los jóvenes quisieran respuestas.
Estarían atentas a la formación de divergentes. Más tarde hablarían con Arlet para ver de dónde salía esa raza negra. Sabían de su existencia porque hacía unas estaciones que los guías les avisaron de su visita y de la conveniencia de mezclarse con ellos. Tendrían paciencia, las parejas necesitaban tiempo para conocerse.
Adher reclamó la atención de Berta. Se sentía cansado con tanta responsabilidad. Ser los anfitriones, aunque todo el mundo ayudara requería de mucha atención. Se retiró a su choza y Berta se despidió de Edna para seguirlo.
Claudia Ballester Grifo.
Los invitados se quedarían unos días. Saldrían a cazar juntos y se abastecerían todos antes de su partida. Las parejas fueron saliendo al aroma de la comida caliente. Se sentían hambrientos y con ganas de compartir experiencias. Los amigos tenían muchas ganas de encontrarse, algunos de ellos cambiarían de poblado.
Axel y Danna se reunieron con Jan y Kioni, Arlet y Matu. Sus caras no podían negar la felicidad que les embargaba. Apenas habían dormido, pero la juventud no entendía de cansancio ni se sometía al tiempo. Adalia y Erika miraban a su hermana con orgullo. Izan se mantenía más distante con sus once años, retenía sus emociones para evitar las burlas de sus amigos. Estaba muy contento de que fuera Axel el elegido. Se llevaba muy bien con él y le gustaba mucho su hermana pequeña. Ahora tendría una excusa para pasar más tiempo con ella. Sus amigos reclamaron su atención. Los niños se habían levantado más temprano y ya habían comido. Se iban al rio a buscar huevos de cocodrilo. Sabían muy bien dónde buscar. La tierra removida se encontraba muy cerca de la orilla del rio. Las madres los escondían entre las hierbas altas de los márgenes. Mientras unos vigilaban los otros se afanaban en escarbar. Los huevos tardaban alrededor de tres meses en eclosionar. Según la temperatura fuera más alta o más baja salían hembras o machos. Si la temperatura era más alta de 35 grados las crías podrían presentar anomalías. Cuando eclosionaban los huevos, la madre escuchaba a sus crías y salía rápidamente del rio para recogerlos entre sus fauces con suma delicadeza. Los depositaba en una especie de guardería con aguas cálidas y poco profundas a salvo del canibalismo de sus congéneres.
Debían trabajar con rapidez y ponían los huevos en un recipiente trenzado de varas flexibles.
El más pequeño dio el grito de alarma y todos salieron corriendo. La madre enloquecida salía del agua muy enfadada. Era capaz de moverse con rapidez también en la tierra y estuvo persiguiéndoles un rato. Volvió iracunda a comprobar el destrozo sin consecuencias para los niños.
Los amigos se daban palmadas en la espalda. Llevaban orgullosos el manjar al poblado. La adrenalina corría por sus venas. Las consecuencias de la fiereza de la madre cocodrilo eran proporcionales a sus fauces. Si hubiera alcanzado a alguno de ellos lo más probable era que lo hubiera arrastrado al agua y ya no lo volvieran a ver. No era la primera vez que sufrían un accidente de estas características.
Axel mantenía la mano de Danna acariciándola. Los pensamientos se sucedían como arañuelas eléctricas corriendo y cruzándose en todas las direcciones. Quería lo mejor para su mujer y para la familia que pudieran formar. Sentía la responsabilidad de cuidarla y volvían a él todas las noches de insomnio intentando aclarar percepciones e ideas. Poseía una gran memoria fotográfica y, a veces, sentía que no estaba solo aunque lo estuviera. Su mente almacenaba iniciativas que no se atrevía a verbalizar porque se apartaban de lo establecido. Los conflictos internos le atenazaban desde muy niño y no los había compartido ni con Danna. Ahora sí, se sentía animado a contarle sus proyectos a su compañera.
Jan de carácter más alocado había vivido una noche de amor con Kioni que superaba todas sus expectativas. La diosa de ébano estaba hecha para el amor y mostró una sexualidad desinhibida que hizo las delicias de su compañero.
Heidi se acercó a Axel en el momento en que Danna se fue a hablar con su madre y sus hermanos. Lo había conocido el día anterior y hubiera preferido que la emparejaran con él. Osiel la asustaba. No es que hubiera hecho nada incorrecto, pero lo encontraba falto de sensibilidad y actuaba de forma muy impetuosa. Lo encontraba posesivo y totalitario.
Axel le sonrió con la mirada radiante que reflejaba su felicidad. No había lugar a dudas, disfrutaba de su compromiso. Él se percató de la zozobra de Heidi y le dolió porque era la viva estampa de Afrodita. Se merecía un compañero que la admirara y la respetara. Osiel se acercó inmediatamente a rescatar a su mujer. No conocía a Axel, pero tampoco le interesaba mucho, no iba a quedarse en su poblado. Atenazó su estrecha cintura y se la llevó lo más lejos que pudo.
Arlet estaba feliz de encontrar a Jan tan colgado de su pareja. Ella también se había sentido impactada por Matu. Iba a sentir mucho su marcha y no quería ni perder un segundo de compartir cerca de él y su maravillosa mujer. Matu y Kioni pertenecían al tercer poblado y eran amigos. Matu se quedaría, pero Kioni volvería al suyo con Jan. Matu felicitó a la pareja con sinceridad.
El día iba regalando ocio. Tras el descanso de la noche los cazadores saldrían a buscar alimento.
Edna se reunió con Berta. En la comida se habían cocido cereales y servido frutas que no conocían. Se abastecían de lo que les procuraba la naturaleza, pero no practicaban el cultivo. Sabían que era un tema tabú, aunque ya habían observado cómo se comportaba la naturaleza con las semillas. Pasaban tiempo asentados y levantaban el campamento cuando escaseaba la caza. Más de una vez habían escuchado alguna voz que se atrevía a plantear las ventajas del cultivo para paliar las épocas de hambruna.
Magali, la hechicera, hablaba con los guías mediante una ceremonia en la que los más mayores cerraban circulo alrededor de ella. Consumían hierbas alucinógenas que los inducían a un trance en el que recibían respuestas. En medio de una cortina de humo veían descender a un pájaro que vomitaba dos figuras que departían con Magali. Cuando el gran pájaro alzaba su vuelo, la hechicera tenía respuestas. Nunca se habían permitido los cultivos. ¿Por qué el tercer poblado disfrutaba de ese privilegio?
Las cazadoras sentían una honda preocupación de que los jóvenes quisieran respuestas.
Estarían atentas a la formación de divergentes. Más tarde hablarían con Arlet para ver de dónde salía esa raza negra. Sabían de su existencia porque hacía unas estaciones que los guías les avisaron de su visita y de la conveniencia de mezclarse con ellos. Tendrían paciencia, las parejas necesitaban tiempo para conocerse.
Adher reclamó la atención de Berta. Se sentía cansado con tanta responsabilidad. Ser los anfitriones, aunque todo el mundo ayudara requería de mucha atención. Se retiró a su choza y Berta se despidió de Edna para seguirlo.
Claudia Ballester Grifo.
jueves, 25 de junio de 2020
ROGANDO.
Sueñan las calles tranquilas vivencias urbanas, pasos que da la vida dejando su huella marcada.
Se adueña el silencio de la noche estrellada, bendicen los luceros en el cielo su mirada.
Rompe la quietud una moto arriesgada que vocifera gasolina por su garganta agrietada.
Rompiendo la armonía en un quebranto de espada. Surcando el asfalto bateando maldiciones y palabras muy altas.
La soledad refleja su marco en la ventana. Lánguida figura en el sofá recostada. Lamiendo sus heridas, cosiendo sus faltas, desgranando los hilos con los que suturar la tristeza y la desgana.
Sonríe ladina, estirando sus alas. Intentando un vuelo que alivie el polvo que acumula en arrugas y canas.
Monólogo de espíritu que clama sus ganas. Diálogo con Dios en la intimidad de la plegaría.
Padre nuestro, Padre mio no me gusta pedirte nada. Somos muchos y no me siento más que nada.
Si pudiera por esta vez dedicarte mis lágrimas te pediría un descanso para este cuerpo que ya no responde ni se levanta.
Padre mio, Padre nuestro muchos rezos en el sosiego de mi cama. Abrazada a la almohada, orando muy bajito para mis adentros o en voz baja.
Redolando las tibias lágrimas, empapando mi necesidad y la de otros que me acompañan.
Acuérdate de esta sierva que te súplica con las manos juntas y alzando la mirada. Necesito tu ayuda para gente muy cercana y si tienes a bien escucharme, acuérdate, me llamo Claudia.
Claudia Ballester Grifo
Sueñan las calles tranquilas vivencias urbanas, pasos que da la vida dejando su huella marcada.
Se adueña el silencio de la noche estrellada, bendicen los luceros en el cielo su mirada.
Rompe la quietud una moto arriesgada que vocifera gasolina por su garganta agrietada.
Rompiendo la armonía en un quebranto de espada. Surcando el asfalto bateando maldiciones y palabras muy altas.
La soledad refleja su marco en la ventana. Lánguida figura en el sofá recostada. Lamiendo sus heridas, cosiendo sus faltas, desgranando los hilos con los que suturar la tristeza y la desgana.
Sonríe ladina, estirando sus alas. Intentando un vuelo que alivie el polvo que acumula en arrugas y canas.
Monólogo de espíritu que clama sus ganas. Diálogo con Dios en la intimidad de la plegaría.
Padre nuestro, Padre mio no me gusta pedirte nada. Somos muchos y no me siento más que nada.
Si pudiera por esta vez dedicarte mis lágrimas te pediría un descanso para este cuerpo que ya no responde ni se levanta.
Padre mio, Padre nuestro muchos rezos en el sosiego de mi cama. Abrazada a la almohada, orando muy bajito para mis adentros o en voz baja.
Redolando las tibias lágrimas, empapando mi necesidad y la de otros que me acompañan.
Acuérdate de esta sierva que te súplica con las manos juntas y alzando la mirada. Necesito tu ayuda para gente muy cercana y si tienes a bien escucharme, acuérdate, me llamo Claudia.
Claudia Ballester Grifo
miércoles, 24 de junio de 2020
MAR Y MONTAÑA.
Susurra el abeto historias olvidadas.
Estilizada figura que dibuja sus ramas, en palma abierta, en flexión de plegaria.
Mirando al mar, espejo bruñido en el sol que se baña.
Restañan los brillos la calma, enmudecen las olas reduciéndose a la nada.
Silencio de palabras encuentro de alas. Pensamientos que vuelan, al abeto implican, al mar alcanzan.
Abrazo de seres que en simbiosis se entienden y se aman.
Desde mi terraza, mi hermoso Benicàssim, espacio de mis ansias. Otro aire, brisa de agua, fragancía de césped, algún pájaro canta.
A mis espaldas respaldo de montaña. Alcanzo los pinos, algodón que se levanta, manchas verdes en la retina, picos como agujas que recortan el azul a mi prestancia.
A mi izquierda a cuatro pisos de distancia se explaya la piscina con su agua transparente, recién preparada. Invita al baño y el ruego es esperanza, llevo muchos años sin besar su falda. Este año seré una con muchas ganas, resbala mi alegría en lágrimas que salan el dulzor de sus entrañas.
Un ladrido de una terraza, devuelve la vida a la tranquilidad de la mañana. Se suma una avecilla que responde a su llamada y despierta el jolgorio de más vida que no perturba la calma.
Abeto estimado, mi frente besa tu estampa. No mueras nunca querido, embelleces con tu verde el azul del mar, desde mi terraza.
Claudia Ballester Grifo
Susurra el abeto historias olvidadas.
Estilizada figura que dibuja sus ramas, en palma abierta, en flexión de plegaria.
Mirando al mar, espejo bruñido en el sol que se baña.
Restañan los brillos la calma, enmudecen las olas reduciéndose a la nada.
Silencio de palabras encuentro de alas. Pensamientos que vuelan, al abeto implican, al mar alcanzan.
Abrazo de seres que en simbiosis se entienden y se aman.
Desde mi terraza, mi hermoso Benicàssim, espacio de mis ansias. Otro aire, brisa de agua, fragancía de césped, algún pájaro canta.
A mis espaldas respaldo de montaña. Alcanzo los pinos, algodón que se levanta, manchas verdes en la retina, picos como agujas que recortan el azul a mi prestancia.
A mi izquierda a cuatro pisos de distancia se explaya la piscina con su agua transparente, recién preparada. Invita al baño y el ruego es esperanza, llevo muchos años sin besar su falda. Este año seré una con muchas ganas, resbala mi alegría en lágrimas que salan el dulzor de sus entrañas.
Un ladrido de una terraza, devuelve la vida a la tranquilidad de la mañana. Se suma una avecilla que responde a su llamada y despierta el jolgorio de más vida que no perturba la calma.
Abeto estimado, mi frente besa tu estampa. No mueras nunca querido, embelleces con tu verde el azul del mar, desde mi terraza.
Claudia Ballester Grifo
martes, 23 de junio de 2020
BAJEL.
Huyeron las nubes para desnudar el firmamento, temblando se queda su azul intenso.
No cabe duda de que la orbe se llena de buenos deseos, es fácil con ese cielo regalando su mirar eterno.
Querer al mundo se convierte en un reflejo, la imagen buena que devuelve el espejo.
Nada contraviene las normas morales, la ética, las filosofía, las ciencias sociales. Los ojos ven un mundo bello, una naturaleza que mueve, brota y se abastece.
Bailan las ramas, sus hojas se avienen. Sostienen sus copas el techo que impulsa las aguas de rios y mares.
Elegante navío que con sus velas se adentra en el limpio líquido, surcando océanos, acercando almas buenas, hermanos y amigos.
Estela de espuma que riza los surcos de olas galopando al viento bravio.
Rápido bajel, elegante en el trazado, de timón diestro y curso sentido.
De buenos principios acarreamos desatinos. Malas jugadas labradas por el destino, sembradas de intereses mezquinos.
Taciturna imagen del barco perdido buscando la vida en un mar hermoso, llegando a su destino.
Que no se vicie el aire de humo ennegrecido.
Se fueron las nubes para lucir un azul limpio.
Claudia Ballester GrifoClaudia Ballester Grifo
Huyeron las nubes para desnudar el firmamento, temblando se queda su azul intenso.
No cabe duda de que la orbe se llena de buenos deseos, es fácil con ese cielo regalando su mirar eterno.
Querer al mundo se convierte en un reflejo, la imagen buena que devuelve el espejo.
Nada contraviene las normas morales, la ética, las filosofía, las ciencias sociales. Los ojos ven un mundo bello, una naturaleza que mueve, brota y se abastece.
Bailan las ramas, sus hojas se avienen. Sostienen sus copas el techo que impulsa las aguas de rios y mares.
Elegante navío que con sus velas se adentra en el limpio líquido, surcando océanos, acercando almas buenas, hermanos y amigos.
Estela de espuma que riza los surcos de olas galopando al viento bravio.
Rápido bajel, elegante en el trazado, de timón diestro y curso sentido.
De buenos principios acarreamos desatinos. Malas jugadas labradas por el destino, sembradas de intereses mezquinos.
Taciturna imagen del barco perdido buscando la vida en un mar hermoso, llegando a su destino.
Que no se vicie el aire de humo ennegrecido.
Se fueron las nubes para lucir un azul limpio.
Claudia Ballester GrifoClaudia Ballester Grifo
TATUAJE DEL ALMA.
Cuando las lágrimas del esfuerzo claman al cielo son las nubes las que acuden a su ruego.
Absorben sus aguas y las elevan para revertirlas en lluvía que abastece la tierra sedienta.
Cuando se nubla la vista y desfallece la fuerza, levita la bruma un rayo filtrado.
Rezuma el tiempo un lapso robado, en finas lianas sustento de reposo acuciado.
