Humo mucho humo,
azuza el hechizo.
Los ojos en blanco, dientes de cabra, orejas de burro.
Triste discurrir por el río,
almas viejas en barcazas de barniz nuevo,
madera de árboles rendidos al vacío.
Llora el bosque encendido de antiguas cábalas,
sombría y humedad enraizadas en un nudo.
Leñoso el músculo de su lengua,
reseca y muda, desconcierto sin atisbo.
No habla la cascada en el salto de su caída,
se desploma destripándose sin ayuda,
muere babosa en un rescoldo,
olvidada mancha marchita.
Llora el cielo el cristal de sus perlas.
Grumos de sus hijos se derraman inquietos,
no hay regaliz en la feria...
Ni promesas de sonrisa.
Ya el espejo de la realidad se refleja,
hablamos tal vez, pero mal y
pagamos la apuesta.
Miro tu cara hijo del destino,
tus ojos rasgados, motor encendido,
esa piel de seda recién bañada,
eres aroma de inocente que la rebeldía le puede.
Un golpe en la mesa con tu puño acerado,
verdades de otro que te han engañado,
tañe la campana en el destierro,
hijo del destino; suena a muerto.
Claudia Ballester Grifo.

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