Golpea la lluvia contra el sueño. El estrépito me alerta en el cosquilleo de la ventana.
Fuerte, fuerte, cortina de agua,
ahogando al gallo que ya no canta por la mañana.
Las bolsas de mis ojos bien hidratadas,
inflamadas de pantalla, sin salir de casa.
Me rio del viento y del agua,
del fotomatón y del ruido que con él baila.
Los duendes se alborozan en pompas tempranas.
Saltan los charcos, crean puentes de huellas de barro, salpican con briznas de fresco y labia.
Hablan como cotorras en un parque de luz cálida.
Ríen y ríen con botas de goma que la cintura alcanzan.
Los charcos se desmadejan desgreñados,
lamiendo los bajos, invadiendo la intimidad de sus suelos, mojando zapatillas de andar por casa.
Andan las almas salvando enseres, puntillas y lanas,
Va el pueblo revolucionado a toque de pandereta y castaña.
Se queda el día calmo. Atisba el gris en lontananza.
Se sueña una tregua en el camino,
en silencio y vestida de playa.
Las piedras revoloteadas,
las marismas menos saladas,
el azul mareado y el pardo de la mar brava.
Sin gaviotas, ni sol que seque sus lágrimas,
un tímido arco iris fraguando un mejor mañana.
Claudia Ballester Grifo

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