Revienen imágenes de verde y blanco que arrebatan un suspiro alentado.
Se desciende al inframundo despacio, muy despacio, cosiendo el sufrimiento con puntada de calibre grueso.
Calienta la lava que funde el centro. Se llega a sentir la peor pesadilla de nuestros sueños.
Estancía imprecisa, según el duelo y las canas.
El descenso es rápido para el adolescente, el joven, el maduro o el que del bastón hace su compaña.
Nadie nos libramos de tensión, resaca o salud quebrada.
Nadie se libra de besar el miedo para vencer la fobía que nos estrangula y acaba.
Cuando se escupe desde abajo, vulnerabilidad y desencanto, se transforma la vida y se va alzando.
Asciende el ánimo, reviene la primavera de un invierno ingrato.
Despierta el letargo con un gran bostezo que florece el encanto.
La luz encuentra espacios y alumbra el tiempo con un rico escenario.
Se viene arriba luz, aire, agua... Tesón, voluntad y resiliencia marcando pautas, ritmos de ensayo.
Rasgando las uñas, asomando las ganas, valentía del que sale con empeño y prestancia.
Qué hermoso el día, su trino nos regala, amanece un sol para cada mañana.
Nunca se olvida lo que con esfuerzo se gana.
Nunca se olvida la lección de vida que se tatua en el alma.
Claudia Ballester Grifo
Cuando las lágrimas del esfuerzo claman al cielo son las nubes las que acuden a su ruego.
Absorben sus aguas y las elevan para revertirlas en lluvía que abastece la tierra sedienta.
Cuando se nubla la vista y desfallece la fuerza, levita la bruma un rayo filtrado.
Rezuma el tiempo un lapso robado, en finas lianas sustento de reposo acuciado.
Revienen imágenes de verde y blanco que arrebatan un suspiro alentado.
Se desciende al inframundo despacio, muy despacio, cosiendo el sufrimiento con puntada de calibre grueso.
Calienta la lava que funde el centro. Se llega a sentir la peor pesadilla de nuestros sueños.
Estancía imprecisa, según el duelo y las canas.
El descenso es rápido para el adolescente, el joven, el maduro o el que del bastón hace su compaña.
Nadie nos libramos de tensión, resaca o salud quebrada.
Nadie se libra de besar el miedo para vencer la fobía que nos estrangula y acaba.
Cuando se escupe desde abajo, vulnerabilidad y desencanto, se transforma la vida y se va alzando.
Asciende el ánimo, reviene la primavera de un invierno ingrato.
Despierta el letargo con un gran bostezo que florece el encanto.
La luz encuentra espacios y alumbra el tiempo con un rico escenario.
Se viene arriba luz, aire, agua... Tesón, voluntad y resiliencia marcando pautas, ritmos de ensayo.
Rasgando las uñas, asomando las ganas, valentía del que sale con empeño y prestancia.
Qué hermoso el día, su trino nos regala, amanece un sol para cada mañana.
Nunca se olvida lo que con esfuerzo se gana.
Nunca se olvida la lección de vida que se tatua en el alma.
Claudia Ballester Grifo
lunes, 22 de junio de 2020
VISLUMBRANDO UNA SALIDA.
Se atisba la vida en un ahogo. Mascarilla, pasaporte de salida y solo deja los ojos.
Azota la brisa el cabello sin poder rozar la mejilla, escondida la fresa de los labios.
Faltando la entrada de aire en nariz y boca aliados, desfallecen las fuerzas en el deambular deseado.
No hay descaro para el que protegerse es necesario. Falta oxígeno, habrá que buscar buen horario.
Ayer descubrí mi mundo tanto tiempo aparcado.
Vislumbré mi mar Mediterráneo. Su plácida cuna, su mirar sosegado. Calmo y brillante de sal perlado.
El sonido de sus olas abrazando el manto de una díscola arena que juega con su salto.
Los apartamentos del paseo desplegados al encanto de un cielo que luce reflejo de su suelo encantado.
Se doblan sus sombras aliadas de los vigilantes del paseo, caprichosos dibujos de los árboles mudos en el tiempo y el espacio.
Luz de luces en el mar y el cielo de mi hermoso Benicàssim.
Con mascarilla o sin ella el lienzo es el mismo y la percepción rivaliza con el vahido del oxígeno que llega un poquito menos.
Hileras de bancos mirando el mar inmenso, metros de playa que invita al descalzo y baila con la brisa del arrullo intenso.
Desnudos de espíritu al agua lleguemos para besar su aroma y reír su encuentro.
Ser uno con el líquido y en el intercambio de fluidos liberemos la pena y rescatemos el aliento.
Renacer como el primer hermano que se arrastró a la orilla y conquistó el suelo para poblarlo.
Claudia Ballester Grifo
Se atisba la vida en un ahogo. Mascarilla, pasaporte de salida y solo deja los ojos.
Azota la brisa el cabello sin poder rozar la mejilla, escondida la fresa de los labios.
Faltando la entrada de aire en nariz y boca aliados, desfallecen las fuerzas en el deambular deseado.
No hay descaro para el que protegerse es necesario. Falta oxígeno, habrá que buscar buen horario.
Ayer descubrí mi mundo tanto tiempo aparcado.
Vislumbré mi mar Mediterráneo. Su plácida cuna, su mirar sosegado. Calmo y brillante de sal perlado.
El sonido de sus olas abrazando el manto de una díscola arena que juega con su salto.
Los apartamentos del paseo desplegados al encanto de un cielo que luce reflejo de su suelo encantado.
Se doblan sus sombras aliadas de los vigilantes del paseo, caprichosos dibujos de los árboles mudos en el tiempo y el espacio.
Luz de luces en el mar y el cielo de mi hermoso Benicàssim.
Con mascarilla o sin ella el lienzo es el mismo y la percepción rivaliza con el vahido del oxígeno que llega un poquito menos.
Hileras de bancos mirando el mar inmenso, metros de playa que invita al descalzo y baila con la brisa del arrullo intenso.
Desnudos de espíritu al agua lleguemos para besar su aroma y reír su encuentro.
Ser uno con el líquido y en el intercambio de fluidos liberemos la pena y rescatemos el aliento.
Renacer como el primer hermano que se arrastró a la orilla y conquistó el suelo para poblarlo.
Claudia Ballester Grifo
domingo, 21 de junio de 2020
ELLOS.
En esas horas en que la sombra mira tu centro elevas tus plegarías de rumor y viento.
Vestido de verde por entero, lágrimas desbordaron el adiós de las hojas que cayeron. Manto amarillo que duerme tu suelo.
Fresco de lozanía, galán dispuesto, baila su danza, movimiento de ramas, perifollo de esquejes que se elevan bien abiertos.
Se mece la copa, descolgando el abrazo de su recuerdo, no hace nada que el rocio hidrataba su mirar inquieto.
Se alinean las figuras, solidarios en terreno, conquistando las márgenes el impulso de sus vientos.
Copas que se pueblan, elongando su vuelo al cielo, en carrera medida en su escalada al azul intenso.
Acaricia el sol la intención del que busca su sustento.
Ríe el velo que protege el candor de un ser que vive su momento.
Sol y cielo, techo del que viene surcando desde abajo el deseado encuentro.
Hablan las hojas mensajes de cuentos.
Susurra su savia, galope entre nudos de tinta e historias que reflejan las quimeras de sus sueños.
Son los amigos que desde mi balcón contemplo, la fotografía gravada en el oasis de mi pluma, inspiración que ratifica el trinar de las avecillas que anidan en ellos.
Claudia Ballester Grifo
Fotografía realizada por Vicente Ballester Grifo.
En esas horas en que la sombra mira tu centro elevas tus plegarías de rumor y viento.
Vestido de verde por entero, lágrimas desbordaron el adiós de las hojas que cayeron. Manto amarillo que duerme tu suelo.
Fresco de lozanía, galán dispuesto, baila su danza, movimiento de ramas, perifollo de esquejes que se elevan bien abiertos.
Se mece la copa, descolgando el abrazo de su recuerdo, no hace nada que el rocio hidrataba su mirar inquieto.
Se alinean las figuras, solidarios en terreno, conquistando las márgenes el impulso de sus vientos.
Copas que se pueblan, elongando su vuelo al cielo, en carrera medida en su escalada al azul intenso.
Acaricia el sol la intención del que busca su sustento.
Ríe el velo que protege el candor de un ser que vive su momento.
Sol y cielo, techo del que viene surcando desde abajo el deseado encuentro.
Hablan las hojas mensajes de cuentos.
Susurra su savia, galope entre nudos de tinta e historias que reflejan las quimeras de sus sueños.
Son los amigos que desde mi balcón contemplo, la fotografía gravada en el oasis de mi pluma, inspiración que ratifica el trinar de las avecillas que anidan en ellos.
Claudia Ballester Grifo
Fotografía realizada por Vicente Ballester Grifo.
RIADA POLÍTICA.
Lleva la montaña por montera un salto de agua, recogida de sus entrañas, borbotón de salpicadura que corre perfilando la ladera escarpada.
Brinca el agua fresca ilusiones de esperanza cristalina. Aventurera en su músculo de joven emprendedora poco precavida.
Lame el cauce que asienta su osadía, esponja que absorbe el llenado de afluentes y culebrillas.
Llegan rezos de toda medida. Es esta agua virgen, manantial de muchas palabras consentidas. Aguacero de letras inteligentes y sibilinas. Inteligencía bien surtida con fuertes armas y sonrisa amiga.
Discipliente en sus recursos, mirada zorruna. Amigo de sus amigos, a lo mejor no tanto en su paradigma.
Se alimenta el río de alineación y manipulación. Va llenando su curso sin filtro, escorando los guijarros la sensibilidad de su corazón.
Va recibiendo los mensajes en estampa de cartón, deshaciendo sus miserias, embarrando su sentir, rapidito hacia la desesperación.
Ideas claras de vil corrupción. Se alinean letras pardas, viscosas con mucha intención que huelen a mentira inventada con holgura, autocomplacencia y verborrea de matón.
Despliega su melena el que reivindica su razón, dibujando su coleta la criada de excepción.
Oh, lloros de plañidera, al cortejo de su emoción.
Crispa la inocencia, el río se doblega y manso acude a la recepción.
En rumor de pandereta y rasgando una guitarra su canción, recibe el agua salada la bomba de su pasión.
Claudia Ballester Grifo
Lleva la montaña por montera un salto de agua, recogida de sus entrañas, borbotón de salpicadura que corre perfilando la ladera escarpada.
Brinca el agua fresca ilusiones de esperanza cristalina. Aventurera en su músculo de joven emprendedora poco precavida.
Lame el cauce que asienta su osadía, esponja que absorbe el llenado de afluentes y culebrillas.
Llegan rezos de toda medida. Es esta agua virgen, manantial de muchas palabras consentidas. Aguacero de letras inteligentes y sibilinas. Inteligencía bien surtida con fuertes armas y sonrisa amiga.
Discipliente en sus recursos, mirada zorruna. Amigo de sus amigos, a lo mejor no tanto en su paradigma.
Se alimenta el río de alineación y manipulación. Va llenando su curso sin filtro, escorando los guijarros la sensibilidad de su corazón.
Va recibiendo los mensajes en estampa de cartón, deshaciendo sus miserias, embarrando su sentir, rapidito hacia la desesperación.
Ideas claras de vil corrupción. Se alinean letras pardas, viscosas con mucha intención que huelen a mentira inventada con holgura, autocomplacencia y verborrea de matón.
Despliega su melena el que reivindica su razón, dibujando su coleta la criada de excepción.
Oh, lloros de plañidera, al cortejo de su emoción.
Crispa la inocencia, el río se doblega y manso acude a la recepción.
En rumor de pandereta y rasgando una guitarra su canción, recibe el agua salada la bomba de su pasión.
Claudia Ballester Grifo
sábado, 20 de junio de 2020
SIEMPRE TÚ, PAPÁ.
Papá, voz callada un marzo apagado de lluvía y viento.
Papá, el héroe de mis días de niña, mimos de cuentos y fantasías, aroma de esencías, hogar y fuego.
Papá querido de fulgor cristalino en la admiración de sus poros.
Manos callosas de tacto rugoso, suaves como amapolas en sus días hermosos.
Cálida protección de su mirar, siempre atento al embozo.
Recto en sus gestos, de abrazo goloso.
Recuerdo la fragancía de tu voz y tus pasos silenciosos, surcando los mares de mi orilla, buscando el puerto de mi llanto. Atento a mi sufrir de adulta siendo la niña de tus ojos.
¡Oh, papá! Cruel destino que te llevó lejos. Silenciosa y galana la muerte que te sedujo y arropó tu sueño. Te arrancó de mi vida con un bello beso y no pude odiarla por ello.
Te fuiste sin saberlo. Rozando la pluma el adiós de tu aliento. Con la gallardía del querido, vestido de mi afecto. Elevándote muy alto, cubriendo mi cielo,dibujando mi sonrisa, mimetizándote en mis adentros.
Adiós,papá. Mi dicha, mi vida, mi modelo.
Adiós mi sangre, mis quimeras, mis latidos, mi corazón partido y fracturado desde que no te veo.
Adiós... Querido, nos vemos en el cielo.
Claudia Ballester Grifo
Papá, voz callada un marzo apagado de lluvía y viento.
Papá, el héroe de mis días de niña, mimos de cuentos y fantasías, aroma de esencías, hogar y fuego.
Papá querido de fulgor cristalino en la admiración de sus poros.
Manos callosas de tacto rugoso, suaves como amapolas en sus días hermosos.
Cálida protección de su mirar, siempre atento al embozo.
Recto en sus gestos, de abrazo goloso.
Recuerdo la fragancía de tu voz y tus pasos silenciosos, surcando los mares de mi orilla, buscando el puerto de mi llanto. Atento a mi sufrir de adulta siendo la niña de tus ojos.
¡Oh, papá! Cruel destino que te llevó lejos. Silenciosa y galana la muerte que te sedujo y arropó tu sueño. Te arrancó de mi vida con un bello beso y no pude odiarla por ello.
Te fuiste sin saberlo. Rozando la pluma el adiós de tu aliento. Con la gallardía del querido, vestido de mi afecto. Elevándote muy alto, cubriendo mi cielo,dibujando mi sonrisa, mimetizándote en mis adentros.
Adiós,papá. Mi dicha, mi vida, mi modelo.
Adiós mi sangre, mis quimeras, mis latidos, mi corazón partido y fracturado desde que no te veo.
Adiós... Querido, nos vemos en el cielo.
Claudia Ballester Grifo
INSPIRACIÓN.
Viniste a mi sueño con tu ala caída y tu crispado sufrimiento.
Viniste pétalo de rosa arrancado del cuerpo.
Viniste dejando un lago cosido a la cola de tu noche oscura y de las cuentas perdidas del rosario de tus aciertos y desaciertos.
Viniste en un susurro oradando mis oídos atentos.
Plagiaste luz de otros y verdades escondidas de tus tesoros más inciertos. Lloraste cuentos vertidos y poemas de cortinas blancas y aroma de incienso. Miedo de inventar lo inventado , de estar todo dicho en otro tiempo. Crear es de elegidos y la inspiración, la magia de unos pocos.
Inocente y genuina, pretensión del reposo. En esas horas en las que los ojos giran solos, busca su globo un enfoque que legítime un borrador decoroso. Rie y ríe la dicha y el gozo, se hilvanan hilos de cobre y se convierte en blonda un trabajo honroso.
Trae el alba un río de fuego. Lamen las ondas un rizar de bostezo que despierta el día de un verso reseñado y olvidado al despertar del cuerpo.
Viniste a mi sueño con esos ojos hermosos. Tentando mis sentidos, romance de satén que exalta cada poro; cada cm de mi piel, delicada al tacto de tus besos. Rozando el aroma de mujer, fragancía de mi disposición ante el privilegio de tus excesos.
