Loca, me llaman loca porque miro en blanco y veo en la retina doblada.
Loca por introspección y oír lenguas cavernáculas.
Loca por sentir delirios de fronteras y tierras lejanas.
Loca de confluir en un dolor que me cerca a horcajadas.
Loca por ver niños de pupilas dilatadas,
pidiendo un trozo de pan con la mano negra de polvo y jornada agria.
Mi pulso con el tuyo, rosa temprana.
Capullo fresco, pimpollo que duerme la noche y el día alcanza.
Se abre tu pecíolo, oliendo su fragancia,
despertando las miserias y pocas gracias.
Pequeñas lágrimas del río que silencioso en su marcha, se propaga en su cauce como si no hubiera un mañana.
Niños del mundo, huyendo de la guerra y la desgracia.
Grandes bocas que muerden las piedras del camino mientras crujen sus entrañas.
Blancos dientes, lagunas y luna clara,
pequeños e inocentes, fruto de hoja temprana y muy olvidada.
Soldados del amor, armadura impostada,
niños de la noche y de la primera luz del alba.
Y tú me miras, solo, pequeño, asomado a mi ventana.
Carita de misterio, callado, pidiendo con la puerta de tus ojos atrancada.
Con ese lucero de inteligencia que alimenta la supervivencia nata.
Y tú... Mis lágrimas en tu carita de porcelana,
niño de la luna, mamá me llamas.
Claudia Ballester Grifo

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