Oye, tú... Si, tú, mírame.
Fui la gorda, la fea... La difícil de ver.
Fui goma en tus manos,
una pelota entre tus pies.
Tatuaste mi cara de violeta y hiel.
Mancillaste cada soplo de aire en mi piel.
Tiraste de mis trenzas, arrugaste la tersura de mi papel,
jugaste al tiro al plato con el dibujo de lo que empezaba a ser.
A ti, sí... Al petulante, al arrogante que se creía con el poder.
Al cobarde escondido entre brillos,
espejismo macarra de ignorancia e insensatez.
El mármol de tu gesto en cada golpe del ayer,
tildaba en mi cuerpo pequeño una espina que hoy logré extraer.
Sangre al río que logró correr y despierta hoy libre con sueños y placer.
Adiós, verdugo de mi querer.
Te cierro la puerta de mi vida y desde mi trono de mujer,
brindo con la copa del triunfo un nuevo amanecer.
No viste mi belleza ni entendiste la inteligencia de mi ser.
No es la miel para el oso que no se rinde a sus pies.
Ni adiós, querido... Nada... Ni ser.
Claudia Ballester Grifo

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