Claudia Ballester Grifo
Viniste a mi sueño con tu ala caída y tu crispado sufrimiento.
Viniste pétalo de rosa arrancado del cuerpo.
Viniste dejando un lago cosido a la cola de tu noche oscura y de las cuentas perdidas del rosario de tus aciertos y desaciertos.
Viniste en un susurro oradando mis oídos atentos.
Plagiaste luz de otros y verdades escondidas de tus tesoros más inciertos. Lloraste cuentos vertidos y poemas de cortinas blancas y aroma de incienso. Miedo de inventar lo inventado , de estar todo dicho en otro tiempo. Crear es de elegidos y la inspiración, la magia de unos pocos.
Inocente y genuina, pretensión del reposo. En esas horas en las que los ojos giran solos, busca su globo un enfoque que legítime un borrador decoroso. Rie y ríe la dicha y el gozo, se hilvanan hilos de cobre y se convierte en blonda un trabajo honroso.
Trae el alba un río de fuego. Lamen las ondas un rizar de bostezo que despierta el día de un verso reseñado y olvidado al despertar del cuerpo.
Viniste a mi sueño con esos ojos hermosos. Tentando mis sentidos, romance de satén que exalta cada poro; cada cm de mi piel, delicada al tacto de tus besos. Rozando el aroma de mujer, fragancía de mi disposición ante el privilegio de tus excesos.
Claudia Ballester Grifo
VERANO.
Viene el verano. Viene hermoso, galán esperado. Huele a césped recién cortado, a hiedra escalando ojos de ventana; a hibiscus de rojo tatuado.
Viene mi amor ansiado. Ese trino de pájaros tan esperado. Esas noches de grillos a mi alféizar asomados. Ese silencio de asfalto... Se abre el cielo estrellado.
Viene silencioso, mullido de flores, bien acompañado. Se ríe con sus nubes de trazo etéreo y alocado. Lucido de azul ensalzado. Hermoso a mis ojos enamorados.
Fragancia de playa y arena. Amigo sol de dunas y sal. Rumor de caracolas en mi adorada agua, bruñida de amor y ondas de azul, espuma de mar.
Sombrillas llenando el espacio de toallas de ilusión. Colores de arcoiris que viste la playa y reboza sus faldas de melodía y canción. Crema de enamorados, santuario de protección.
Viene mi chico cargado de ilusión. Salta la vida, resurge la pasión. Escucha su tintineo, se reboza mi corazón.
Sonríe a la mañana, sonríe su composición, sus partículas pequeñas, la intención.
Sus ojos esmerilados, de celeste fulgor, abrazan los sentidos, alegría de mi evocación.
Viene el verano, al fin, por Dios. Viene con su mochila a cuestas y su bastón. Excursiones de senda, amigos y distracción. Barbacoas de abrazos y mucha, mucha intención.
Agua fresca rizando los calores y besos, muchos besos que curan el corazón.
Claudia Ballester Grifo
Viene el verano. Viene hermoso, galán esperado. Huele a césped recién cortado, a hiedra escalando ojos de ventana; a hibiscus de rojo tatuado.
Viene mi amor ansiado. Ese trino de pájaros tan esperado. Esas noches de grillos a mi alféizar asomados. Ese silencio de asfalto... Se abre el cielo estrellado.
Viene silencioso, mullido de flores, bien acompañado. Se ríe con sus nubes de trazo etéreo y alocado. Lucido de azul ensalzado. Hermoso a mis ojos enamorados.
Fragancia de playa y arena. Amigo sol de dunas y sal. Rumor de caracolas en mi adorada agua, bruñida de amor y ondas de azul, espuma de mar.
Sombrillas llenando el espacio de toallas de ilusión. Colores de arcoiris que viste la playa y reboza sus faldas de melodía y canción. Crema de enamorados, santuario de protección.
Viene mi chico cargado de ilusión. Salta la vida, resurge la pasión. Escucha su tintineo, se reboza mi corazón.
Sonríe a la mañana, sonríe su composición, sus partículas pequeñas, la intención.
Sus ojos esmerilados, de celeste fulgor, abrazan los sentidos, alegría de mi evocación.
Viene el verano, al fin, por Dios. Viene con su mochila a cuestas y su bastón. Excursiones de senda, amigos y distracción. Barbacoas de abrazos y mucha, mucha intención.
Agua fresca rizando los calores y besos, muchos besos que curan el corazón.
Claudia Ballester Grifo
viernes, 19 de junio de 2020
MI LUZ.
Levita el amor sus ganas cuando en ese espacio del tiempo se bebe el deseo y el cielo se quebranta.
Ríe la burbuja caprichosa del cava. Rubia, bruñida, alegría tornasolada.
Cascabel que llama a tu puerta, cogida a una copa, bebiendo de tu mirada.
Sola en mi frío, suplicando unas migajas...
Solloza el mimo que repliega el recuerdo de mi añoranza.
Pequeña, muy pequeña... Amor mio,¿por qué tardas?
Sola, tan sola... La noche avanza con su largo de dama y sandalias de mil yardas.
Se adentra en el miedo de no ver el sol de mis ansias.
Esa sonrisa que ilumina el hielo y funde la escarcha. Que atraviesa con luceros y estrellas engalanadas. Que me hace esclava y a tu amor encadenada.
Ese puñal envenenado que en mi pecho rebrota con una rosa encarnada.
Dulce licor que empalaga mis sentidos y seduce mi alma.
Roba el tiempo sus segundos, se reinventa alargando la espera en una caja dorada.
El tic tac de sus agujas giran en un torbellino de amalgamas.
No se piensa lo que el corazón abraza, polvo y ausencia mientras mi sed bebe una esperanza.
- ¿Qué Oigo? -
Suena el ring en esta noche callada. Un timbre tímido y suave que me devuelve la vida y me libra de mis andanzas.
Se me nubla la vista, me chiclea la pose,convulsa la figura que despierta por arte de magia.
Abro la puerta y ahí estás con tu sonrisa amada.
Luz, luz y luz... Los ojos de mi cara.
Abrazo tus labios, enlazo el talle de tu presencia estimada.
No hay palabras. Tú y yo... Mi vida, el oxígeno que tú me pasas.
Claudia Ballester Grifo.
Levita el amor sus ganas cuando en ese espacio del tiempo se bebe el deseo y el cielo se quebranta.
Ríe la burbuja caprichosa del cava. Rubia, bruñida, alegría tornasolada.
Cascabel que llama a tu puerta, cogida a una copa, bebiendo de tu mirada.
Sola en mi frío, suplicando unas migajas...
Solloza el mimo que repliega el recuerdo de mi añoranza.
Pequeña, muy pequeña... Amor mio,¿por qué tardas?
Sola, tan sola... La noche avanza con su largo de dama y sandalias de mil yardas.
Se adentra en el miedo de no ver el sol de mis ansias.
Esa sonrisa que ilumina el hielo y funde la escarcha. Que atraviesa con luceros y estrellas engalanadas. Que me hace esclava y a tu amor encadenada.
Ese puñal envenenado que en mi pecho rebrota con una rosa encarnada.
Dulce licor que empalaga mis sentidos y seduce mi alma.
Roba el tiempo sus segundos, se reinventa alargando la espera en una caja dorada.
El tic tac de sus agujas giran en un torbellino de amalgamas.
No se piensa lo que el corazón abraza, polvo y ausencia mientras mi sed bebe una esperanza.
- ¿Qué Oigo? -
Suena el ring en esta noche callada. Un timbre tímido y suave que me devuelve la vida y me libra de mis andanzas.
Se me nubla la vista, me chiclea la pose,convulsa la figura que despierta por arte de magia.
Abro la puerta y ahí estás con tu sonrisa amada.
Luz, luz y luz... Los ojos de mi cara.
Abrazo tus labios, enlazo el talle de tu presencia estimada.
No hay palabras. Tú y yo... Mi vida, el oxígeno que tú me pasas.
Claudia Ballester Grifo.
jueves, 18 de junio de 2020
UNA LÍNEA.
La línea que pasa de la salud a la enfermedad no es recta ni gruesa. Se trata de una fina y endeble línea que nos traslada de un mundo de colores al blanco y negro en un segundo.
Nadie nos prepara para ello porque la sociedad no se preocupa por lo que considera lejano o ageno.
Nos dejamos llevar por la complacencia y el brillo y eso es algo que la propaganda conoce muy bien.
Nada de excusas. El choque de la realidad nos ha dado en las narices. Ha tenido que llegar un ser que no entiende de convenciones ni se casa con nadie. Un virus, de estructura sencilla, pero mortífera que pone al mundo en vilo.
Aún así, después de tres meses de confinamiento, sufrimiento e infinidad de secuelas, es salir a la calle y perder la cabeza.
Las mascarillas molestan. A unos les entran sofocos y otros se ahogan. Los jóvenes se abrazan como si no hubiera un mañana y, de hecho, ciegan los ojos de algún vulnerable con su impulso irreflexivo y escandaloso.
No más excusas. Esta realidad es la nuestra y no hay que mirar al prójimo para saber lo que toca.
Mascarillas, medidas de alejamiento e higiene son las tres premisas claras y ciertas. El tiempo que haga falta y con responsabilidad asumida y verdadera.
Ya llegará el antiviral y la bendita vacuna que nos saque de esta. La ciencia nos ayudará, pero mientras llega arrimemos el hombro y procedamos con la cabeza.
Quiero pensar que el grupo nos ha hecho avanzar y llegar hasta donde estamos.
Quiero creer en la voluntad del ser humano.
Quiero soñar en unos lazos que nos unen y se preocupan por nuestra suerte y cuidado.
Creo en el individuo racional e implicado.
Espero que el azote de la picaresca se convierta en un dibujo que forme parte del pasado.
Espero y ruego por la vida. Cada muerte es un mazazo.
Claudia Ballester Grifo.
La línea que pasa de la salud a la enfermedad no es recta ni gruesa. Se trata de una fina y endeble línea que nos traslada de un mundo de colores al blanco y negro en un segundo.
Nadie nos prepara para ello porque la sociedad no se preocupa por lo que considera lejano o ageno.
Nos dejamos llevar por la complacencia y el brillo y eso es algo que la propaganda conoce muy bien.
Nada de excusas. El choque de la realidad nos ha dado en las narices. Ha tenido que llegar un ser que no entiende de convenciones ni se casa con nadie. Un virus, de estructura sencilla, pero mortífera que pone al mundo en vilo.
Aún así, después de tres meses de confinamiento, sufrimiento e infinidad de secuelas, es salir a la calle y perder la cabeza.
Las mascarillas molestan. A unos les entran sofocos y otros se ahogan. Los jóvenes se abrazan como si no hubiera un mañana y, de hecho, ciegan los ojos de algún vulnerable con su impulso irreflexivo y escandaloso.
No más excusas. Esta realidad es la nuestra y no hay que mirar al prójimo para saber lo que toca.
Mascarillas, medidas de alejamiento e higiene son las tres premisas claras y ciertas. El tiempo que haga falta y con responsabilidad asumida y verdadera.
Ya llegará el antiviral y la bendita vacuna que nos saque de esta. La ciencia nos ayudará, pero mientras llega arrimemos el hombro y procedamos con la cabeza.
Quiero pensar que el grupo nos ha hecho avanzar y llegar hasta donde estamos.
Quiero creer en la voluntad del ser humano.
Quiero soñar en unos lazos que nos unen y se preocupan por nuestra suerte y cuidado.
Creo en el individuo racional e implicado.
Espero que el azote de la picaresca se convierta en un dibujo que forme parte del pasado.
Espero y ruego por la vida. Cada muerte es un mazazo.
Claudia Ballester Grifo.
miércoles, 17 de junio de 2020
NUBE Y SOL.
Acerca la nube a mi ventana. Se hace grande, es poderosa, me protege con su escarcha.
Bebo de su agua fresca, exprimo el limón de sus montañas.
Me visto con el aroma del Bierzo que ilumina mi fantasia alocada.
Es el romero el verde que predomina entre la hojarasca.
La bruma cubre con su manta la soledad de mis días que vuela con mis palabras.
Suspiros que exhalan y sobrepasan. Letras bordadas con vibrantes hilos que estiran de ellas y les dan alas.
Vuelan resueltas surcando la niebla que ciega sus ansias.
Circulan por el espejo de la vida que recibe su paloma blanca.
La tristeza se hace amiga de la calma.
Resbala la sal en el estanque de su agua.
Se licuan sus ojos, testigos son sus pestañas, aleteo rozando la esperanza de un día en la mañana.
No es indiferencia, no. No es desgana.
Es la antesala de proyectos, necesidad de una puesta en marcha.
Un punto de partida donde empezar la escalada.
Acerca el sol a mi casa. Que su luz brille dibujando su figura dorada.
Qué caliente mis huesos, mi taciturna mirada.
Ese sentir de mujer que se siente sola y abrumada.
Estrella ardiente de fuego perlada, admiro tus brillos y tus lenguas de lava.
Vísteme con tu hermosa capa y llévame en tu carro,
quiero ser CLEOPATRA.
Claudia Ballester Grifo
Acerca la nube a mi ventana. Se hace grande, es poderosa, me protege con su escarcha.
Bebo de su agua fresca, exprimo el limón de sus montañas.
Me visto con el aroma del Bierzo que ilumina mi fantasia alocada.
Es el romero el verde que predomina entre la hojarasca.
La bruma cubre con su manta la soledad de mis días que vuela con mis palabras.
Suspiros que exhalan y sobrepasan. Letras bordadas con vibrantes hilos que estiran de ellas y les dan alas.
Vuelan resueltas surcando la niebla que ciega sus ansias.
Circulan por el espejo de la vida que recibe su paloma blanca.
La tristeza se hace amiga de la calma.
Resbala la sal en el estanque de su agua.
Se licuan sus ojos, testigos son sus pestañas, aleteo rozando la esperanza de un día en la mañana.
No es indiferencia, no. No es desgana.
Es la antesala de proyectos, necesidad de una puesta en marcha.
Un punto de partida donde empezar la escalada.
Acerca el sol a mi casa. Que su luz brille dibujando su figura dorada.
Qué caliente mis huesos, mi taciturna mirada.
Ese sentir de mujer que se siente sola y abrumada.
Estrella ardiente de fuego perlada, admiro tus brillos y tus lenguas de lava.
Vísteme con tu hermosa capa y llévame en tu carro,
quiero ser CLEOPATRA.
Claudia Ballester Grifo
A TI, JORNALERO.
A ti jornalero de la vida que deambulas a orden escrita.
A ti zombi de la calle que arrastras el sudor y la agonía.
A ti coraje y valentía.
A ti que te enfrentas al riesgo y sacas lo mejor superando con creatividad la realidad sucia.
Sales con la primera luz,
navegando las calles con tu amiga,
cargada con su escalera.
Manos al volante, acariciando su fidelidad, blindada la compañía que vuestra intimidad recela.
Un mundo reducido a unas ruedas.
Un paradigma de libertad que corre por tus venas.
Desfila la calle, la gente, la panorámica entera.
Corre el día respirando el gas oíl, las ruedas resoplan al besar el fuego del alquitrán de la carretera.
Arrebol que invade tu rostro. El sol castiga una piel nívea de tantos ratos protegidos.
Vuelves derrotado y roto, en un suspiro, sin anunciarte.
Se evidencía tu silencio. Te limpias de tres meses de hogar y mimo.
Te dejas en la ducha cansancio de nervio reverdecido.
Llora el agua un jabón que aromatiza el ácido de tus sentidos contravenidos.
Oscurece el cielo sus nubes, avanza la serena luna. Las estrellas encienden miles de bombillas y vuelve el hombre a casa, con su familia.
A ti jornalero que luchas con tesón y gallardía.
A ti, mi hombre, pedestal de mis alegrías.
