Cuando eres pequeña, escondida en el fondo del océano,
vislumbrando una luz que apenas te acaricia,
escuchando las voces de las constelaciones del universo.
Allí, agazapadita, a escondidas de ojos ajenos,
observando matices cuando careces de todo.
Allí, en un puntito empieza el camino bien cierto.
Despegando abres los ojos ascendiendo, entre corales de plata y payasos de ensueño.
Entre lo negro y lo blanco, intuyendo colores,
claridad de un día rayando la pluma del silencio.
Arriba la vida, subiendo la voy queriendo.
Y era un mundo tan puro,
de encanto pleno. Escuchando ilusiones, promesas y cuentos.
Y se sentía tan dentro, tatuando el calamar su tinta en el corazón tierno.
Fuego en el instinto, dolor tremendo,
de algo que ya moría sin llegar a serlo.
Montaña de caracolas, sendero de langostas trazando un desierto.
Y al final la superficie marcando un universo.
Luz cegadora de un azul intenso.
Belleza increíble al abrir unos ojos de embeleso,
realidad infinita, promesa cierta de cálculo tremendo.
No más infinito, tendencia sin firmamento.
No más balanza, éxito, mucho éxito.
Un corazón llorando, el sol se baña, la luna viste de duelo.
Claudia Ballester Grifo

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