lunes, 2 de noviembre de 2020

EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS



Se abre el cielo en cascadas de flores. 

aromas variopintos de orquídeas y madreselva. 

Sonrisas curiosas de ángeles en su día viviendo su gloria. 

El sol se baña en un mar plácido. 

Arena de fondo, hogar de muchos. 

Quedaron suspiros y plegarias

abrazados y sumidos en la desesperanza. 

Se mojaron los miedos y ahogado el terror,

ríen los corales vistiendo de luz lo que fue pena. 


Rasga el horizonte volando la brisa su cometa. 

En humo santo se destapa el ruego de un corazón poeta. 

Su último ruego la libertad de una colina verde oyendo campanillas de rebaño y propuesta. 

Libre, oteando fulgurantes vistas,

balcón de encuentros,

apuesta de manos y besos por nubes. 


Regalo de cementerio. 

Nuestros muertos nos oyen en un mundo diverso. 

Flores en las viviendas, hogar de ciprés,

pino y abeto. 

Verde muy verde. 

Florido vergel de color y acierto. 

Calma en un recinto engalanado y precioso. 


El Día de Todos los Santos amaneció con la vela erguida y una mecha blanca prendida en el corazón de todos. 

El sol pletórico, el cielo abierto con una triunfal escalera para reencuentros. 


Aquella esposa con su melena al viento, descalza y su camisón ceñido en su pecho. 

Aquel esposo que cayó de tres metros en un día fatídico de desencuentros. 

El anciano que dejó de respirar en el pasillo esperando un café con leche de desayuno. 

Aquellas esperanzas en barcaza buscando una oportunidad que nunca llegara. 


Ese perrillo faldero que apagó su mirada. 

Esos mineros tragados por la tierra y esos desprevenidos durmiendo una noche de infierno. 

Esos deportistas perdidos en un barranco,

ese avión caído sin fuelle y con espasmos. 

Esa niñita del piso tercero que lloró un momento para callar un desespero. 

Y esos tantos que no vieron un nuevo día para vivir un cielo. 


Esos homenajeados en el primer día de todos los noviembres de años y años. 


Claudia Ballester Grifo.

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