Al padre de mis hijas, a este azul de persona que unió su vida a la mía.
Claudia Ballester Grifo
A ti jornalero de la vida que deambulas a orden escrita.
A ti zombi de la calle que arrastras el sudor y la agonía.
A ti coraje y valentía.
A ti que te enfrentas al riesgo y sacas lo mejor superando con creatividad la realidad sucia.
Sales con la primera luz,
navegando las calles con tu amiga,
cargada con su escalera.
Manos al volante, acariciando su fidelidad, blindada la compañía que vuestra intimidad recela.
Un mundo reducido a unas ruedas.
Un paradigma de libertad que corre por tus venas.
Desfila la calle, la gente, la panorámica entera.
Corre el día respirando el gas oíl, las ruedas resoplan al besar el fuego del alquitrán de la carretera.
Arrebol que invade tu rostro. El sol castiga una piel nívea de tantos ratos protegidos.
Vuelves derrotado y roto, en un suspiro, sin anunciarte.
Se evidencía tu silencio. Te limpias de tres meses de hogar y mimo.
Te dejas en la ducha cansancio de nervio reverdecido.
Llora el agua un jabón que aromatiza el ácido de tus sentidos contravenidos.
Oscurece el cielo sus nubes, avanza la serena luna. Las estrellas encienden miles de bombillas y vuelve el hombre a casa, con su familia.
A ti jornalero que luchas con tesón y gallardía.
A ti, mi hombre, pedestal de mis alegrías.
Al padre de mis hijas, a este azul de persona que unió su vida a la mía.
Claudia Ballester Grifo
domingo, 14 de junio de 2020
MI CIELO.
Mi niña dibuja el cielo de una sonrisa azul que transforma mis miedos.
Amazona de la luz captura grumosos algodones que, sabe mis favoritos, entre los que se deshacen en un humo de sueños.
Mi niña me regala con sus ojos de lucero. Alegra mis penas con el regalo de sus juegos. Me acompaña con la querencia que da la proximidad y el arrobamiento. Comparte su sol y su hermoso espacio. Me estremece el alma con su voz, bello canto.
Me llama "mamá" y muevo mares y océanos. Me transformo en torbellino y acudo rauda a tirar de ese hilo que me lleva a su lado.
Mi niña cuenta estrellas y las atrapa en fotogramas secuenciales para que yo las vea.
Las agranda y les da brillo, comparte conmigo nombre y constelaciones.
Me acerca un trozo de noche para que sienta su fresco y la brisa del sueño me reconforte.
Mi niña me abraza como tantas veces yo hice.
Me besa y me derrite con el almíbar de sus emociones.
Sus largos silencios a mis direcciones, con ojos de melaza, la niña de mis amores.
Mi hija es flor de muchas canciones. Fragancia perfumada sin aceites ni perifollo. Blanca y natural, avecilla de altos vuelos.
Mi pequeña flor de loto.
Vamos juntas, fuertes y poderosas,madre e hija de la mano.
TE QUIERO.
Claudia Ballester Grifo
Mi niña dibuja el cielo de una sonrisa azul que transforma mis miedos.
Amazona de la luz captura grumosos algodones que, sabe mis favoritos, entre los que se deshacen en un humo de sueños.
Mi niña me regala con sus ojos de lucero. Alegra mis penas con el regalo de sus juegos. Me acompaña con la querencia que da la proximidad y el arrobamiento. Comparte su sol y su hermoso espacio. Me estremece el alma con su voz, bello canto.
Me llama "mamá" y muevo mares y océanos. Me transformo en torbellino y acudo rauda a tirar de ese hilo que me lleva a su lado.
Mi niña cuenta estrellas y las atrapa en fotogramas secuenciales para que yo las vea.
Las agranda y les da brillo, comparte conmigo nombre y constelaciones.
Me acerca un trozo de noche para que sienta su fresco y la brisa del sueño me reconforte.
Mi niña me abraza como tantas veces yo hice.
Me besa y me derrite con el almíbar de sus emociones.
Sus largos silencios a mis direcciones, con ojos de melaza, la niña de mis amores.
Mi hija es flor de muchas canciones. Fragancia perfumada sin aceites ni perifollo. Blanca y natural, avecilla de altos vuelos.
Mi pequeña flor de loto.
Vamos juntas, fuertes y poderosas,madre e hija de la mano.
TE QUIERO.
Claudia Ballester Grifo
DIA DEL ESCRITOR.
Suben los globos irisados y mates, de éter, para que duren lo que las letras mías.
Suben muy alto, en cielo abierto, la luna los recibe con su bata de cola.
Se ríe con la "j", con la "e" se sorprende, le cosquillea la"u", se derrite con la"m", dentera y, grande, se lleva con la "r".
MUJER que comprende y se une a mi ser de poeta con el sentir de la noche y la luz que embellece.
Palabras que me buscan y siempre, siempre me comprenden.
Palabras amigas con las que abrazo a mi gente, al mundo entero si quiere atenderme. Al que me escuche, quiera ser escuchado, quiera que yo esté presente.
Globos que suben románticos de rosa, honrados de azul, verdes de esperanza.
Suben y suben y besan el alma.
Alcanzan el sol que todo lo transforma.
Aparece el amarillo con su cara de ilusión y amparo.
Nos llueve el cristal con su manto blanco.
Nos roba el corazón el rojo de esas lenguas de fuego que quieren besarnos.
El naranja se mezcla con los marrones y los pardos, volando en mil hojas que encuadernan el otoño de un diario.
Globos que suben. Tinta que escribe en negro destacado el rótulo señalado.
Trino de pájaros, música de la naturaleza que el escritor lleva en su mochila y entrena con su mano.
Cohetes artificiales que estallan celebrando, hoy es su día, la pluma ha hablado.
Feliz día del escritor.
Claudia Ballester Grifo
Suben los globos irisados y mates, de éter, para que duren lo que las letras mías.
Suben muy alto, en cielo abierto, la luna los recibe con su bata de cola.
Se ríe con la "j", con la "e" se sorprende, le cosquillea la"u", se derrite con la"m", dentera y, grande, se lleva con la "r".
MUJER que comprende y se une a mi ser de poeta con el sentir de la noche y la luz que embellece.
Palabras que me buscan y siempre, siempre me comprenden.
Palabras amigas con las que abrazo a mi gente, al mundo entero si quiere atenderme. Al que me escuche, quiera ser escuchado, quiera que yo esté presente.
Globos que suben románticos de rosa, honrados de azul, verdes de esperanza.
Suben y suben y besan el alma.
Alcanzan el sol que todo lo transforma.
Aparece el amarillo con su cara de ilusión y amparo.
Nos llueve el cristal con su manto blanco.
Nos roba el corazón el rojo de esas lenguas de fuego que quieren besarnos.
El naranja se mezcla con los marrones y los pardos, volando en mil hojas que encuadernan el otoño de un diario.
Globos que suben. Tinta que escribe en negro destacado el rótulo señalado.
Trino de pájaros, música de la naturaleza que el escritor lleva en su mochila y entrena con su mano.
Cohetes artificiales que estallan celebrando, hoy es su día, la pluma ha hablado.
Feliz día del escritor.
Claudia Ballester Grifo
sábado, 13 de junio de 2020
VÉRTIGO.
La blanca cortina suda una aurora que se desliza furtiva.
Las brumas se invitan a cercar un halo que la inestabilidad suscita.
Gira y gira el torbellino de unos ojos que miran en marejadilla.
¡Qué paren este movimiento que las manos fijan!
Bailan las letras un tango aciago.
Deslizan sus cabezas hasta besar el entarimado.
Caen cadenciosas en lenta moviola o se precipitan en un suicidio gregario.
Se diluyen en un punto ciego, negando su existencia, quedando su cuartilla en un marrón manchado.
¡Qué paren este agujero negro que en mi equilibrio se ha sentado!
¡Qué paren la noria!
De este carrusel quiero ser aforado.
Quiero salir de este torbellino de sequía que mi empeño se ha buscado.
Colocón regalado, mal querencia del intencionado.
Crucero de pocos días,¡espero! Y es una loa al cielo levantado.
Caigo en un profundo negro,
mis ideas conmigo, mis ganas, aciertos y desaciertos.
Me sumerjo en un río, busco la orilla y nado mar adentro.
Claudia Ballester Grifo
La blanca cortina suda una aurora que se desliza furtiva.
Las brumas se invitan a cercar un halo que la inestabilidad suscita.
Gira y gira el torbellino de unos ojos que miran en marejadilla.
¡Qué paren este movimiento que las manos fijan!
Bailan las letras un tango aciago.
Deslizan sus cabezas hasta besar el entarimado.
Caen cadenciosas en lenta moviola o se precipitan en un suicidio gregario.
Se diluyen en un punto ciego, negando su existencia, quedando su cuartilla en un marrón manchado.
¡Qué paren este agujero negro que en mi equilibrio se ha sentado!
¡Qué paren la noria!
De este carrusel quiero ser aforado.
Quiero salir de este torbellino de sequía que mi empeño se ha buscado.
Colocón regalado, mal querencia del intencionado.
Crucero de pocos días,¡espero! Y es una loa al cielo levantado.
Caigo en un profundo negro,
mis ideas conmigo, mis ganas, aciertos y desaciertos.
Me sumerjo en un río, busco la orilla y nado mar adentro.
Claudia Ballester Grifo
TANZANIA 7
A 1km de distancia los oteadores se percataron de una manada de ñus que compartían pastos con un grupo de cebras. Aquello era fantástico. Si todo salía bien regresarían pronto a su hogar.
Los cazadores se agazapaban en grupos de cinco formando varias filas. Rodeaban la manada, atentos a dejarles un camino de escapada. Mediante gritos y emitiendo ruidos asustaban a los animales para provocar confusión y una huida a ciegas. Los más débiles se quedarían rezagados.
Lograron abatir varias piezas con sus lanzas y sus flechas. Se acercaron con cautela para recuperar sus armas y rematar a los moribundos.
Nadie había resultado herido con lo que cargaron con los ñus y cebras abatidas y se dirigieron al poblado, no antes de regalarse con un buen almuerzo.
Llegaron al poblado cuando ya oscurecía. Los niños salieron a recibirles alborozados. Se abrazaron a sus padres felices de verlos de vuelta. Venían cargados por lo que la operación había sido un éxito. Por la mañana todos ayudarían a trocear y preparar la carne. Disponían de sales y especias para secarla y darle aroma. Mantenían a los depredadores alejados por vallas y hogueras. Las fieras temían el fuego del hombre. El poblado dormía.
Arley y Matu se despertaron temprano. Ya se oía movimiento fuera y el olor de la carne dorándose por el fuego. Por la noche Matu estuvo contándole a Arlet historias de su familia y de su tierra. Se había quedado impresionada. Le habló de su ascendencia Masái y de unos extraños animales que formaban sus rebaños. Le habló en una extraña lengua de la que conocía algunas expresiones. Le dijo que era suajili. Provenía de una raza de guerreros orgullosos y esbeltos. Su madre le contaba cuentos y leyendas de la vaca sagrada que hablaba con los dioses, del rey león, de la hermosa soledad del elefante, del niño que no quería dormir… se dormía con las palabras entonadas protectoras y mimosas. Arlet no tenía memoria, no sabía de ancestros. Aquello la sumergió en una gran inquietud.
Danna y Axel ya estaban con Jan y Kioni fraccionando las piezas. Kioni se unía a los cantos africanos, cadenciosos y de tonos mantenidos. Hablaban de caza y de bonanza de las gentes. Agradecían a los dioses el periodo de paz y de prosperidad. Las alabanzas se alzaban con agudos que potenciaban las mujeres. Los cantos iluminaban el amanecer despertando el poblado.
Las madres cargaban a sus bebes mientras se empleaban en la tarea. Los pequeños le iban metiendo mano a los cereales preparados y a sus buenos tazones de leche.
No se desaprovechaba nada. Los huesos se iban a hervir para obtener caldos sustanciosos. Más tarde se pondrían a secar para machacarlos y obtener polvo de calcio. Los pequeños y más ornamentales se utilizarían para elaborar abalorios.
Las vejigas se limpiaban y se secaban estiradas para guardar el agua cuando viajaban. Los cuernos eran vaciados y aprovechados para beber. Del pelo de los rabos confeccionaban cuerdas y pulseras. De su piel hacían maravillas.
Berta y Edna estaban atentas a todos los movimientos. Magali, la hechicera sabía que el germen de la curiosidad se había sembrado. Los guías habían dado un cambio drástico a sus intenciones lo que iba a traer consecuencias impredecibles. Arlet les había contado su conversación con Matu.
Ademaro, padre de Arlet y Adolph y Lila, padres de Danna dieron el trabajo por terminado y animaron a todo el mundo a bañarse en el rio. Cogieron a sus hijos y se lanzaron entre gran algarabía al agua.
Una bruma se fue apoderando dificultando la visión. Se propagó un eco con una sintonía monocorde que congeló la escena como si se tratara de un programa de televisión al que se le hubiera dado la pausa…
Danna despertó en una habitación alucinante. No podía asimilar lo que estaba viendo. El terror se apoderó de ella. Un ángel se le acercó para introducirle algo en el cuerpo. Le sonrió para infundirle algo de tranquilidad. No le dolió, pero sintió un sueño dulzón que la llevó a la más absoluta oscuridad.
Alex estaba sentado delante de una mesa de un extraño material. Una mujer muy especial por su vestimenta y su peinado se dirigía a él hablándole en su idioma. Le hablaba de un estudio, de un proyecto derivado de acontecimientos que se habían producido en el año 2089. De dos grupos políticos y económicos que habían fragmentado el mundo. No entendía nada.
La palabra ¨experimento¨ taladraba su mente, repitiéndose como un mantra. Fracción del este y fracción del oeste. La fracción del este se empeñó en introducir a los masáis en la selección.
Subsidios, reducción de la población por vacunas y manipulación. Conflictos, violencia, pandemias inducidas, miedo y muerte.
Alex tenía la sensación de que sabía muchas cosas. Su memoria iba y venía. Oía gritos lejanos. La agresividad se mascaba en un escenario de gritos, de escenas de desolación donde la naturaleza era ultrajada y sobreexplotada.
Arlet dormía sobre una camilla. Llevaba una mascarilla de oxigeno por la que inhalaba sustancias. Le estaban practicando una pequeña intervención quirúrgica para extraerle óvulos.
La Dr. García era la encargada de recoger óvulos y esperma para congelarlos y poderlos utilizar después. Su mundo necesitaba individuos seleccionados por sus aptitudes fuera de la media.
El Dr. Li dirigía el departamento de obstetricia. Su mano derecha, la Dra. Brown se ocupaba de rescatar bebes de los poblados en estudio para introducirlos en el mundo real. Se trataba de recién nacidos robados a sus padres recreando un escenario plausible con el ataque de una fiera.
La octava planta del hospital estaba habilitada para tratar a estos inquilinos tan especiales. Su coeficiente intelectual y sus valores junto a la gran resistencia física les hacía muy valiosos.
Lidia dirigía la plantilla de enfermeras. Hoy no se paraba para almorzar. Los ecógrafos y aparatos de RX funcionaban a pleno rendimiento. Había que recoger muestras de fluidos y tejidos. Se analizaba absolutamente todo. Se extraía medula ósea e inmunoglobulinas para tratamientos y material para estudio.
Si todo salía bien se planificaría otra población de estudio en Tasmania, un estado de Australia donde se masacró a su población aborigen.
La bruma desapareció y la claridad de la tranquila tarde devolvió las risas al rio. La barrera del tiempo se alineó con la realidad de una ignorancia que debía continuar virgen. Los ojos que observaban desde sus visores eran imperceptibles a la vida en el Serengueti…
Claudia Ballester Grifo.
A 1km de distancia los oteadores se percataron de una manada de ñus que compartían pastos con un grupo de cebras. Aquello era fantástico. Si todo salía bien regresarían pronto a su hogar.
