Miran los árboles, peregrinos del cielo.
Rociadas las hojas por un dormitar del sol en receso.
Forma caprichosa del mirar de oro.
Caduca la hoja, veterana en el verdor de un viso etéreo.
Chopos anclados, plantados de recreo,
buscando un río que está muy lejos.
Rumor de agua en un mundo de ensueño,
recuerdo de un lugar onírico por entero.
Besan sus bajos olivos amigos.
Repletos de frutos que alegran su nido.
Aceitunas pequeñas de poca lluvia,
sabrosas sazonadas, intensas y ricas.
Maná de un parque de niños
que cobija mis pasos en sábado y domingo.
A Dios pongo por testigo que en lo pequeño el huerto es recibo.
El cielo de un azul subido y
verde, verde el alto de un tronco agradecido.
Caricia de un día que viste de bueno un uno de noviembre,
santo, callado y siempre bendecido.
Claudía Ballester Grifo

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