Los cazadores se agazapaban en grupos de cinco formando varias filas. Rodeaban la manada, atentos a dejarles un camino de escapada. Mediante gritos y emitiendo ruidos asustaban a los animales para provocar confusión y una huida a ciegas. Los más débiles se quedarían rezagados.
Lograron abatir varias piezas con sus lanzas y sus flechas. Se acercaron con cautela para recuperar sus armas y rematar a los moribundos.
Nadie había resultado herido con lo que cargaron con los ñus y cebras abatidas y se dirigieron al poblado, no antes de regalarse con un buen almuerzo.
Llegaron al poblado cuando ya oscurecía. Los niños salieron a recibirles alborozados. Se abrazaron a sus padres felices de verlos de vuelta. Venían cargados por lo que la operación había sido un éxito. Por la mañana todos ayudarían a trocear y preparar la carne. Disponían de sales y especias para secarla y darle aroma. Mantenían a los depredadores alejados por vallas y hogueras. Las fieras temían el fuego del hombre. El poblado dormía.
Arley y Matu se despertaron temprano. Ya se oía movimiento fuera y el olor de la carne dorándose por el fuego. Por la noche Matu estuvo contándole a Arlet historias de su familia y de su tierra. Se había quedado impresionada. Le habló de su ascendencia Masái y de unos extraños animales que formaban sus rebaños. Le habló en una extraña lengua de la que conocía algunas expresiones. Le dijo que era suajili. Provenía de una raza de guerreros orgullosos y esbeltos. Su madre le contaba cuentos y leyendas de la vaca sagrada que hablaba con los dioses, del rey león, de la hermosa soledad del elefante, del niño que no quería dormir… se dormía con las palabras entonadas protectoras y mimosas. Arlet no tenía memoria, no sabía de ancestros. Aquello la sumergió en una gran inquietud.
Danna y Axel ya estaban con Jan y Kioni fraccionando las piezas. Kioni se unía a los cantos africanos, cadenciosos y de tonos mantenidos. Hablaban de caza y de bonanza de las gentes. Agradecían a los dioses el periodo de paz y de prosperidad. Las alabanzas se alzaban con agudos que potenciaban las mujeres. Los cantos iluminaban el amanecer despertando el poblado.
Las madres cargaban a sus bebes mientras se empleaban en la tarea. Los pequeños le iban metiendo mano a los cereales preparados y a sus buenos tazones de leche.
No se desaprovechaba nada. Los huesos se iban a hervir para obtener caldos sustanciosos. Más tarde se pondrían a secar para machacarlos y obtener polvo de calcio. Los pequeños y más ornamentales se utilizarían para elaborar abalorios.
Las vejigas se limpiaban y se secaban estiradas para guardar el agua cuando viajaban. Los cuernos eran vaciados y aprovechados para beber. Del pelo de los rabos confeccionaban cuerdas y pulseras. De su piel hacían maravillas.
Berta y Edna estaban atentas a todos los movimientos. Magali, la hechicera sabía que el germen de la curiosidad se había sembrado. Los guías habían dado un cambio drástico a sus intenciones lo que iba a traer consecuencias impredecibles. Arlet les había contado su conversación con Matu.
Ademaro, padre de Arlet y Adolph y Lila, padres de Danna dieron el trabajo por terminado y animaron a todo el mundo a bañarse en el rio. Cogieron a sus hijos y se lanzaron entre gran algarabía al agua.
Una bruma se fue apoderando dificultando la visión. Se propagó un eco con una sintonía monocorde que congeló la escena como si se tratara de un programa de televisión al que se le hubiera dado la pausa…
Danna despertó en una habitación alucinante. No podía asimilar lo que estaba viendo. El terror se apoderó de ella. Un ángel se le acercó para introducirle algo en el cuerpo. Le sonrió para infundirle algo de tranquilidad. No le dolió, pero sintió un sueño dulzón que la llevó a la más absoluta oscuridad.
Alex estaba sentado delante de una mesa de un extraño material. Una mujer muy especial por su vestimenta y su peinado se dirigía a él hablándole en su idioma. Le hablaba de un estudio, de un proyecto derivado de acontecimientos que se habían producido en el año 2089. De dos grupos políticos y económicos que habían fragmentado el mundo. No entendía nada.
La palabra ¨experimento¨ taladraba su mente, repitiéndose como un mantra. Fracción del este y fracción del oeste. La fracción del este se empeñó en introducir a los masáis en la selección.
Subsidios, reducción de la población por vacunas y manipulación. Conflictos, violencia, pandemias inducidas, miedo y muerte.
Alex tenía la sensación de que sabía muchas cosas. Su memoria iba y venía. Oía gritos lejanos. La agresividad se mascaba en un escenario de gritos, de escenas de desolación donde la naturaleza era ultrajada y sobreexplotada.
Arlet dormía sobre una camilla. Llevaba una mascarilla de oxigeno por la que inhalaba sustancias. Le estaban practicando una pequeña intervención quirúrgica para extraerle óvulos.
La Dr. García era la encargada de recoger óvulos y esperma para congelarlos y poderlos utilizar después. Su mundo necesitaba individuos seleccionados por sus aptitudes fuera de la media.
El Dr. Li dirigía el departamento de obstetricia. Su mano derecha, la Dra. Brown se ocupaba de rescatar bebes de los poblados en estudio para introducirlos en el mundo real. Se trataba de recién nacidos robados a sus padres recreando un escenario plausible con el ataque de una fiera.
La octava planta del hospital estaba habilitada para tratar a estos inquilinos tan especiales. Su coeficiente intelectual y sus valores junto a la gran resistencia física les hacía muy valiosos.
Lidia dirigía la plantilla de enfermeras. Hoy no se paraba para almorzar. Los ecógrafos y aparatos de RX funcionaban a pleno rendimiento. Había que recoger muestras de fluidos y tejidos. Se analizaba absolutamente todo. Se extraía medula ósea e inmunoglobulinas para tratamientos y material para estudio.
Si todo salía bien se planificaría otra población de estudio en Tasmania, un estado de Australia donde se masacró a su población aborigen.
La bruma desapareció y la claridad de la tranquila tarde devolvió las risas al rio. La barrera del tiempo se alineó con la realidad de una ignorancia que debía continuar virgen. Los ojos que observaban desde sus visores eran imperceptibles a la vida en el Serengueti…
Claudia Ballester Grifo.
viernes, 12 de junio de 2020
TANZANIA 6.
Con la primera luz de la aurora los cazadores se dispusieron para emprender el viaje. Se habían preparado con viandas por si se alargaba la jornada y llevaban tatuada una cruz con arcilla roja en la frente. La hechicera con sus ritos convocaba para que la suerte fuera propicia y los jóvenes iniciaron su aventura con el convencimiento de que volverían cargados para el abastecimiento.
Delante iban los oteadores. Avistaban los rebaños y avisaban de la orientación y la distancia. Los cazadores mayores preparaban la estrategia.
Avistaron una manada de búfalos.
El águila surcaba el limpio cielo. Los elefantes bebían del rio mientras los rinocerontes desde la lejanía, inmersos en el agua bostezaban desafiantes.
Una cebra los miraba con ojos curiosos y los pasos de los oteadores se adentraban entre la hermosa vegetación que se abría abastecida por el agua. Debían ser silenciosos. Los animales se movían por un código secreto de camaradería. Desde los árboles los centinelas alertaban con sus graznidos y alaridos de un posible peligro. Era más fácil alcanzar a un animal despistado y solo.
Axel y Jan se acercaron con sigilo arrullados por el trino de las aves. Llevaban sus arcos y flechas. Danna manejaba la onda y se mantenía a distancia. Arlet, Matu y Kioni se acercaron por el lado contrario con lanzas. Mientras unos lo amenazaban por un lado los otros lo remataban por el otro cortando la salida. Los demás se hallaban expectantes creando un cordón imposible de franquear. Las flechas lo encabritaron produciendo una huida ciega que paralizó la puntería de las lanzas. La pieza fue abatida y los cazadores dieron gracias por este sacrificio de la madre naturaleza. La pieza era grande y no podían dejarla allí. Los depredadores no tardarían en encontrarla. Utilizaron sus magníficos cuchillos y astrales para despedazarlo y lo cargaron para prepararlo en el campamento. Los que se habían cobrado la pieza se despidieron del grupo deseándoles suerte, ellos regresaban con la caza lograda.
Los demás prosiguieron en dirección al Kilimanjaro, hacia el noroeste. El monte era sagrado. Nadie debía escalar sus cumbres, aunque sabían que el acceso era fácil. Sus volcanes daban lugar a hermosas leyendas. Mientras andaban Heidi, se decidió a ir relatando una.
Shira, Mawenzi y Kibo eran hermanos. Kibo fue el último en nacer y el más pequeño, sin embargo, superó rápidamente en altura a sus hermanos. De carácter más frio, su larga cabellera de hielo alimentaba de rocío la vegetación de líquenes y musgo. Mawenzi tenía un carácter más reservado, no destacaba por ningún motivo en especial, aunque se encabritaba con más facilidad y sus lloros de lava lamian las laderas calentando su fertilidad. Shira como hermana mayor sufría el peso de una disciplina más austera; la Madre Naturaleza volcaba su aprendizaje en ella y actuaba por acierto y error. Un día la Madre tuvo un sueño premonitorio e hizo regurgitar a su hija la comida del día. Reposó la papilla del magma y tras enviarle aires fríos del aliento de Kibo conformó el molde de un hombre. Esa criatura iba a llenar el monte de iniciativas y alegría. Procrearía con la mujer que saldría de su ceniza. La mujer se colocaría a su lado como igual y, juntos, iban a hacer de la tierra sagrada su medio de vida. Los hijos llenarían las planicies y las altiplanicies y besarían de ideas el tesoro que se les brindaba. Hecho el diseño sopló la Madre y el ser humano abrió los ojos y admiró la vida.
Con el tibio calor que Mawenzi mandaba a Kibo cuando jugaban al escondite de soles y lunas, con el cambio de estaciones, el cabello de hielo goteaba ríos que alimentaba la tierra y enriquecía sus elementos. Se llenó de peces su cauce, manjar exquisito.
Con el enfado de los hermanos cuando uno se sentía menos que el otro y la rivalidad estallaba con su erupción Pliniana se dibujaron las aves para poblar los cielos y acompañar al hombre en sus andanzas.
Kibo se atragantó con la risa que le producía las parodias que se montaba Shira con los enfados de la Madre. A espaldas de ella hacía guiños a sus hermanos y contenía la respiración hasta enrojecer su mirada. Se produjo un hipeo de erupción Estromboliana conformando una gran variedad de animales. El capricho del medio los habilitó con diversas características y oportunidades.
Pasaron los años y las generaciones se sucedían conviviendo con lo creado en armonía. La inteligencia del ser humano le llevaba a liderar las especies y con el transcurso de la historia fue dominando el medio.
Se establecieron los cultivos, el trueque y el sedentarismo. Las poblaciones fueron creciendo abusando de los recursos que se les había proporcionado. La Madre se sintió atacada, Su corazón llevado al colapso porque se interrumpía la circulación de su sangre. Le subió la temperatura e hizo una sepsis.
Shira estaba como loca, no sabía que hacer viendo que con la enfermedad de la Madre les iba la vida a todos. Vomitaba grandes erupciones asolando su desdicha. Los hermanos acompañaron su desespero con terremotos y sunamis. Las ganas de poder y la lucha fratricida de los hombres agotaban los recursos y el cataclismo fue la respuesta. El frio más intenso lloró el sufrimiento de la Madre Naturaleza y los hielos acabaron con todo. Desde entonces el Kilimanjaro se mantenía en silencio convirtiéndose en un recinto sagrado, un lugar prohibido.
Los compañeros de caza asentían complacidos. Todos sabían que el Kilimanjaro les aportaba gran parte de la belleza que les albergaba. Era una fruta que no debían morder. Aceptaban la norma como un dogma de fe.
Osiel, el compañero de Heidi, se quedó pensativo. Había oído muchas historias. Las nieves que se producían en los picos de las montañas, en su deshielo, conducían unas aguas preciosas para la subsistencia del Serengueti. Las nubes chocaban contra sus cimas produciendo unas lluvias que cubrían la tierra de verde. ¿Qué magia escondería sus desniveles? La curiosidad le quemaba por dentro y la frustración envenenaba su mente.
Miró a su mujer con lascivia. Esa mujer era preciosa, le provocaba. Su cabello sedoso y, ese color robado al sol más alto y radiante, se reflejaba en sus instintos más primitivos. Sentía la sed de morder sus labios de sangre y buscó su reserva de agua para humedecer la sequedad de su garganta. Heidi no decía nada, esa mirada violaba la noche de sus ojos y la estremecía, sentía miedo.
Claudia Ballester Grifo.
Con la primera luz de la aurora los cazadores se dispusieron para emprender el viaje. Se habían preparado con viandas por si se alargaba la jornada y llevaban tatuada una cruz con arcilla roja en la frente. La hechicera con sus ritos convocaba para que la suerte fuera propicia y los jóvenes iniciaron su aventura con el convencimiento de que volverían cargados para el abastecimiento.
Delante iban los oteadores. Avistaban los rebaños y avisaban de la orientación y la distancia. Los cazadores mayores preparaban la estrategia.
Avistaron una manada de búfalos.
El águila surcaba el limpio cielo. Los elefantes bebían del rio mientras los rinocerontes desde la lejanía, inmersos en el agua bostezaban desafiantes.
Una cebra los miraba con ojos curiosos y los pasos de los oteadores se adentraban entre la hermosa vegetación que se abría abastecida por el agua. Debían ser silenciosos. Los animales se movían por un código secreto de camaradería. Desde los árboles los centinelas alertaban con sus graznidos y alaridos de un posible peligro. Era más fácil alcanzar a un animal despistado y solo.
Axel y Jan se acercaron con sigilo arrullados por el trino de las aves. Llevaban sus arcos y flechas. Danna manejaba la onda y se mantenía a distancia. Arlet, Matu y Kioni se acercaron por el lado contrario con lanzas. Mientras unos lo amenazaban por un lado los otros lo remataban por el otro cortando la salida. Los demás se hallaban expectantes creando un cordón imposible de franquear. Las flechas lo encabritaron produciendo una huida ciega que paralizó la puntería de las lanzas. La pieza fue abatida y los cazadores dieron gracias por este sacrificio de la madre naturaleza. La pieza era grande y no podían dejarla allí. Los depredadores no tardarían en encontrarla. Utilizaron sus magníficos cuchillos y astrales para despedazarlo y lo cargaron para prepararlo en el campamento. Los que se habían cobrado la pieza se despidieron del grupo deseándoles suerte, ellos regresaban con la caza lograda.
Los demás prosiguieron en dirección al Kilimanjaro, hacia el noroeste. El monte era sagrado. Nadie debía escalar sus cumbres, aunque sabían que el acceso era fácil. Sus volcanes daban lugar a hermosas leyendas. Mientras andaban Heidi, se decidió a ir relatando una.
Shira, Mawenzi y Kibo eran hermanos. Kibo fue el último en nacer y el más pequeño, sin embargo, superó rápidamente en altura a sus hermanos. De carácter más frio, su larga cabellera de hielo alimentaba de rocío la vegetación de líquenes y musgo. Mawenzi tenía un carácter más reservado, no destacaba por ningún motivo en especial, aunque se encabritaba con más facilidad y sus lloros de lava lamian las laderas calentando su fertilidad. Shira como hermana mayor sufría el peso de una disciplina más austera; la Madre Naturaleza volcaba su aprendizaje en ella y actuaba por acierto y error. Un día la Madre tuvo un sueño premonitorio e hizo regurgitar a su hija la comida del día. Reposó la papilla del magma y tras enviarle aires fríos del aliento de Kibo conformó el molde de un hombre. Esa criatura iba a llenar el monte de iniciativas y alegría. Procrearía con la mujer que saldría de su ceniza. La mujer se colocaría a su lado como igual y, juntos, iban a hacer de la tierra sagrada su medio de vida. Los hijos llenarían las planicies y las altiplanicies y besarían de ideas el tesoro que se les brindaba. Hecho el diseño sopló la Madre y el ser humano abrió los ojos y admiró la vida.
Con el tibio calor que Mawenzi mandaba a Kibo cuando jugaban al escondite de soles y lunas, con el cambio de estaciones, el cabello de hielo goteaba ríos que alimentaba la tierra y enriquecía sus elementos. Se llenó de peces su cauce, manjar exquisito.
Con el enfado de los hermanos cuando uno se sentía menos que el otro y la rivalidad estallaba con su erupción Pliniana se dibujaron las aves para poblar los cielos y acompañar al hombre en sus andanzas.
Kibo se atragantó con la risa que le producía las parodias que se montaba Shira con los enfados de la Madre. A espaldas de ella hacía guiños a sus hermanos y contenía la respiración hasta enrojecer su mirada. Se produjo un hipeo de erupción Estromboliana conformando una gran variedad de animales. El capricho del medio los habilitó con diversas características y oportunidades.
Pasaron los años y las generaciones se sucedían conviviendo con lo creado en armonía. La inteligencia del ser humano le llevaba a liderar las especies y con el transcurso de la historia fue dominando el medio.
Se establecieron los cultivos, el trueque y el sedentarismo. Las poblaciones fueron creciendo abusando de los recursos que se les había proporcionado. La Madre se sintió atacada, Su corazón llevado al colapso porque se interrumpía la circulación de su sangre. Le subió la temperatura e hizo una sepsis.
Shira estaba como loca, no sabía que hacer viendo que con la enfermedad de la Madre les iba la vida a todos. Vomitaba grandes erupciones asolando su desdicha. Los hermanos acompañaron su desespero con terremotos y sunamis. Las ganas de poder y la lucha fratricida de los hombres agotaban los recursos y el cataclismo fue la respuesta. El frio más intenso lloró el sufrimiento de la Madre Naturaleza y los hielos acabaron con todo. Desde entonces el Kilimanjaro se mantenía en silencio convirtiéndose en un recinto sagrado, un lugar prohibido.
Los compañeros de caza asentían complacidos. Todos sabían que el Kilimanjaro les aportaba gran parte de la belleza que les albergaba. Era una fruta que no debían morder. Aceptaban la norma como un dogma de fe.
Osiel, el compañero de Heidi, se quedó pensativo. Había oído muchas historias. Las nieves que se producían en los picos de las montañas, en su deshielo, conducían unas aguas preciosas para la subsistencia del Serengueti. Las nubes chocaban contra sus cimas produciendo unas lluvias que cubrían la tierra de verde. ¿Qué magia escondería sus desniveles? La curiosidad le quemaba por dentro y la frustración envenenaba su mente.
Miró a su mujer con lascivia. Esa mujer era preciosa, le provocaba. Su cabello sedoso y, ese color robado al sol más alto y radiante, se reflejaba en sus instintos más primitivos. Sentía la sed de morder sus labios de sangre y buscó su reserva de agua para humedecer la sequedad de su garganta. Heidi no decía nada, esa mirada violaba la noche de sus ojos y la estremecía, sentía miedo.
Claudia Ballester Grifo.
miércoles, 10 de junio de 2020
TÁNGER.
Me perdí en el azul de tu mirada,un lago profundo de letras por piedras.
Buceé en una placenta materna,buscando en el fondo la identidad que me quema.
Aluciné noches de vigília, desnuda y pudorosa, ocultando mi figura;
huyendo perdida, reclamando un corte de traje que no me respondía.
Amanecí acariciando tu pelo, regalada con un ardor que no fingía.
Sentí resbalar la tinta por el blanco de tu gallardía.
Esos pantalones de noche que ceñían tu apostura.
Ese viento que las olas abrazaban, hijas del Atlántico, sunsurros de otra vida.
Desperté pidiendo más. Fragancias de limón fresco y base de madera.
Crucé la arena en un sol de frío navideño sin bolas ni muérdago.
Descubrí la gruta que cien años devolviera.
Hallé el cuerpo de un cadáver que me regaló una certeza.
El sol besó el frío y húmedo sepulcro de un cúmulo de arena.
Claudia Ballester Grifo
Poesia inspirada en "Niebla en Tánger" de Cristina López Barrio.
Lienzo cogido de la Red.
Me perdí en el azul de tu mirada,un lago profundo de letras por piedras.
Buceé en una placenta materna,buscando en el fondo la identidad que me quema.
Aluciné noches de vigília, desnuda y pudorosa, ocultando mi figura;
huyendo perdida, reclamando un corte de traje que no me respondía.
Amanecí acariciando tu pelo, regalada con un ardor que no fingía.
Sentí resbalar la tinta por el blanco de tu gallardía.
Esos pantalones de noche que ceñían tu apostura.
Ese viento que las olas abrazaban, hijas del Atlántico, sunsurros de otra vida.
Desperté pidiendo más. Fragancias de limón fresco y base de madera.
Crucé la arena en un sol de frío navideño sin bolas ni muérdago.
Descubrí la gruta que cien años devolviera.
Hallé el cuerpo de un cadáver que me regaló una certeza.
El sol besó el frío y húmedo sepulcro de un cúmulo de arena.
Claudia Ballester Grifo
Poesia inspirada en "Niebla en Tánger" de Cristina López Barrio.
Lienzo cogido de la Red.
TANZANIA 4.
La homosexualidad no era un tema tabú en la población. Se daban relaciones abiertas. El porcentaje de parejas del mismo género era menor y tenían derecho a comentarlo a los maestros de ceremonia. Las mujeres formaban el grupo de las amazonas y los hombres de los guerreros. Se encargaban de comprobar los límites del territorio y de velar por la convivencia. representaban la defensa y la protección del asentamiento.
Eitana y Ava se habían conocido dos años antes, en una de las fiestas. Eitana pertenecía a la primera aldea y Ava a la segunda. Pasaban mucho tiempo sin verse, pero cuando se encontraban saltaban chispas entre ellas.
Kairu y Macario también era una pareja que se había conformado en esta ocasión. Procedían de la tercera aldea y su amistad de niños se había transformado con los años. El color negro de sus pieles refulgía en la danza del fuego. La bebida hacía efecto en la medida que la noche se desplomaba, cansada e indolente.
Los primeros en retirarse fueron las nuevas parejas, recelosas de un poco de intimidad y hambrientas de caricias. Los tambores seguían desgarrando el bostezo de la noche. El tam tam se iba ahogando en la nostalgia de los que sueñan.
La noche en el Serengueti no dormía. Los leones salían de caza. Las leonas tenían cachorros que alimentar. La familia había aumentado mucho en los últimos tres años. Se mantenían unas condiciones óptimas de pastos y crecía el alimento. Estábamos en la época de nacimientos y las madres se mostraban inquietas y recelosas. Una hembra de jirafa estaba dando a luz a su cría. Se había apartado del grupo para evitar accidentes y había buscado un entorno seguro donde parir.
El ñu hembra paría amparada por el grupo. Nada más tocaba la cría el suelo la animaban para que se levantara. Era esencial que fortaleciera las patas lo más pronto posible. Si atacaban los depredadores había que correr y los adultos no esperaban.
Los búfalos se sentían más seguros. Sus cornamentas asustaban a los leones y solo atacaban si veían alguna victima factible. Tenían que tener mucha hambre para buscar una pieza tan grande. Los adultos protegían a las crías rodeándolas y enfrentándose a los leones. Formaban un frente resuelto que los hacia perder terreno y retroceder. Las leonas valoraban mucho su integridad. Una cornada de esas fieras podía abrir heridas muy mutilantes o mortales.
Los elefantes formaban una familia con lazos muy fuertes. Tenían memoria, al igual que los búfalos. Sentían una inquina especial por los depredadores y si se encontraban con cachorros de león los pisoteaban sin compasión.
Las crías de los elefantes eran muy cuidadas y protegidas. Las tías y las abuelas ayudaban a la madre y estaban siempre muy pendientes.
La matriarca escuchó un rumor entre los matorrales. No le llegaba ningún olor porque las leonas se agazapaban en dirección contraria al viento. Levantó las orejas y la trompa, olfateando. Algo no iba bien, pero no lograba orientar el peligro. Decidió despertar al grupo y salir huyendo. Con la precipitación se olvidaron de una cría dormida. La matriarca de los leones aprovechó la ocasión y se abalanzó sobre el durmiente que yacía en el suelo. Le siguieron los más jóvenes que observaban seguros desde su puesto de observación. El suelo tembló a su alrededor. La madre volvía seguida de la manada. Tuvieron que soltar a la presa y huir. No se podían enfrentar con lo que les venía encima. El pequeñín estaba asustado. Se había despertado entre las zarpas de la leona y su olor recorría todo su cuerpecito. La madre lo arrulló con tocamientos de su trompa y todo quedó en un mal sueño.
Los leones, frustrados y hambrientos siguieron en su búsqueda.
De pronto algo llamó la atención de la leona. Un fuerte olor de placenta descubrió el alumbramiento de la solitaria jirafa. La madre azuzaba a la hija para que se levantara, pero el recién nacido tenía problemas para enderezar sus patas. Le estaba costando mucho incorporarse y la madre espantaba su mirada. Olía el aroma del peligro y decidió proteger a la cría entre sus patas. Las leonas se le abalanzaron en todas direcciones. Desesperada, disparaba coces y movía su largo cuello enfrentándolo como un látigo de terribles consecuencias. Seis miembros de una manada era una desventaja terrible para ella. Se percató de que la cría no se movía. Al intentar defenderla la pisó y no daba señales de vida. Decidió dejarla, no había nada que hacer. En su huida fue acorralada y reducida. Se sentía agotada. Debilitada por el parto y con el sobreesfuerzo de defender a la pequeña. Sus enormes ojos se cerraron para descansar su agonía.
Los sonidos de la noche reían con las hienas. Habían encontrado el escondite de dos cachorros de leopardo. La madre los mantenía a cubierto mientras se iba de caza. Al amanecer volvió con su presa. Subió al ñu al árbol para protegerlo de merodeadores y se fue a buscar a sus hijos. Encontró a la hembra sola. Su hermano había desaparecido. No quedaba rastro, pero el olor de las hienas era muy fuerte. Se llevó a su hija para comer.
El poblado amanecía cuando el sol llevaba horas alto.
Claudia Ballester Grifo.
La homosexualidad no era un tema tabú en la población. Se daban relaciones abiertas. El porcentaje de parejas del mismo género era menor y tenían derecho a comentarlo a los maestros de ceremonia. Las mujeres formaban el grupo de las amazonas y los hombres de los guerreros. Se encargaban de comprobar los límites del territorio y de velar por la convivencia. representaban la defensa y la protección del asentamiento.
Eitana y Ava se habían conocido dos años antes, en una de las fiestas. Eitana pertenecía a la primera aldea y Ava a la segunda. Pasaban mucho tiempo sin verse, pero cuando se encontraban saltaban chispas entre ellas.
Kairu y Macario también era una pareja que se había conformado en esta ocasión. Procedían de la tercera aldea y su amistad de niños se había transformado con los años. El color negro de sus pieles refulgía en la danza del fuego. La bebida hacía efecto en la medida que la noche se desplomaba, cansada e indolente.
Los primeros en retirarse fueron las nuevas parejas, recelosas de un poco de intimidad y hambrientas de caricias. Los tambores seguían desgarrando el bostezo de la noche. El tam tam se iba ahogando en la nostalgia de los que sueñan.
La noche en el Serengueti no dormía. Los leones salían de caza. Las leonas tenían cachorros que alimentar. La familia había aumentado mucho en los últimos tres años. Se mantenían unas condiciones óptimas de pastos y crecía el alimento. Estábamos en la época de nacimientos y las madres se mostraban inquietas y recelosas. Una hembra de jirafa estaba dando a luz a su cría. Se había apartado del grupo para evitar accidentes y había buscado un entorno seguro donde parir.
El ñu hembra paría amparada por el grupo. Nada más tocaba la cría el suelo la animaban para que se levantara. Era esencial que fortaleciera las patas lo más pronto posible. Si atacaban los depredadores había que correr y los adultos no esperaban.
Los búfalos se sentían más seguros. Sus cornamentas asustaban a los leones y solo atacaban si veían alguna victima factible. Tenían que tener mucha hambre para buscar una pieza tan grande. Los adultos protegían a las crías rodeándolas y enfrentándose a los leones. Formaban un frente resuelto que los hacia perder terreno y retroceder. Las leonas valoraban mucho su integridad. Una cornada de esas fieras podía abrir heridas muy mutilantes o mortales.
Los elefantes formaban una familia con lazos muy fuertes. Tenían memoria, al igual que los búfalos. Sentían una inquina especial por los depredadores y si se encontraban con cachorros de león los pisoteaban sin compasión.
Las crías de los elefantes eran muy cuidadas y protegidas. Las tías y las abuelas ayudaban a la madre y estaban siempre muy pendientes.
La matriarca escuchó un rumor entre los matorrales. No le llegaba ningún olor porque las leonas se agazapaban en dirección contraria al viento. Levantó las orejas y la trompa, olfateando. Algo no iba bien, pero no lograba orientar el peligro. Decidió despertar al grupo y salir huyendo. Con la precipitación se olvidaron de una cría dormida. La matriarca de los leones aprovechó la ocasión y se abalanzó sobre el durmiente que yacía en el suelo. Le siguieron los más jóvenes que observaban seguros desde su puesto de observación. El suelo tembló a su alrededor. La madre volvía seguida de la manada. Tuvieron que soltar a la presa y huir. No se podían enfrentar con lo que les venía encima. El pequeñín estaba asustado. Se había despertado entre las zarpas de la leona y su olor recorría todo su cuerpecito. La madre lo arrulló con tocamientos de su trompa y todo quedó en un mal sueño.
Los leones, frustrados y hambrientos siguieron en su búsqueda.
De pronto algo llamó la atención de la leona. Un fuerte olor de placenta descubrió el alumbramiento de la solitaria jirafa. La madre azuzaba a la hija para que se levantara, pero el recién nacido tenía problemas para enderezar sus patas. Le estaba costando mucho incorporarse y la madre espantaba su mirada. Olía el aroma del peligro y decidió proteger a la cría entre sus patas. Las leonas se le abalanzaron en todas direcciones. Desesperada, disparaba coces y movía su largo cuello enfrentándolo como un látigo de terribles consecuencias. Seis miembros de una manada era una desventaja terrible para ella. Se percató de que la cría no se movía. Al intentar defenderla la pisó y no daba señales de vida. Decidió dejarla, no había nada que hacer. En su huida fue acorralada y reducida. Se sentía agotada. Debilitada por el parto y con el sobreesfuerzo de defender a la pequeña. Sus enormes ojos se cerraron para descansar su agonía.
Los sonidos de la noche reían con las hienas. Habían encontrado el escondite de dos cachorros de leopardo. La madre los mantenía a cubierto mientras se iba de caza. Al amanecer volvió con su presa. Subió al ñu al árbol para protegerlo de merodeadores y se fue a buscar a sus hijos. Encontró a la hembra sola. Su hermano había desaparecido. No quedaba rastro, pero el olor de las hienas era muy fuerte. Se llevó a su hija para comer.
El poblado amanecía cuando el sol llevaba horas alto.
Claudia Ballester Grifo.
martes, 9 de junio de 2020
TANZANIA 3
Berta y Edna departían temas importantes con cazadores de los otros poblados. Hablaban con sobreentendidos. Gestos sutiles como el elevar una ceja o una caída de parpados. Su lenguaje era el fruto de un logaritmo matemático que alguien había creado pensando en el proyecto. Ese lenguaje se había convertido en el medio de comunicación de todos. La Torre de Babel había conseguido una lengua, única para ese parque, refugio de flora, fauna y humanos en su estado más puro. Las ordenes eran claras. A los judíos y arios se debía cruzar la resistencia de los negros. Todos absolutamente presentaban un coeficiente intelectual superior a 130. Este factor les hacía muy resolutivos, pero se había constatado muchos abortos y problemas en el parto y neonatales. La introducción de la raza negra era un intento de mejorar los resultados. Por lo tanto, se iba a intentar formar parejas de distinto color de piel.
El aire se respiraba limpio y cálido. Los animales se mantenían lejos del poblado respetando las márgenes del territorio. El reclamo del león se oía a km como una letanía de vida que proveía a la naturaleza de unos hijos que aseguraban el futuro. La presencia de los depredadores marcaba el saneamiento y el equilibrio que regulaba el crecimiento de las especies. Leones, guepardos, buitres, hienas… son responsables de la selección natural y de la limpieza de la sabana. Pastos, ñus y buitres para cerrar el círculo. Los herbívoros comen hierba, unos pastos que alrededor del rio Mara nunca faltan. En época de sequía la lucha por la vida alcanza su punto más extremo. Los rebaños de ñus y cebras se suelen reunir para cruzar el rio. Al final de agosto los carroñeros están esperando. Los cocodrilos agazapados en el lecho del rio atisban sus presas a medida que se envalentonan para alcanzar la orilla opuesta. Los más valientes suelen sufrir la primera embestida. Los últimos tampoco salen mejor parados. Las madres vigilan a sus crías en medio de la avalancha y la confusión. Aun así, alguna se pierde no pudiendo pasar y regresando por donde había venido, sola y presa fácil. Otras son arrastradas por la corriente y separadas de sus madres que no tiene más remedio que continuar. La tercera criba la pasan al intentar superar los muros para salir del rio. Los buitres rescatan los cuerpos que quedan amontonados.
Kilómetros más abajo unos hipopótamos recelosos de la higiene de su zona van arrinconando los cuerpos que flotan en sus aguas. Las hienas acuden inmediatamente al festín de intensos olores. Los buitres esperaran a que ellas acaben.
En el poblado los comensales brindaban y fumaban esencias que abrían sus espíritus. Se unían en bailes cadenciosos al sonido de tambores y timbales. El sonido de las flautas elevaba el tono a pura magia. Los niños aprovechaban el despiste generalizado para aventurarse por los alrededores.
Adalia cogió un buen trozo de deshecho de muslo de avestruz y llamó a su amigo chacal. Con un profundo aullido mantenido por unos segundos recibió contestación. Erika se mantenía a su lado sabedora de lo que iba a suceder. Su hermana, aunque solo tuviera cuatro años se comunicaba muy bien con los animales. El perrillo acudió moviendo la cola. Los niños foráneos se alejaron de la escena temerosos. No estaban acostumbrados a esa proximidad con un depredador. El chacal acogía con gusto las caricias de las niñas. Los demás se fueron animando y acabaron jugando a perseguirse los unos a los otros.
Berta se acercó a Adher, su compañero. Iba entrando la tarde y las parejas atarían sus pañuelos. Reclinó su cabeza sobre su hombro y dejó escapar un suspiro. Corrieron muchas lunas desde su iniciación. Berta pertenecía a la primera aldea y Adher a la segunda. Ni siquiera se habían visto en la fiesta. Él no entraba en la idea que tenía para formar una familia. Cuando los emparejaron intentaron no mostrar ninguna emoción. Sabían lo que se esperaba de ellos y no dudaron en sonreír esperanzados. Los guías habían decidido y su sabiduría era incuestionable. Se quedaron en una choza de la aldea de Berta. Una choza construida para ellos. El hombre solía quedarse a residir en el poblado de la mujer. La primera noche Berta se relajó con el trato amable de Adher. El joven no esperaba ningún acercamiento íntimo. No es que no le gustara su pareja, todo lo contrario, la encontraba muy seductora. Tenía una sensualidad innata que dejaba un aroma irresistible a feromonas. Quería ganarse su aceptación, primero y si era posible, conquistar su amor. Berta no se quedó insensible a su conducta. A los tres meses estaba embarazada y feliz. Habían sido bendecidos con 5 hijos; 2 niñas y 3 varones. Lila (madre de Danna, Izan, Adalia y Erika; casada con Adolph) era la primogénita. Los tres varones vivían con sus mujeres en el segundo poblado y la pequeña murió al poco tiempo de nacer por unas fiebres.
Adher estaba profundamente enamorado de su mujer. Levantó su barbilla con ternura y la besó. Admiraba su fortaleza y tesón. Nunca la había oído quejarse y siempre encontraba solución para cualquier problema que se presentara. La vida era muy sencilla con ella.
Ver a sus hijos todos reunidos les llenaba de satisfacción. Solían visitarse cuando era necesario o les pillaba de camino, pero el día de la fiesta solo ocurría dos veces al año y era muy especial. Querían a las nueras como a unas hijas más y por sus nietos ni qué decir, verdadera adoración; los tenían de todas las edades. Su instinto de familia estaba muy desarrollado, El sentir de supervivencia y de asegurar la especie crecía en ellos con el aprendizaje de la naturaleza.
Los tambores acompañaban la retirada del sol. El cielo se abría con colores irisados. El amarillo se imponía en su vuelo, arrastrando a un naranja de la mano. El azul del Kilimanjaro besaba el morado que cubría sus cumbres. Los árboles recostaban sus aplanadas copas en reverencia al ocaso.
El poblado entendía el momento. Tomaron sus posiciones y los maestros de ceremonia empezaron a llamar a los jóvenes por sus nombres. Había un maestro por aldea, por lo que eran tres. Berta representaba a la primera aldea. Tenía claro que no iba a separar a Danna de Axel. Formaban una pareja establecida desde muy niños. Estaban hechos el uno para el otro. Hizo las presentaciones y habló un poco de sus virtudes. Cogió la mano de su hija y se la ofreció al feliz novio. Por la sabiduría de los Guías quedaron unidos.
Acto seguido dio paso a Jan y el maestro de la tercera aldea a Kioni, la primera pareja interracial. Hicieron sus presentaciones y los unieron por el poder que les concedían los Guías.
Berta llamó a Arlet y el maestro de la tercera aldea a Matu. Los chicos no podían disimular su felicidad. Quedaron unidos y se acercaron a felicitar a sus compañeros.
El maestro del segundo poblado llamó a Heidi y Osiel. Los presentó ya que los conocía perfectamente. Osiel era su sobrino y sabía que estaba loco por la chica, aunque nunca le había dicho nada. La preciosa rubia omitió gesto alguno. Quedaron unidos con la satisfacción plena del enamorado.
Así fueron sucediéndose las parejas, los saludos y las felicitaciones. Los padres y familiares cercanos les silbaban y jaleaban. Las danzas incorporaban en el centro a las parejas formadas alentándolas al desenfreno de la noche. Los niños se retiraron a dormir. Las próximas horas pertenecían a los adultos.
Claudia Ballester Grifo.
Berta y Edna departían temas importantes con cazadores de los otros poblados. Hablaban con sobreentendidos. Gestos sutiles como el elevar una ceja o una caída de parpados. Su lenguaje era el fruto de un logaritmo matemático que alguien había creado pensando en el proyecto. Ese lenguaje se había convertido en el medio de comunicación de todos. La Torre de Babel había conseguido una lengua, única para ese parque, refugio de flora, fauna y humanos en su estado más puro. Las ordenes eran claras. A los judíos y arios se debía cruzar la resistencia de los negros. Todos absolutamente presentaban un coeficiente intelectual superior a 130. Este factor les hacía muy resolutivos, pero se había constatado muchos abortos y problemas en el parto y neonatales. La introducción de la raza negra era un intento de mejorar los resultados. Por lo tanto, se iba a intentar formar parejas de distinto color de piel.
El aire se respiraba limpio y cálido. Los animales se mantenían lejos del poblado respetando las márgenes del territorio. El reclamo del león se oía a km como una letanía de vida que proveía a la naturaleza de unos hijos que aseguraban el futuro. La presencia de los depredadores marcaba el saneamiento y el equilibrio que regulaba el crecimiento de las especies. Leones, guepardos, buitres, hienas… son responsables de la selección natural y de la limpieza de la sabana. Pastos, ñus y buitres para cerrar el círculo. Los herbívoros comen hierba, unos pastos que alrededor del rio Mara nunca faltan. En época de sequía la lucha por la vida alcanza su punto más extremo. Los rebaños de ñus y cebras se suelen reunir para cruzar el rio. Al final de agosto los carroñeros están esperando. Los cocodrilos agazapados en el lecho del rio atisban sus presas a medida que se envalentonan para alcanzar la orilla opuesta. Los más valientes suelen sufrir la primera embestida. Los últimos tampoco salen mejor parados. Las madres vigilan a sus crías en medio de la avalancha y la confusión. Aun así, alguna se pierde no pudiendo pasar y regresando por donde había venido, sola y presa fácil. Otras son arrastradas por la corriente y separadas de sus madres que no tiene más remedio que continuar. La tercera criba la pasan al intentar superar los muros para salir del rio. Los buitres rescatan los cuerpos que quedan amontonados.
Kilómetros más abajo unos hipopótamos recelosos de la higiene de su zona van arrinconando los cuerpos que flotan en sus aguas. Las hienas acuden inmediatamente al festín de intensos olores. Los buitres esperaran a que ellas acaben.
En el poblado los comensales brindaban y fumaban esencias que abrían sus espíritus. Se unían en bailes cadenciosos al sonido de tambores y timbales. El sonido de las flautas elevaba el tono a pura magia. Los niños aprovechaban el despiste generalizado para aventurarse por los alrededores.
Adalia cogió un buen trozo de deshecho de muslo de avestruz y llamó a su amigo chacal. Con un profundo aullido mantenido por unos segundos recibió contestación. Erika se mantenía a su lado sabedora de lo que iba a suceder. Su hermana, aunque solo tuviera cuatro años se comunicaba muy bien con los animales. El perrillo acudió moviendo la cola. Los niños foráneos se alejaron de la escena temerosos. No estaban acostumbrados a esa proximidad con un depredador. El chacal acogía con gusto las caricias de las niñas. Los demás se fueron animando y acabaron jugando a perseguirse los unos a los otros.
Berta se acercó a Adher, su compañero. Iba entrando la tarde y las parejas atarían sus pañuelos. Reclinó su cabeza sobre su hombro y dejó escapar un suspiro. Corrieron muchas lunas desde su iniciación. Berta pertenecía a la primera aldea y Adher a la segunda. Ni siquiera se habían visto en la fiesta. Él no entraba en la idea que tenía para formar una familia. Cuando los emparejaron intentaron no mostrar ninguna emoción. Sabían lo que se esperaba de ellos y no dudaron en sonreír esperanzados. Los guías habían decidido y su sabiduría era incuestionable. Se quedaron en una choza de la aldea de Berta. Una choza construida para ellos. El hombre solía quedarse a residir en el poblado de la mujer. La primera noche Berta se relajó con el trato amable de Adher. El joven no esperaba ningún acercamiento íntimo. No es que no le gustara su pareja, todo lo contrario, la encontraba muy seductora. Tenía una sensualidad innata que dejaba un aroma irresistible a feromonas. Quería ganarse su aceptación, primero y si era posible, conquistar su amor. Berta no se quedó insensible a su conducta. A los tres meses estaba embarazada y feliz. Habían sido bendecidos con 5 hijos; 2 niñas y 3 varones. Lila (madre de Danna, Izan, Adalia y Erika; casada con Adolph) era la primogénita. Los tres varones vivían con sus mujeres en el segundo poblado y la pequeña murió al poco tiempo de nacer por unas fiebres.
Adher estaba profundamente enamorado de su mujer. Levantó su barbilla con ternura y la besó. Admiraba su fortaleza y tesón. Nunca la había oído quejarse y siempre encontraba solución para cualquier problema que se presentara. La vida era muy sencilla con ella.
Ver a sus hijos todos reunidos les llenaba de satisfacción. Solían visitarse cuando era necesario o les pillaba de camino, pero el día de la fiesta solo ocurría dos veces al año y era muy especial. Querían a las nueras como a unas hijas más y por sus nietos ni qué decir, verdadera adoración; los tenían de todas las edades. Su instinto de familia estaba muy desarrollado, El sentir de supervivencia y de asegurar la especie crecía en ellos con el aprendizaje de la naturaleza.
Los tambores acompañaban la retirada del sol. El cielo se abría con colores irisados. El amarillo se imponía en su vuelo, arrastrando a un naranja de la mano. El azul del Kilimanjaro besaba el morado que cubría sus cumbres. Los árboles recostaban sus aplanadas copas en reverencia al ocaso.
El poblado entendía el momento. Tomaron sus posiciones y los maestros de ceremonia empezaron a llamar a los jóvenes por sus nombres. Había un maestro por aldea, por lo que eran tres. Berta representaba a la primera aldea. Tenía claro que no iba a separar a Danna de Axel. Formaban una pareja establecida desde muy niños. Estaban hechos el uno para el otro. Hizo las presentaciones y habló un poco de sus virtudes. Cogió la mano de su hija y se la ofreció al feliz novio. Por la sabiduría de los Guías quedaron unidos.
Acto seguido dio paso a Jan y el maestro de la tercera aldea a Kioni, la primera pareja interracial. Hicieron sus presentaciones y los unieron por el poder que les concedían los Guías.
Berta llamó a Arlet y el maestro de la tercera aldea a Matu. Los chicos no podían disimular su felicidad. Quedaron unidos y se acercaron a felicitar a sus compañeros.
El maestro del segundo poblado llamó a Heidi y Osiel. Los presentó ya que los conocía perfectamente. Osiel era su sobrino y sabía que estaba loco por la chica, aunque nunca le había dicho nada. La preciosa rubia omitió gesto alguno. Quedaron unidos con la satisfacción plena del enamorado.
Así fueron sucediéndose las parejas, los saludos y las felicitaciones. Los padres y familiares cercanos les silbaban y jaleaban. Las danzas incorporaban en el centro a las parejas formadas alentándolas al desenfreno de la noche. Los niños se retiraron a dormir. Las próximas horas pertenecían a los adultos.
Claudia Ballester Grifo.
LA FANTASIA DE CORRER.
Respirando de tu aliento, suave y cálido de fruta madura.
Abrazada a tu sueño, pegada, muy pegadita al calor que emanas.
Enganchada a tu cintura en una cama que se sale de la estancia.
Ríe la mañana, loca y fresca apartando a Orfeo que me tiene muy alejada.
Se desparraman los rayos que el sol me regala.
Se deslizan por el despertar de una bella mañana.
Se arrebolan en mis mejillas dando luz a mi mirada.
Encienden el corazón que se achica en la noche calma.
Maravilla que ofrece el día.
Milagro que se encuentran los ojos en su prestancia.
Ganas de renacidas expectativas que nos reinventan en cada alborada.
Fruto del rezo nocturno para los que no pierden nunca la esperanza.
Trinos de irisados lazos que arrullan la alegría que nos embarga.
Vergel florido orillando el perfil de mis palabras.
Cascada del río tranquilo de mi vida que acelera su galopada.
Espuma de su caída acariciando el espejo de su roca gastada.
Secretos de mis ninfas que escriben los versos con mi pluma dorada.
Me deslizo entre las nubes. Corriendo entre el algodón de sus espaldas.
Nacen de mis pies heridos, alas que los guardan.
Corro y Corro con la dicha que da la vida cuando se convierte en tu aliada.
Corro y Corro porque es mi deseo y nadie me para.
Corro y Corro porque el cielo me quiere y no me niega nada.
Claudia Ballester Grifo.
Respirando de tu aliento, suave y cálido de fruta madura.
Abrazada a tu sueño, pegada, muy pegadita al calor que emanas.
Enganchada a tu cintura en una cama que se sale de la estancia.
Ríe la mañana, loca y fresca apartando a Orfeo que me tiene muy alejada.
Se desparraman los rayos que el sol me regala.
Se deslizan por el despertar de una bella mañana.
Se arrebolan en mis mejillas dando luz a mi mirada.
Encienden el corazón que se achica en la noche calma.
Maravilla que ofrece el día.
Milagro que se encuentran los ojos en su prestancia.
Ganas de renacidas expectativas que nos reinventan en cada alborada.
Fruto del rezo nocturno para los que no pierden nunca la esperanza.
Trinos de irisados lazos que arrullan la alegría que nos embarga.
Vergel florido orillando el perfil de mis palabras.
Cascada del río tranquilo de mi vida que acelera su galopada.
Espuma de su caída acariciando el espejo de su roca gastada.
Secretos de mis ninfas que escriben los versos con mi pluma dorada.
Me deslizo entre las nubes. Corriendo entre el algodón de sus espaldas.
Nacen de mis pies heridos, alas que los guardan.
Corro y Corro con la dicha que da la vida cuando se convierte en tu aliada.
Corro y Corro porque es mi deseo y nadie me para.
Corro y Corro porque el cielo me quiere y no me niega nada.
Claudia Ballester Grifo.
lunes, 8 de junio de 2020
PLASMANDO UN SUEÑO.
Se bebió el rojo de la amapola la tersura de tus labios.
El misterio de la noche regaló a tus ojos su mirada.
Fue la nieve que volaba la que buscó en tu rostro el aroma que exhalabas.
Tupidos bosques tropicales tapizaban el marco, centinela de la niña que observaba.
Vientos alisios rizaban tus pestañas.
El hoyuelo de tu barbilla marcaba el verso que inspiraba.
Mi sueño te creó en una bruma virgen.
Lienzo a estrenar por un lápiz usado.
Diestro en viejo carboncillo que te fue dibujando.
Buscando armonía en el deseo plasmado.
Soplo de vida que el color fue brindando.
La pluma persiguió la historia de una hermosura inventada.
En la duermevela de la inspiración, un alma sobrevolaba sedienta.
La muñeca abrió sus brazos, el pecho ofreció su espera, el alma bajó para formar parte de sus arenas.
Se despertó Dios, la mujer se llamaba EVA.
Claudia Ballester Grifo
Foto cogida de la Red.
Se bebió el rojo de la amapola la tersura de tus labios.
El misterio de la noche regaló a tus ojos su mirada.
Fue la nieve que volaba la que buscó en tu rostro el aroma que exhalabas.
Tupidos bosques tropicales tapizaban el marco, centinela de la niña que observaba.
Vientos alisios rizaban tus pestañas.
El hoyuelo de tu barbilla marcaba el verso que inspiraba.
Mi sueño te creó en una bruma virgen.
Lienzo a estrenar por un lápiz usado.
Diestro en viejo carboncillo que te fue dibujando.
Buscando armonía en el deseo plasmado.
Soplo de vida que el color fue brindando.
La pluma persiguió la historia de una hermosura inventada.
En la duermevela de la inspiración, un alma sobrevolaba sedienta.
La muñeca abrió sus brazos, el pecho ofreció su espera, el alma bajó para formar parte de sus arenas.
Se despertó Dios, la mujer se llamaba EVA.
Claudia Ballester Grifo
Foto cogida de la Red.
LA ARAÑA.
Reflexiono con la paciencia que me da el vivir confinada. Aunque para muchos ya hace tiempo que el sol les regala con sus caricias.
Discurro con la serenidad que da el reposo relativo y disfruto de la pereza con que resbala el tiempo sin cita que apremiara.
Siento pegados los dedos y el cuerpo rígido de columna y cuello. Las piernas cansadas de blandear, los ojos de fuego.
Espero en una tela de araña a que la verdad se aclare.
Bailan los muertos, terrible aquelarre. Tirándose la culpa, evitando la diana que de en el pecho a alguien.
Triste escenario de duelo y entierro, desespero de familias, difícil encontrar consuelo.
Unos hablan, otros berrean, los más quedan sordos y ciegos ante la pelea.
Mesa de reconstrucción que flaquea. Se ha tocado fondo sin contar con otras ideas. Parece que el burro camina con las ojeras puestas, mueve las orejas, pero la derecha se quedó tiesa.
Se mueve la red, alguien la maneja. Se acerca el peligro y sé quien es la presa.
Las televisiones me hunden en la miseria, marionetas de teatro de guiñol, el bostezo estalla mi cabeza. Manipulación que el dinero paga y el partidismo político apuesta.
Soy una mosca y a la araña le digo que la hora sea corta.
Soy un objetivo, fluido para la que se acerca.
Bajo la cabeza, verla me da cosa. Le brindo mi pescuezo y que clave sus colmillos y cobre la pieza.
Claudia Ballester Grifo
Reflexiono con la paciencia que me da el vivir confinada. Aunque para muchos ya hace tiempo que el sol les regala con sus caricias.
Discurro con la serenidad que da el reposo relativo y disfruto de la pereza con que resbala el tiempo sin cita que apremiara.
Siento pegados los dedos y el cuerpo rígido de columna y cuello. Las piernas cansadas de blandear, los ojos de fuego.
Espero en una tela de araña a que la verdad se aclare.
Bailan los muertos, terrible aquelarre. Tirándose la culpa, evitando la diana que de en el pecho a alguien.
Triste escenario de duelo y entierro, desespero de familias, difícil encontrar consuelo.
Unos hablan, otros berrean, los más quedan sordos y ciegos ante la pelea.
Mesa de reconstrucción que flaquea. Se ha tocado fondo sin contar con otras ideas. Parece que el burro camina con las ojeras puestas, mueve las orejas, pero la derecha se quedó tiesa.
Se mueve la red, alguien la maneja. Se acerca el peligro y sé quien es la presa.
Las televisiones me hunden en la miseria, marionetas de teatro de guiñol, el bostezo estalla mi cabeza. Manipulación que el dinero paga y el partidismo político apuesta.
Soy una mosca y a la araña le digo que la hora sea corta.
Soy un objetivo, fluido para la que se acerca.
Bajo la cabeza, verla me da cosa. Le brindo mi pescuezo y que clave sus colmillos y cobre la pieza.
Claudia Ballester Grifo
TANZANIA 2.
Jan se reía sin parar. El mundo se convertía en una pompa de jabón que, etérea, subía y subía para recopilar un batiburrillo de colores y explotar. Resolutivo y espontáneo no conocía el desaliento. Mantenía el espíritu animoso del grupo. Le encantaba provocar a Axel por su carácter más romántico y dulzón.
Les llegaba el olor delicioso de la carne asándose. Sus cuerpos jóvenes siempre sentían hambre. Se quedaron perplejos al descubrir forasteros negros. Nunca habían visto ese color de piel. Sus costumbres les impedían avasallar a la persona sin ser presentados, así que tenían que esperar un poco para saber quiénes eran. Alucinaban con esa piel tan lustrosa y tan oscura. Tenían una constitución muy fuerte. Algunos cazadores ya compartían con ellos la bebida de saludo. La distensión de sus gestos era preludio de su buena sintonía.
Se metieron cada uno en su choza para acicalarse. Lila les había preparado a Danna y a Arlet unas piezas de piel de tacto muy suave. Se trataba de una faldita muy corta y un top con escote en pico. Se quedaron deslumbradas. Lo mejor de todo era su color. Un rojo intenso y un blanco nuclear imposible de concebir. Lila les dijo que los había conseguido en un intercambio. Los guardaba desde hacía tiempo para esta ocasión. Los tintes que se habían conseguido eran exquisitos. Ellas nunca habían visto nada igual. Danna eligió el rojo y Arlet se quedó con el blanco. Ademaro pidió permiso para entrar en la estancia. Se quedó admirando a las jóvenes y se acercó a su hija para ofrecerle un regalo. Los ojos violetas de Arlet refulgían como el granate. Le enseñó unos pendientes de hilo con unas cuentas de colores.
Eran los pendientes que llevaba su madre cuando la conoció. Tenía sus mismos ojos y le parecía estar viéndola de nuevo en su hija. Eran perfectos para la ocasión. Padre e hija se abrazaron y salieron juntos. Lila también le ofreció unos estupendos aros de hueso blanco a Danna. Sus ojos negros contrastaban con el níveo de los aros. Los rizos de su pelo noche jugaban con la luz de su piel. Abrazó a su madre y salieron a comer.
Los niños ya estaban dispuestos. Los cazadores dieron la bienvenida a los que venían de fuera. En esta ocasión se habían unido a la reunión unos miembros que venían de la zona de Kenia. Los del segundo poblado acudían todos los años. Los jóvenes estaban expectantes.
Los debutantes se encontraban todos juntos. Se relacionaban entre ellos antes de ser presentados oficialmente. Aprovechaban la oportunidad para conocerse. La distensión que producía la comida ayudaba. Los invitados venían cargados de herramientas, pieles y objetos de valor para canjear o regalar. Compartían frutas que no tenían en la zona y brebajes que inducían a hablar con los guías.
Arlet se sintió observada. Un joven con la piel de ébano no le quitaba los ojos de encima. La llama del fuego se reflejaba en sus ojos y se sintió atrapada inmediatamente. Le sonrió para que se acercara. Se llamaba Matu. Le confió que nunca había visto esas pieles tan pálidas. Le rozó la mano con la yema de sus dedos y una corriente eléctrica estableció un puente entre ellos. Notó su piel de leche suave como el tacto de un plumón de polluelo. Arlet dio un respingo que lamentó inmediatamente porque Matu retiró la mano. No estaban acostumbrados a hacer preguntas. Aceptaban la realidad con la tranquilidad de disfrutar de lo necesario. Aprendían de los cazadores y siempre había alguien que sabía lo que hacer.
Axel miraba a Danna que compartía animadamente con un chico del segundo poblado. No le gustaba cómo la miraba. La devoraba con unos ojos saltones que babeaban. Se sentía traicionado. No entendía la seguridad con la que actuaba la chica de sus sueños. A él se le había acercado una rubia que tenía una risa contagiosa. De trato afable fue correcto con ella. Había que hacer un esfuerzo por confraternizar. Dijo que se llamaba Heidi. El sol reflejaba sus rayos en las suaves hebras del pelo de la chica. El brillo casi blanco le perturbaba. Por un momento se despistó de lo que acontecía a pocos metros. Su nariz respingona le confería un aire de traviesa que le hacía mucha gracia. Era demasiado bonita para no tener algún amigo muy cercano.
Jan la vio nada más llegó. Una diosa dibujada por el mejor artista. Andaba con la elegancia de una gacela. Se deslizaba con la sutileza de la bruma y al respirar inhalaba sus reservas con ella. Debía parecerle un atontado porque se había quedado como una piedra al ver cómo ella se acercaba. Su reina había llegado y no la iba a dejar escapar. Se llamaba Kioni y su nombre se quedó grabado en su corazón.
Claudia Ballester Grifo.
Jan se reía sin parar. El mundo se convertía en una pompa de jabón que, etérea, subía y subía para recopilar un batiburrillo de colores y explotar. Resolutivo y espontáneo no conocía el desaliento. Mantenía el espíritu animoso del grupo. Le encantaba provocar a Axel por su carácter más romántico y dulzón.
Les llegaba el olor delicioso de la carne asándose. Sus cuerpos jóvenes siempre sentían hambre. Se quedaron perplejos al descubrir forasteros negros. Nunca habían visto ese color de piel. Sus costumbres les impedían avasallar a la persona sin ser presentados, así que tenían que esperar un poco para saber quiénes eran. Alucinaban con esa piel tan lustrosa y tan oscura. Tenían una constitución muy fuerte. Algunos cazadores ya compartían con ellos la bebida de saludo. La distensión de sus gestos era preludio de su buena sintonía.
Se metieron cada uno en su choza para acicalarse. Lila les había preparado a Danna y a Arlet unas piezas de piel de tacto muy suave. Se trataba de una faldita muy corta y un top con escote en pico. Se quedaron deslumbradas. Lo mejor de todo era su color. Un rojo intenso y un blanco nuclear imposible de concebir. Lila les dijo que los había conseguido en un intercambio. Los guardaba desde hacía tiempo para esta ocasión. Los tintes que se habían conseguido eran exquisitos. Ellas nunca habían visto nada igual. Danna eligió el rojo y Arlet se quedó con el blanco. Ademaro pidió permiso para entrar en la estancia. Se quedó admirando a las jóvenes y se acercó a su hija para ofrecerle un regalo. Los ojos violetas de Arlet refulgían como el granate. Le enseñó unos pendientes de hilo con unas cuentas de colores.
Eran los pendientes que llevaba su madre cuando la conoció. Tenía sus mismos ojos y le parecía estar viéndola de nuevo en su hija. Eran perfectos para la ocasión. Padre e hija se abrazaron y salieron juntos. Lila también le ofreció unos estupendos aros de hueso blanco a Danna. Sus ojos negros contrastaban con el níveo de los aros. Los rizos de su pelo noche jugaban con la luz de su piel. Abrazó a su madre y salieron a comer.
Los niños ya estaban dispuestos. Los cazadores dieron la bienvenida a los que venían de fuera. En esta ocasión se habían unido a la reunión unos miembros que venían de la zona de Kenia. Los del segundo poblado acudían todos los años. Los jóvenes estaban expectantes.
Los debutantes se encontraban todos juntos. Se relacionaban entre ellos antes de ser presentados oficialmente. Aprovechaban la oportunidad para conocerse. La distensión que producía la comida ayudaba. Los invitados venían cargados de herramientas, pieles y objetos de valor para canjear o regalar. Compartían frutas que no tenían en la zona y brebajes que inducían a hablar con los guías.
Arlet se sintió observada. Un joven con la piel de ébano no le quitaba los ojos de encima. La llama del fuego se reflejaba en sus ojos y se sintió atrapada inmediatamente. Le sonrió para que se acercara. Se llamaba Matu. Le confió que nunca había visto esas pieles tan pálidas. Le rozó la mano con la yema de sus dedos y una corriente eléctrica estableció un puente entre ellos. Notó su piel de leche suave como el tacto de un plumón de polluelo. Arlet dio un respingo que lamentó inmediatamente porque Matu retiró la mano. No estaban acostumbrados a hacer preguntas. Aceptaban la realidad con la tranquilidad de disfrutar de lo necesario. Aprendían de los cazadores y siempre había alguien que sabía lo que hacer.
Axel miraba a Danna que compartía animadamente con un chico del segundo poblado. No le gustaba cómo la miraba. La devoraba con unos ojos saltones que babeaban. Se sentía traicionado. No entendía la seguridad con la que actuaba la chica de sus sueños. A él se le había acercado una rubia que tenía una risa contagiosa. De trato afable fue correcto con ella. Había que hacer un esfuerzo por confraternizar. Dijo que se llamaba Heidi. El sol reflejaba sus rayos en las suaves hebras del pelo de la chica. El brillo casi blanco le perturbaba. Por un momento se despistó de lo que acontecía a pocos metros. Su nariz respingona le confería un aire de traviesa que le hacía mucha gracia. Era demasiado bonita para no tener algún amigo muy cercano.
Jan la vio nada más llegó. Una diosa dibujada por el mejor artista. Andaba con la elegancia de una gacela. Se deslizaba con la sutileza de la bruma y al respirar inhalaba sus reservas con ella. Debía parecerle un atontado porque se había quedado como una piedra al ver cómo ella se acercaba. Su reina había llegado y no la iba a dejar escapar. Se llamaba Kioni y su nombre se quedó grabado en su corazón.
Claudia Ballester Grifo.
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